Cuáles son los 12 mejores reyes de la antigua Persia de la dinastía aqueménida

Capitel con protomos de toro de Persépolis, con las ruinas de la ciudad al fondo.

Los reyes aqueménidas gobernaron el primer Imperio persa entre el 550 y el 329 a. C. y llegaron a controlar el mayor territorio que había visto el mundo antiguo, desde el río Indo hasta la península de los Balcanes. En poco más de dos siglos se sucedieron doce que dejaron rastro suficiente para saber cómo llegaron al trono, qué hicieron con él y, en la mitad de los casos, quién los mató.

El nombre de la dinastía no procede de Ciro el Grande, sino de Aquemenes, el antepasado del que Darío I se declaró descendiente en la inscripción de Behistún. De ese linaje habían salido ya varios soberanos de Anshan antes de que existiera el imperio —Teispes, Ciro I y Cambises I—, así que quien fundó el imperio no fundó la familia que le da nombre. De Aquemenes, en cambio, no se conserva ni una inscripción propia: es una figura casi legendaria.

El edificio que levantaron cayó en cinco años de campaña macedonia, y buena parte de lo que sabemos de sus reyes lo escribieron griegos que hablaban del enemigo. Si lo que buscas son los episodios que decidieron la historia de la antigua Persia, se cuentan aparte; estos son los doce reyes aqueménidas de Persia, en orden, con sus fechas y con las dudas que arrastra cada uno. Otros dos, Jerjes II y Sogdiano, se sucedieron en cuestión de meses entre Artajerjes I y Darío II sin llegar a ser reconocidos en todo el imperio, y se cuentan aquí dentro del apartado de este último.

Ciro el Grande (reinó entre 559 y 530 a. C.)

Tumba de Ciro el Grande en Pasargada, un sepulcro de piedra sobre una base escalonada.

Ciro II fue rey de Anshan desde el 559 a. C., pero su imperio nace en el 550, cuando se rebeló contra los medos y derrocó a Astiages. Heródoto lo presenta como su abuelo materno, una filiación que buena parte de los historiadores considera propaganda dinástica para legitimar la conquista. Su padre fue Cambises I, rey de los persas. A partir del 550 encadenó campañas que sumaron a sus dominios Lidia, Anatolia occidental, Elam, Babilonia y buena parte de Asia central, y dejó en pie las administraciones locales, gobernando a través de sátrapas: el sistema que Darío I acabaría de ordenar. Esa manera de conquistar sin desmontar lo conquistado figura entre los logros de Ciro el Grande que más se le reconocen.

El objeto más famoso de su reinado es el cilindro de Ciro, hoy en el Museo Británico. Circula como «la primera declaración de derechos humanos», una lectura nacida de una traducción manipulada que Irán difundió en 1971 y que la historiografía rechaza por anacrónica. Lo que el cilindro dice de verdad encaja con la tradición babilónica: el nuevo rey restituye los cultos, devuelve a sus templos las estatuas de los dioses y repatría a los deportados. El permiso para que el pueblo judío regresara a Judea, que puso fin al cautiverio babilónico, está documentado aparte, en el libro de Esdras; el cilindro no menciona a los judíos. Ciro murió combatiendo contra los maságetas, una tribu nómada de Asia central, según la versión de Heródoto —Ctesias y Jenofonte cuentan finales distintos—, y lo enterraron en Pasargada, en una tumba escalonada de una sobriedad llamativa para el fundador del mayor imperio de su tiempo.

Cambises II (reinó entre 530 y 522 a. C.)

Pintura de la batalla de Pelusio: un jinete persa carga con la lanza contra una fortaleza egipcia mientras vuelan gatos por el aire.

Cambises II era el hijo mayor de Ciro y de Casandana. En el 538 a. C. ejerció como rey de Babilonia durante nueve meses, de abril a diciembre —así lo fechan las tablillas contables babilónicas—, y después lo apartaron del cargo sin que las fuentes expliquen por qué. Más tarde acompañó a su padre en la desdichada expedición contra los maságetas, aunque lo enviaron de vuelta a casa antes de que Ciro muriera. Ya como rey puso la vista en Egipto, la última gran potencia independiente de Oriente Medio: primero lo aisló de sus aliados de Grecia y Caria, tomó Chipre, que servía de base egipcia, y aseguró los accesos del Sinaí. La invasión arrancó en el 525 a. C. y, pese a una resistencia feroz, el país cayó en pocos meses tras la batalla de Pelusio. Empezaba así más de un siglo de dominio persa sobre Egipto.

