Cuáles son los 12 gobernantes más importantes de la antigua Mesopotamia
Mesopotamia es la región comprendida entre los ríos Tigris y Éufrates, que coincide a grandes rasgos con el Irak actual y donde nacieron la escritura, las primeras ciudades y los códigos de leyes más antiguos que se conservan. En unos tres mil años se sucedieron allí sumerios, acadios, babilonios, asirios, persas y partos, y de cada uno de esos pueblos han quedado nombres de reyes que todavía repetimos. Estos son los doce que más marcaron la historia de la cuna de la civilización.
Un aviso antes de empezar: la lista va por bloques, no por fechas. Entre Gilgamesh, que reinó en Uruk en el III milenio a. C., y Nabucodonosor II, que gobernó Babilonia en el siglo VI a. C., median unos dos mil años, aproximadamente los mismos que nos separan a nosotros de la Roma de Augusto. Y dentro del primer bloque, Hammurabi es más de mil cien años anterior a los dos reyes que le preceden en la numeración.
Cada apartado lleva en el encabezado la datación de su reinado. En los casos más antiguos es aproximada y en uno de ellos, directamente legendaria.
Reyes de Babilonia
Babilonia fue capital dos veces, con más de mil años entre una y otra. La primera, en el periodo paleobabilónico, cuando Hammurabi hizo de ella la potencia de la región y un nombre que influyó en todo el Cercano Oriente antiguo. La segunda, ya en el siglo VII a. C., cuando Nabopolasar se sacudió el dominio asirio y fundó el Imperio neobabilónico que su hijo Nabucodonosor II llevaría a su apogeo. Los tres reyes de este bloque pertenecen a esos dos momentos, y de ahí que no aparezcan en orden cronológico.
1. Nabopolasar (reinó del 626 al 605 a. C.)

Nabopolasar reinó veintiún años, del 626 al 605 a. C. La fecha de 658 a. C. que a veces se le atribuye es su año de nacimiento aproximado, no el principio de su reinado. Fundó el Imperio neobabilónico, y ese es su gran logro: expulsar a Asiria de Babilonia después de siglos de dominio.
La pelea por Nippur da la medida de lo dura que fue la tarea. Tomó esa plaza, que era proasiria, en el 626 a. C., la perdió al año siguiente y no la recuperó hasta el 620: seis años para una sola ciudad. El desenlace llegó con una alianza. En el 614 a. C. selló con Ciáxares, rey de los medos, un pacto antiasirio que reforzó casando a su hijo Nabucodonosor con Amitis, hija de Ciáxares. Juntos asediaron Nínive entre junio y agosto del 612 a. C. El asalto lo encabezaron los medos, y la ciudad fue saqueada e incendiada hasta dejar de existir como capital: nadie se quedó con ella. Lo que heredó Babilonia con el final del Imperio asirio no fue Nínive, sino su territorio.
En obras empezó más de lo que terminó. Puso en marcha la restauración del Esagila, el templo de Marduk, y del zigurat Etemenanki, pero dejó casi todo el programa constructivo pendiente para su sucesor. Murió en agosto del 605 a. C. y le sucedió su hijo Nabucodonosor II.
2. Nabucodonosor II (reinó del 605 al 562 a. C.)

Con Nabucodonosor II, Babilonia alcanzó su mayor esplendor. Reinó cuarenta y tres años, del 605 al 562 a. C., y dedicó buena parte de ellos a rehacer la ciudad: amplió el palacio real, levantó y restauró templos, mandó construir un puente sobre el Éufrates y renovó la Vía Procesional, la avenida ceremonial que atravesaba la Puerta de Ishtar —dedicada a la diosa del amor y de la guerra—, revestida de ladrillo vidriado azul con toros y dragones en relieve.
Su mayor victoria militar la logró unos meses antes de reinar, todavía como príncipe heredero: en Carquemis, en la primavera del 605 a. C., derrotó al ejército del faraón Necao II, aliado con lo que quedaba del ejército asirio. Más recordado todavía es lo que hizo en el 586 a. C., cuando arrasó Jerusalén, destruyó el Primer Templo y deportó a buena parte de la población a Babilonia. De ahí que la Biblia lo mencione tantas veces y que su nombre quede asociado al exilio babilónico.
Se le atribuye a veces el título de «rey del universo», aunque en su caso aparece solo en documentos económicos y no en su titulatura oficial: entre los reyes neobabilónicos únicamente Nabonido lo usó de manera oficial. Murió en octubre del 562 a. C. Le sucedió su hijo Amel-Marduk, el Evil-Merodac de la Biblia, que reinó apenas dos años antes de que su cuñado Neriglisar lo destronara y lo asesinara.
3. Hammurabi (reinó hacia 1792-1750 a. C.)