Cambises asumió el título de faraón y recortó las rentas y los privilegios de los templos egipcios, motivo suficiente para que el clero no lo quisiera. De ahí sale su fama de déspota enloquecido que sacrificó al toro Apis; el epitafio del Apis del 524 a. C. registra justo lo contrario, que el rey le dio sepultura con honores. En el 522 a. C. abandonó Egipto a toda prisa para sofocar una rebelión encabezada por su hermano menor Bardia, o por alguien que se hacía pasar por él. Camino de la guerra se hirió en el muslo, en un accidente o en un atentado según la fuente que se lea, la herida se le gangrenó y murió antes de llegar. Ctesias dice que tardó once días en morir; Heródoto habla de unos veinte y sitúa el final en Agbatana de Siria.

Bardia (gobernó unos meses del 522 a. C.)

Relieve en piedra con el perfil barbado de un noble persa tocado con una diadema.

Hijo de Ciro y hermano de Cambises II, Bardia es el más discutido de la lista: no hay acuerdo ni sobre si llegó a reinar en persona. Ctesias cuenta que Ciro, en su lecho de muerte, lo nombró sátrapa de las provincias orientales —Bactria, Corasmia, Partia y Carmania—, un dato que Heródoto no recoge. Según la tradición posterior, Cambises II lo hizo ejecutar en secreto por celos. Con Cambises todavía en Egipto, Bardia —o un mago medo llamado Gaumata que se hacía pasar por él— encabezó una revuelta en Media que se extendió deprisa por el imperio. Prometió tres años sin impuestos y sin servicio militar, y lo recibieron con los brazos abiertos. Cambises murió antes de poder reaccionar y Bardia quedó como rey indiscutido.

No duró. Siete nobles persas —Otanes, Intafernes, Gobrias, Hidarnes, Megabizo, Aspatines y Darío— decidieron derribarlo: lo consideraban demasiado favorable a los medos, sobre todo desde que trasladó la sede del gobierno a Media, y sostuvieron que era el impostor Gaumata. Lo mataron en la fortaleza de Sikayauvatiš, en la llanura de Nisa. Para decidir cuál de ellos se quedaba con el trono acordaron cabalgar juntos al amanecer y coronar a aquel cuyo caballo relinchara primero ante el sol naciente. Ébares, el mozo de cuadra de Darío, se adelantó: acercó al hocico del caballo de su amo la mano con el olor de una yegua, y el animal relinchó antes que ninguno. La inscripción de Behistún, redactada por el propio Darío, da la lista de los siete con una variante: en lugar de Aspatines nombra a Ardumaniš.

Darío I el Grande (reinó entre 522 y 486 a. C.)

Relieve rupestre de un rey aqueménida con corona almenada bajo una inscripción cuneiforme.

Darío I era el hijo mayor de Histaspes, sátrapa de Partia e Hircania, y había servido como lancero real de Cambises II durante la campaña de Egipto. Su llegada al trono es turbia en el mejor de los casos: mató a Bardia con ayuda de sus seis compañeros y después tuvo que sofocar levantamientos en medio imperio. La inscripción de Behistún, que él mismo mandó tallar en un acantilado, enumera los territorios que se le rebelaron: Elam, Babilonia, Media, Asiria, Egipto, Partia, Margiana, Sattagidia y Escitia. Asegurado el trono, completó la anexión de Egipto e incorporó buena parte de Asia central y el valle del Indo. También lanzó una gran expedición contra los escitas europeos, a los que persiguió por Tracia y más allá del Danubio, aunque el itinerario que dejó escrito Heródoto se considera geográficamente exagerado y no permite saber hasta dónde llegó de verdad.