Hammurabi fue el sexto rey de la primera dinastía de Babilonia y reinó unos cuarenta y dos años, hacia 1792-1750 a. C. Heredó una ciudad de segunda fila y dejó la primera potencia de Mesopotamia. Su fama descansa en el Código de Hammurabi, grabado en una estela de más de dos metros que hoy se conserva en el Museo del Louvre: en torno a 280 disposiciones que fijan por escrito cada delito y su castigo.

Lo que ese código establece no es la presunción de inocencia, como suele repetirse, sino algo más concreto y bastante más duro. Sus tres primeras leyes cargan la prueba sobre quien acusa y condenan a muerte al que acusa de un delito capital sin poder demostrarlo. Y cuando no había manera de probar nada, la ley segunda recurría a la ordalía del río: el acusado se lanzaba al agua y se le tenía por culpable si se ahogaba.
El comienzo de su reinado fue tranquilo y lo dedicó a las obras públicas y a reforzar las defensas del reino. La guerra larga con Ishme-Dagan I, rey de Asiria, vino después, ya en la última etapa, y la ganó poco antes de morir, hacia 1750 a. C. Tampoco fue divinizado en vida, pese a lo que se lee a menudo: los reyes de Ur III y de Isin sí llevaban el determinativo divino junto al nombre, y los babilonios, empezando por él, no. En su propia estela aparece de pie ante el dios Shamash, recibiendo de él las leyes.
Gobernantes sumerios y acadios, entre la historia y la leyenda
Los sumerios levantaron las primeras ciudades-estado de la historia, y los acadios, llegados después, las unificaron por primera vez bajo un solo rey. Sus gobernantes llevaban dos títulos distintos que se confunden con facilidad. El lugal —literalmente «hombre grande»— era el rey, con el mando militar de la ciudad y a veces de varias. El ensi era el gobernador de una sola ciudad, a menudo subordinado a un lugal y con un papel más sacerdotal y administrativo. La otra dificultad de este bloque está en la fuente: la Lista Real Sumeria, la relación de reyes que los propios mesopotámicos escribieron, mezcla soberanos perfectamente documentados con figuras anteriores al Diluvio a las que atribuye reinados de decenas de miles de años.
4. Gilgamesh (entre el 2800 y el 2500 a. C.)

Gilgamesh fue rey —lugal— de la ciudad-estado de Uruk, en algún momento entre el 2800 y el 2500 a. C.; las fuentes no permiten afinar más. Uruk no era un imperio, sino una ciudad amurallada que en su momento llegó a ser la mayor del mundo, y a Gilgamesh se le atribuye precisamente la construcción de esa muralla.
Su divinización llegó después de muerto, no en vida: se han encontrado oraciones dirigidas a él grabadas en tablillas cuneiformes, y durante la Tercera Dinastía de Ur, medio milenio más tarde, los reyes de Ur se presentaban como parientes suyos. Para entonces ya era el protagonista de varios poemas sumerios que acabarían fundiéndose en la Epopeya de Gilgamesh, el relato más antiguo que conservamos sobre el miedo a morir.
5. Ur-Nammu (reinó hacia 2112-2094 a. C.)