En el 499 a. C. se rebelaron las ciudades griegas de Asia Menor, con Aristágoras de Mileto al frente, y se les unieron rebeldes de Chipre y Caria. Atenas envió veinte naves y Eretria, en Eubea, otras cinco; los sublevados aguantaron hasta el 493 a. C. La campaña de castigo contra ellos y sus aliados terminó con la derrota persa en Maratón, en el 490 a. C. Lo que convirtió a Darío en «el Grande», sin embargo, no fueron las guerras. La lista de sus principales logros es larga: dividió el imperio en veinte distritos tributarios —así los cuenta Heródoto, aunque las listas de Behistún y de Persépolis nombran entre veintitrés y veintinueve países—, creó un cuerpo de inspectores reales, montó un servicio de correo con estaciones de relevo, acuñó el dárico como moneda común, abrió el Camino Real entre Susa y Sardes —noventa días de viaje, calculó Heródoto— y levantó templos y palacios por todo el territorio. Es además el primer rey persa que invoca en sus inscripciones reales a Ahura Mazda, la deidad suprema del zoroastrismo.

Jerjes I (reinó entre 486 y 465 a. C.)

Figura policromada de Jerjes I de perfil, con corona dorada y manto púrpura.

Jerjes I era hijo de Darío I y de Atosa, hija de Ciro el Grande. No era el primogénito, pero se impuso a su hermanastro Artobazanes precisamente por la ascendencia de su madre. Nada más heredar aplastó los levantamientos de Egipto y Babilonia, y después dedicó cuatro años a preparar la invasión de Grecia: reunió tropas y víveres de todo el imperio, hizo excavar un canal a través del istmo del monte Atos, tendió puentes de barcas sobre el Helesponto y sembró Tracia de depósitos de suministros. De ese ejército procede la única descripción antigua de los Inmortales: Heródoto cuenta que eran diez mil y que su número se mantenía siempre exacto, porque cada baja se cubría de inmediato, y de ahí les venía el apodo. El nombre persa era probablemente anushiya, «compañeros».

La campaña empezó bien y acabó mal. Jerjes se abrió paso a la vez por dos frentes, en el desfiladero de las Termópilas por tierra y frente al cabo Artemisio por mar; las pérdidas navales gruesas, sin embargo, no se las causó el enemigo, sino una tormenta frente a la costa de Magnesia que se llevó cerca de un tercio de la flota. Llegó a tomar e incendiar Atenas, pero el desastre de la batalla de Salamina y los rumores de disturbios en Babilonia lo obligaron a retirarse con el grueso del ejército. La segunda derrota, en Platea en el 479 a. C., cerró la invasión de la Grecia continental, y el conflicto se trasladó al Egeo, a Egipto y a Chipre, donde se prolongó del 477 al 449 a. C. como guerras de la Liga de Delos. Jerjes volvió a Persia y se ocupó de sus obras y de la administración hasta que, en el 465 a. C., lo asesinó Artabano, el jefe de la guardia real, que se había ganado antes al harén y a los líderes religiosos de la corte. Artabano se apoyaba en sus siete hijos adultos y estuvo cerca de acabar con la dinastía, pero el general Megabizo se pasó al bando del hijo de Jerjes y la conjura se vino abajo.

Artajerjes I (reinó entre 465 y 424 a. C.)

Recreación de un noble persa con capucha de malla y un broche dorado sujetando el manto.

Artajerjes I era el tercer hijo de Jerjes I y llegó al trono tras el asesinato de su padre; el primogénito, Darío, había muerto antes, posiblemente a manos del propio Artabano. Su reinado arrancó con una revuelta grave en Egipto, entre el 460 y el 454 a. C., encabezada por Inaros II, hijo de un príncipe libio y apoyado por Atenas; la expedición ateniense terminó en desastre. Sin fuerza militar para ganar la guerra griega que había heredado, Artajerjes I inauguró la práctica que sus sucesores repetirían durante un siglo: pagar a unas ciudades griegas para que combatieran a otras. En el 454 a. C. los atenienses trasladaron el tesoro de la Liga de Delos desde la isla hasta Atenas, alegando la inseguridad que había dejado el desastre egipcio.