Ur-Nammu fundó la Tercera Dinastía de Ur hacia el 2112 a. C. y reinó dieciocho años. Construyó o restauró en Ur, Uruk, Eridu, Lagash, Nippur, Kish, Larsa, Adab y Umma: templos, murallas, canales de riego y zigurats, entre ellos el de Ur, cuyo núcleo sigue en pie.
Su código de leyes es el más antiguo que se conserva, tres siglos anterior al de Hammurabi, y lo interesante está en qué se diferencian. El de Ur-Nammu castiga con la muerte el asesinato, el robo y el adulterio, y regula el divorcio —una mina de plata por repudiar a la primera esposa, media si es viuda—, pero las lesiones no se pagan con el talión, sino con plata: «si un hombre le arranca un ojo a otro, pesará media mina de plata». Justo lo contrario del ojo por ojo que popularizaría el código posterior.
De su reinado queda también la Estela de Ur-Nammu, un monolito de caliza de unos tres metros de alto por metro y medio de ancho, cubierto de escenas de su trato con los dioses. Leonard Woolley encontró sus fragmentos en Ur en 1925, durante la excavación conjunta del Penn Museum y el Museo Británico. El trono pasó a su hijo Shulgi.
6. Alalgar (36.000 años de reinado, según la leyenda)
Alalgar es el mejor ejemplo de por qué este bloque se llama «entre la historia y la leyenda». La Lista Real Sumeria lo presenta como el segundo rey de Eridu, la ciudad a la que, según ese mismo texto, la realeza «descendió del cielo». Sucedió a Alulim, al que la lista atribuye 28.800 años de reinado, y a él le adjudica otros 36.000: diez šar, la unidad de 3.600 con la que los escribas contaban estas cifras. Después la realeza pasó a Bad-tibira, con En-men-lu-ana.
De él no se sabe nada más. Ni una inscripción propia, ni una obra, ni un hecho: solo el nombre, la ciudad y la cifra. Y esa cifra no es un error de cálculo. La lista sitúa a estos reyes antes del Diluvio, en un tiempo mítico deliberadamente desmesurado, igual que los patriarcas del Génesis viven cientos de años; los reinados se acortan de golpe en cuanto la relación llega a personajes históricos. Que Alalgar figure en un listado de gobernantes de Mesopotamia dice menos sobre él que sobre cómo los propios mesopotámicos contaban su pasado: haciendo arrancar la autoridad de sus reyes en el cielo y en un tiempo sin medida.
7. Dudu de Acad (reinó hacia 2189-2168 a. C.)
Dudu reinó en Acad unos veintiún años, hacia 2189-2168 a. C., según la Lista Real Sumeria, y le tocó gobernar el Imperio acadio cuando ya casi no quedaba imperio. No hay constancia de su fecha de nacimiento. Probablemente sucedió a Ilulu, en un tramo de la lista tan revuelto que las propias fuentes antiguas se preguntan quién era rey.
Lo que se conserva de él son campañas para retener lo que se le escapaba, no conquistas. Una inscripción suya dice: «Dudu, rey de Agade, cuando golpeó Girsu, del botín de Girsu lo consagró». Girsu y Umma eran ciudades sumerias que Acad había dominado y estaba perdiendo; en Umma se había independizado un gobernador llamado Puzer-Mama. Sus sellos aparecen en Adab y en Apiak, lo que dibuja un dominio reducido ya a poco más que su entorno.
El declive no lo provocó él: lo heredó. La presión de los gutis, el pueblo de los montes Zagros al que la tradición mesopotámica culpó del final de Acad, venía de mucho antes, desde el reinado de Shar-kali-sharri. Después de él reinó su hijo Shu-turul, el último rey conocido de Acad, y con él el primer imperio de la historia desapareció del mapa.
Gobernantes persas y partos de Mesopotamia
Mesopotamia dejó de tener reyes propios en el 539 a. C., cuando Ciro el Grande entró en Babilonia. A partir de ahí fue una provincia riquísima de imperios con capital en otra parte: primero el de los reyes aqueménidas de Persia, durante dos siglos, y desde el siglo II a. C. el de los partos. Los cuatro primeros nombres de este bloque gobernaron Mesopotamia de verdad. El quinto, Arsaces I, no: está aquí porque fundó la dinastía que acabaría haciéndolo, aunque sus sucesores no tomaron Seleucia y Babilonia hasta un siglo después de su muerte.
8. Ciro el Grande (reinó del 559 al 530 a. C.)