Hacia el 449 a. C. se cerró la llamada Paz de Calias, que puso fin a la guerra iniciada por su padre. El nombre no es el de una potencia, sino el del embajador que la negoció: Calias, hijo de Hipónico, enviado por Atenas en representación de la Liga de Delos. Su existencia, eso sí, está discutida, porque Tucídides no la menciona y Plutarco dudaba de que llegara a firmarse. Artajerjes I dio además refugio a Temístocles, el artífice de la victoria griega en Salamina, cuando lo expulsaron de Atenas, y le concedió varias ciudades de Asia Menor para su sustento: Magnesia le daba el pan, Miunte la carne y Lámpsaco el vino, según el reparto que detalla Tucídides. Es también el Artajerjes de los libros bíblicos de Esdras y Nehemías, el que autoriza enseñar la ley judía en Jerusalén y reconstruir la ciudad y sus murallas, con madera de los bosques reales para la ciudadela y el templo; parte de la crítica, no obstante, sitúa a Esdras bajo Artajerjes II.

Darío II (reinó entre 423 y 404 a. C.)

Tumba rupestre aqueménida excavada en el acantilado de Naqsh-e Rostam.

Cuando murió Artajerjes I, en diciembre del 424 a. C., el trono cambió de manos tres veces en menos de un año. Su hijo Jerjes II reinó cuarenta y cinco días y solo fue reconocido como rey en Persia. Lo mató su hermano Sogdiano, que gobernó seis meses y quince días, según Ctesias, sobre poco más que Persia y Elam. Y a Sogdiano lo mató a su vez su medio hermano Oco, hijo ilegítimo de Artajerjes I y sátrapa de Hircania, que subió al trono con el nombre de Darío II. De ahí que su reinado se date unas veces desde el 424, contando desde la muerte de su padre, y otras desde el 423, que es cuando gobierna de hecho. Ya como rey tuvo que ejecutar a su hermano Arsites, sátrapa de Siria, que se rebeló siguiendo el mismo camino que él había seguido.

De su reinado se sabe poco, entre otras cosas porque se mantuvo al margen de los asuntos griegos hasta la derrota de Atenas en Siracusa, en el 413 a. C. A partir de ahí, irritado porque los atenienses respaldaban a los rebeldes de Anatolia, envió a sus sátrapas contra las ciudades griegas de Asia Menor, que hasta entonces vivían bajo protección ateniense. Y sobre todo abrió la bolsa: el dinero persa que Tisafernes y Farnabazo entregaron a los espartanos entre el 412 y el 411 a. C. pagó la flota que acabó decidiendo la Guerra del Peloponeso contra Atenas.

Artajerjes II (reinó entre 404 y 358 a. C.)

Moneda de plata aqueménida con la figura del rey coronado grabada en el anverso.

Artajerjes II era hijo de Darío II y de Parisatis, y antes de coronarse se llamaba Arsaces. Apenas heredó, su hermano menor Ciro el Joven —que se había hecho un nombre en la campaña de Asia Menor— se levantó contra él con un gran ejército reforzado por diez mil mercenarios griegos, entre ellos el historiador Jenofonte, que dejó el relato de la expedición en la Anábasis. Los dos hermanos se enfrentaron en Cunaxa, en el 401 a. C., y venció el rey, que hasta el último momento había buscado una salida negociada. La revuelta lo dejó demasiado débil para plantar cara a la invasión del rey espartano Agesilao II, que campó por Asia Menor entre el 396 y el 394 a. C. y solo se retiró porque lo llamaron de vuelta al estallar la guerra de Corinto. Artajerjes II resolvió el pulso pagando a los enemigos de Esparta en la Grecia continental, y lo cerró en el 387 a. C. con la Paz del Rey, un tratado dictado desde Persia.

Egipto, en cambio, no volvió. Se había separado al principio de su reinado, hacia el 404 a. C. con Amirteo, y no regresó a manos persas mientras él vivió: el intento de reconquista fracasó en el 373 a. C., cuando en Egipto ya reinaba la dinastía XXX fundada por Nectanebo I. Ese fracaso encendió la Gran Revuelta de los Sátrapas, con Datames, Ariobarzanes y Autofradates al frente, que se prolongó entre el 372 y el 362 a. C. hasta ser sofocada. Con los griegos siguió ejerciendo de árbitro, repartiendo subsidios y zanjando sus disputas como si fuera su señor supremo, y emprendió obras y renovaciones por todo el imperio. Su punto débil estuvo en casa: las intrigas del harén se llevaron por delante a varios de sus hijos preferidos y a otros miembros de la familia.

Artajerjes III (reinó entre 358 y 338 a. C.)

Sello cilíndrico de calcedonia translúcida con una figura grabada en la superficie.