Ciro II fundó el primer Imperio persa y lo llevó a un tamaño sin precedentes: en su apogeo incluía Babilonia, Siria, Judea y buena parte de Anatolia. Conquistó Elam y su capital, Susa, en el 540 a. C., y al año siguiente se lanzó contra Nabonido, rey de Babilonia. Venció en Opis, tomó Sippar el 10 de octubre del 539 a. C. y entró en Babilonia el día 29.
El Cilindro de Ciro, redactado tras esa entrada, le da los títulos de «rey de Babilonia, rey de Sumer y Acad, rey de las cuatro partes del mundo». Ese texto se ha difundido como la primera declaración de derechos humanos, una lectura que arranca de las celebraciones del 2500 aniversario del imperio, en 1971, cuando se entregó una réplica a la ONU. Los historiadores la rechazan: el cilindro es una proclama de legitimación en la tradición mesopotámica, del tipo que los reyes emitían al empezar a reinar. Lo que sí está documentado, y no es poco para la época, es que respetó los cultos y las costumbres de los pueblos que conquistó en lugar de imponerles los suyos.
Reinó unos treinta años y murió hacia diciembre del 530 a. C. Heredó el trono su hijo Cambises II.
9. Darío I (reinó del 522 al 486 a. C.)

Darío I, llamado también Darío el Grande, fue el tercer rey de reyes aqueménida, después de Ciro II y de Cambises II. Era hijo de Histaspes, un sátrapa documentado en la propia inscripción de Behistún; sobre su madre no hay certeza, y los nombres que circulan proceden de tradiciones tardías o de lecturas recientes de las tablillas de Persépolis.
Llegó al trono derrocando a Gaumata, un mago que —según la versión que el propio Darío mandó grabar en Behistún— se hacía pasar por Bardiya, el hijo de Ciro. Buena parte de los historiadores sospecha que ese relato encubre el asesinato del Bardiya auténtico. En cualquier caso, el primer año de reinado se le fue en sofocar levantamientos por todo el imperio.
En Egipto no conquistó nada: el país era persa desde que lo tomó Cambises II, en el 525 a. C. Lo que hizo Darío fue aplastar una rebelión, organizarlo como satrapía y terminar el canal que unía el Nilo con el mar Rojo. Contra Grecia sí lanzó una invasión, la primera de las guerras médicas, que acabó con la derrota persa en Maratón, en el 490 a. C.
Su obra mayor fue administrativa: reorganizó el imperio en provincias con un reparto fijo de tributos y dio al cargo de sátrapa, que ya existía, la forma que conservaría dos siglos. Murió en octubre del 486 a. C., a los sesenta y pocos años, tras unos treinta días de una enfermedad que las fuentes no identifican, mientras preparaba la respuesta a otra revuelta egipcia. Le sucedió Jerjes I, que no era su hijo mayor —el mayor era Artobazanes, nacido antes de que Darío reinara— sino el mayor de los habidos con Atosa, hija de Ciro, y el heredero que él mismo había designado.
10. Jerjes I (reinó del 486 al 465 a. C.)

Jerjes I subió al trono en el 486 a. C. con unos treinta y dos años, ya que había nacido hacia el 518 a. C. Suya fue la segunda guerra médica, la de las Termópilas y Salamina, que acabó en fracaso.
Lo que de verdad ha durado de él, sin embargo, no está en Grecia sino en Persépolis, donde terminó lo que su padre había dejado a medias: la Puerta de Todas las Naciones, la Apadana, el Salón de las Cien Columnas, la Tachara o Palacio de Darío y el Tesoro. Levantó además su propio palacio, del doble de tamaño que el de su padre, completó la Puerta de Susa y construyó allí otra residencia. El Camino Real trazado por Darío lo mantuvo en servicio, no lo rehízo.
Pocos reyes antiguos han tenido tanta vida cultural después de muertos. Es el protagonista de Los persas, la tragedia que Esquilo estrenó en Atenas en el 472 a. C., menos de una década después de la invasión que él mismo había dirigido, y de Serse, la ópera que Händel estrenó en Londres en 1738.
En agosto del 465 a. C. lo asesinó Artabano, el comandante de la guardia real, con la ayuda del eunuco Aspamitres. Cuando su hijo Artajerjes lo supo, mandó matar a Artabano y a sus hijos, y se aseguró de ese modo el trono como Artajerjes I.
11. Artashata, o Darío III (reinó del 336 al 330 a. C.)