Oco era el menor de los hijos legítimos de Artajerjes II y de Estatira, y llegó al trono como Artajerjes III porque sus hermanos mayores, Darío y Ariaspes, cayeron en las intrigas de la corte. Antes había servido como sátrapa y como jefe del ejército de su padre. Para asegurarse el puesto ejecutó a más de ochenta parientes próximos: así lo cuentan Justino y Curcio Rufo, y en algunas versiones todos el mismo día. Pasó buena parte del reinado apagando incendios; tras hacer las paces con Atenas intentó disolver los ejércitos privados de los sátrapas de Anatolia y tardó dos años en sofocar el levantamiento que provocó.

Su obsesión era recuperar Egipto, independiente desde hacía casi medio siglo. El primer intento acabó en derrota, y la derrota encendió a su vez Anatolia, Fenicia y Chipre; le costó siete años volver a tener el imperio bajo control. Solo entonces repitió el ataque, y esta vez conquistó el país y lo castigó a conciencia por haber resistido. Consolidado el poder, nadie subió tan alto como el eunuco Bagoas, que acumuló propiedades enormes y el cargo de quiliarca, el segundo del imperio, algo parecido a un canciller. Artajerjes III extendió además su influencia al Egeo, donde conquistó varias islas, y a Tracia, donde subvencionó a príncipes amigos, para inquietud de Atenas y de una Macedonia cada vez más fuerte bajo Filipo II. Todo se torció cuando quiso recortarle el poder a Bagoas: a finales del verano del 338 a. C., el eunuco se sirvió del médico real para envenenar al rey y a casi toda su familia.

Artajerjes IV (reinó entre 338 y 336 a. C.)

Moneda de plata con el perfil barbado y diademado de un soberano persa.

El hijo menor de Artajerjes III y de Atosa se llamaba Arsha en persa antiguo, y los griegos lo llamaron Arsés; nadie contaba con que llegara a reinar. Bajo su padre el imperio había remontado, se había reorganizado y había sofocado varias revueltas, y buena parte del mérito se le atribuía a Bagoas, que como quiliarca era el poder real detrás del trono. Del envenenamiento que se llevó por delante a su padre y a casi toda la familia real, Arsés fue de los poquísimos que salieron con vida —las fuentes salvan también a Bistanes— y se convirtió en rey con el nombre de Artajerjes IV.

El relevo brusco, junto con la juventud y la inexperiencia del nuevo rey, dejó al imperio en mal momento, y Filipo II de Macedonia lo aprovechó: exigió que Persia le pagara reparaciones por haber apoyado a sus rivales. Artajerjes IV se negó, y en el 336 a. C. Filipo mandó a Asia Menor una fuerza de avanzada de unos diez mil hombres a las órdenes de Parmenión y Átalo. Ese mismo año el rey intentó quitarse de encima a Bagoas, y el eunuco respondió como sabía: lo envenenó a él y al resto de su familia. La propaganda macedonia posterior presentó a Artajerjes IV como el último rey legítimo de Persia, lo que dejaba a su sucesor en la incómoda posición de usurpador.

Darío III (reinó entre 336 y 330 a. C.)

Recreación de Darío III con turbante bordado y manto de brocado.

El último rey oficial de Persia se llamaba Artashata antes de coronarse —Justino lo llama además Codomano— y procedía de una rama menor de la familia real, descendiente de Darío II por su abuelo Ostanes. Se hizo un nombre matando en duelo singular al campeón de los cadusios durante una expedición de Artajerjes III contra ese pueblo, y a partir de ahí subió deprisa: mensajero real, sátrapa de Armenia, responsable hacia el 340 a. C. de todo el sistema postal aqueménida y uno de los «amigos» del rey en la corte. Cuando Bagoas dejó el trono vacante por segunda vez, Artashata lo ocupó como Darío III, y su primera decisión fue dejar claro quién mandaba: obligó al eunuco a beberse el veneno que tenía preparado para él.

El mismo año en que subió al trono, la avanzada de Filipo II entró en Asia Menor para «liberar» las ciudades griegas de la región; el propio Filipo nunca llegó a cruzar, porque lo asesinaron en Egas ese mismo 336 a. C. Su hijo Alejandro Magno retomó la campaña en el 334 a. C., tras una breve pausa. Darío III confió en que los sátrapas locales bastarían para frenarlo mientras él azuzaba una revuelta en Grecia y usaba la flota persa para cortarle los suministros. No funcionó. Se enfrentó a Alejandro en Issos, en el 333 a. C., y en Gaugamela, en el 331 a. C., y las dos veces sufrió una derrota aplastante y huyó del campo de batalla. En julio del 330 a. C., cerca de Hecatómpilos, lo traicionaron y asesinaron los sátrapas que aún lo acompañaban, y uno de ellos se quedó con el título de rey de Persia.

Artajerjes V (reinó entre 330 y 329 a. C.)

Grabado de la ejecución de Beso: un hombre atado a un poste ante el ejército macedonio.

A diferencia de los once anteriores, Artajerjes V se coronó a sí mismo. Se llamaba Beso, era sátrapa de Bactria y pariente de Darío III, y había mandado el ala izquierda del ejército persa en Gaugamela, en el 331 a. C. Al año siguiente, él y los sátrapas que quedaban traicionaron a su rey y lo cargaron de cadenas de oro, según Curcio Rufo. Quizá pensaban entregarlo a Alejandro a cambio de algo, quizá solo estaban hartos de cómo dirigía la guerra; en cualquier caso, la rapidez con que se les echó encima el ejército macedonio hizo cundir el pánico entre ellos. Apuñalaron a Darío III y lo abandonaron moribundo en el camino.

Beso no se proclamó rey allí mismo. Esperó a llegar a Bactra, en el otoño del 330 a. C., meses después de la muerte de Darío III, y fundó su pretensión en el parentesco aqueménida que compartía con él. Ya como Artajerjes V, se replegó por las provincias de Asia central que Alejandro aún no había tomado, pero las tropas lo fueron abandonando por el camino y acabaron entregándolo sus propios oficiales sogdianos, Espitamenes y Datafernes, en Nautaca. Alejandro lo hizo azotar y mutilar —le cortaron la nariz y las puntas de las orejas— y lo mandó a Ecbatana, donde fue ejecutado en el 329 a. C. bajo la supervisión de Oxiatres, hermano de Darío III. Con él se apagó la dinastía que había gobernado Asia durante más de dos siglos.

¿De dónde salen los datos sobre los reyes aqueménidas?

Casi todo lo que se cuenta arriba procede de dos clases de fuentes que no coinciden entre sí. Por un lado, los griegos: Heródoto en el siglo V a. C., Ctesias, que fue médico en la corte de Artajerjes II, y más tarde Diodoro, Justino o Curcio Rufo. Escribían sobre el enemigo y desde fuera. Por otro, los documentos persas: la inscripción de Behistún, con la que Darío I fijó en la roca su propia versión de cómo llegó al trono, y las tablillas administrativas de Persépolis, miles de recibos de raciones y de viajes que no cuentan ninguna historia pero fechan nombres y cargos con una precisión que ningún autor griego alcanza.

Que unas y otras se contradigan explica la mayoría de las horquillas de este artículo: los días que tardó en morir Cambises II, el año desde el que se cuenta el reinado de Darío II, el número de distritos en que estaba dividido el imperio. Cuando dos páginas dan fechas distintas para el mismo rey aqueménida, casi siempre están siguiendo a autores antiguos distintos.

¿Qué pasó con Persia después del último rey aqueménida?

Alejandro no sustituyó el imperio: se quedó con él. Mantuvo las satrapías, conservó a parte de los administradores persas y se casó con mujeres de la nobleza local, aunque en el 330 a. C. había incendiado Persépolis. Cuando murió en Babilonia, en el 323 a. C., sus generales se repartieron el territorio y casi todo el antiguo dominio aqueménida acabó en manos de Seleuco, fundador de la dinastía seléucida.

Desde mediados del siglo III a. C., los partos arsácidas fueron desalojando a los seléucidas de la meseta irania, y en el 224 d. C. los sustituyó a su vez una dinastía persa del sur, que fundó el Imperio sasánida y recuperó para sus soberanos el viejo título de «rey de reyes». Entre el primer rey aqueménida y el último sasánida median unos mil doscientos años en los que el poder cambió de familia varias veces, pero el título y buena parte de la maquinaria administrativa sobrevivieron a todas ellas.