Artashata subió al trono como Darío III en el 336 a. C. y fue el último rey del Imperio aqueménida. Justino, cuatro siglos más tarde, es el único autor antiguo que lo llama Codomano. Heredó un imperio enorme y mal sujeto, con provincias en manos de sátrapas poco fiables.
Alejandro Magno cruzó a Asia en el 334 a. C. y venció en el Gránico, una batalla en la que Darío III ni siquiera estuvo presente: confió la crisis a sus sátrapas. Su primera derrota personal fue Issos, en el 333 a. C., donde huyó del campo pese a superar en número a los macedonios y donde perdió el tesoro y a su propia familia, que quedaron en manos de Alejandro. Volvió a intentarlo en Gaugamela, en el 331 a. C., y volvió a huir. En julio del 330 a. C., ya en Partia, acabaron con él los suyos: Beso, sátrapa de Bactria, y los conjurados Satibarzanes y Barsaentes lo hirieron a jabalinazos y lo dejaron morir en el camino. Beso se proclamó rey con el nombre de Artajerjes V; Alejandro lo capturó, lo hizo mutilar y ordenó ejecutarlo.
12. Arsaces I de Partia (reinó del 247 al 217 a. C.)

Arsaces I fue el primer gobernante de Partia y el fundador de la dinastía arsácida, que reinaría casi cinco siglos. Su reinado se cuenta desde el 247 a. C. porque esa es la fecha en que arranca la era arsácida, con la que sus sucesores fecharon todo; la conquista llegó después. Hacia el 238 a. C. arrebató Partia a Andrágoras, el sátrapa que se había independizado de los seléucidas, y hacia el 228 a. C. resistió la expedición de reconquista de Seleuco II, aunque tuvo que replegarse una temporada a Asia central.
Acuñó dracmas de plata y monedas de bronce, y su dracma —con el retrato imberbe cubierto por el gorro parto y, en el reverso, un arquero sentado— fijó el modelo de la moneda arsácida durante casi toda la historia del imperio. Le sucedió su hijo Arsaces II. Su prestigio fue tal que todos los monarcas arsácidas posteriores adoptaron su nombre como título regio, y la tradición lo recordó como padre de la nación: un honor póstumo, no un título de su reinado.
¿Qué otros reyes de Mesopotamia faltan en esta lista?
Doce nombres no dan para todo, y en esta lista se quedan fuera cuatro reyes de Mesopotamia que aparecen en casi cualquier otra.
Sargón de Acad, hacia 2334-2279 a. C., construyó el primer imperio de la historia unificando las ciudades sumerias bajo una capital, Agade —de ahí el nombre de Acad—, que todavía no se ha localizado. Su nieto Naram-Sin llevó ese imperio a su máxima extensión y fue el primer rey mesopotámico que se hizo llamar dios en vida: en su estela de la victoria, hoy en el Louvre, aparece con el casco de cuernos que hasta entonces solo llevaban los dioses.
Shamshi-Adad I, hacia 1808-1776 a. C., creó el primer gran estado asirio; su hijo Ishme-Dagan I fue el rival al que Hammurabi acabó venciendo. Y Asurbanipal, que reinó del 669 al 631 a. C., llevó a los asirios a su apogeo y reunió en Nínive la biblioteca de la que procede la copia más completa de la Epopeya de Gilgamesh que conservamos: sin aquellas tablillas no sabríamos casi nada de Gilgamesh.
¿Qué dejaron los reyes de Mesopotamia?
De los doce, unos ganaron territorios y otros los perdieron; de unos cuantos tenemos inscripciones propias y de otro solo el nombre y una cifra imposible. Lo que comparten es que sabemos de ellos porque sus reinados quedaron escritos, y esa es en el fondo la aportación mesopotámica: allí fue donde el poder empezó a dejar constancia de sí mismo.
Levantaron ciudades que todavía se excavan, y zigurats, murallas y canales de riego que sostuvieron a millones de personas. Pero lo que más lejos ha llegado son sus leyes. Los códigos de Ur-Nammu y de Hammurabi son los primeros ejemplos conocidos de derecho escrito, con el castigo tasado de antemano en lugar de quedar al arbitrio de quien juzgaba, e influyeron en la legislación de todo el Cercano Oriente antiguo, incluida la ley bíblica.
No hay, en cambio, una línea directa entre aquellas tablillas y los códigos actuales: el derecho civil europeo procede del derecho romano, y el anglosajón de la tradición inglesa. La herencia mesopotámica no es un artículo concreto que siga vigente, sino la idea de partida: que la ley se escribe, se expone en público y vale mañana lo mismo que hoy.
