Empatía – ¿es bueno ser empático?
La empatía es la capacidad de percibir y comprender lo que siente otra persona, aunque en la práctica el concepto es más complejo de lo que parece a primera vista. ¿Y cómo saber quién es más propenso a este sentimiento, tú o, por ejemplo, un amigo tuyo?
¿Y la empatía tiene siempre efectos positivos, o también puede tener consecuencias negativas en las relaciones? Si te resulta difícil responder con precisión a estas preguntas, veamos el tema con un poco más de detalle.
Qué es la empatía
El término llegó a la psicología de la mano del psicólogo estadounidense Edward Titchener, que en 1909 lo introdujo en el vocabulario científico en inglés (empathy) a partir del alemán Einfühlung, que a su vez procede del griego empatheia: sentir dentro, o sentir junto a otro.
Es decir, la empatía es la respuesta de una persona ante los sentimientos y el estado de otra. Una persona empática percibe con claridad qué le está ocurriendo emocionalmente a su interlocutor en cada momento, y ajusta sus propias acciones, pensamientos y emociones a ese estado.
Este mecanismo se activa sobre todo cuando alguien cercano experimenta emociones negativas: llora, siente miedo, tristeza, melancolía o rabia. Una persona empática percibe cuándo se la necesita y, con frecuencia, siente el deseo de comprender y ayudar siempre que puede.

Cuando alguien salta de alegría, en cambio, una persona empática le presta menos atención: esa emoción es más fácil de entender y no genera la misma necesidad de intervenir.
Mostrar empatía no ocurre solo en el mundo real. Cuando leemos un libro o vemos una película, tendemos a ponernos en el lugar del protagonista sin darnos cuenta; esa identificación también es una manifestación natural de este sentimiento.
Hay personas más propensas a esta respuesta emocional, ya sea por habilidades innatas o porque las han desarrollado con dedicación. Se las llama personas empáticas.
Estas personas, sensibles a los demás, suelen elegir profesiones como la docencia, la psicología o la educación, donde es especialmente importante saber percibir con sutileza el estado ajeno. Entre los tipos de temperamento clásicos, el melancólico es el que más se asocia a estas características.
De dónde viene la empatía
Los neurocientíficos atribuyen buena parte de la empatía a las neuronas espejo, células nerviosas que se activan tanto cuando realizamos una acción o sentimos una emoción como cuando observamos a otra persona hacer o sentir lo mismo.
Por ejemplo, si delante de nosotros hay una persona triste, los sistemas visual y auditivo recogen esa información y la transmiten a estas neuronas, que hacen que quien observa sienta algo parecido, aunque en menor medida.
Las neuronas espejo se describieron primero en macacos, en los que explican por qué un mono repite casi automáticamente una acción que acaba de ver hacer a otro. Ese mismo mecanismo explicaría, en parte, por qué disfrutamos viendo la vida de otras personas en la televisión o en redes sociales: nos permite sentir, aunque sea de forma momentánea, algo de esa experiencia ajena.

El desarrollo de la empatía comienza desde el nacimiento, cuando el bebé percibe el mundo que lo rodea sobre todo a nivel emocional: si su madre le sonríe, él le sonríe de vuelta de forma inconsciente, por imitación.
Cuando los padres explican a un niño mayor que están tristes o contentos por tal o cual motivo, eso también contribuye a que el pequeño entienda cómo funcionan los sentimientos y cómo se pueden reconocer a través de los rostros, los gestos, las palabras y las expresiones faciales.
Qué relación existe entre el autismo y la empatía
Una de las hipótesis sobre el autismo apunta a alteraciones en el funcionamiento de las neuronas espejo, aunque no es una explicación aceptada de forma unánime por la comunidad científica. Lo que sí es habitual es que a muchas personas autistas les cueste más interpretar señales sociales como el tono de voz, la mirada o las expresiones faciales, lo que no equivale a una ausencia de empatía: de hecho, algunas personas autistas describen sentir las emociones ajenas con especial intensidad, aunque les resulte más difícil expresarlo o gestionarlo.
Esta dificultad para leer las señales sociales puede afectar a la socialización del niño: le puede costar más comunicarse con sus compañeros en el patio, en la escuela o con un vendedor en una tienda.
Por eso, desde una edad muy temprana, estos niños se benefician de una atención especial en su desarrollo emocional: conviene explicarles con claridad qué sucede dentro de otras personas en términos de emociones y cómo se puede reconocer a través de gestos, miradas y expresiones faciales.
También ayuda preguntarle con frecuencia al niño cómo se siente y describir cómo suele manifestarse esa emoción en otras personas, para que pueda comparar y reconocer el patrón. El análisis de los personajes principales de libros y películas también resulta útil para acelerar este aprendizaje.
La escucha activa es otra herramienta que ayuda a desarrollar la sensibilidad emocional: consiste en que quien escucha haga preguntas que aclaren lo que la otra persona cuenta. Así, aprende más sobre su interlocutor y este, a su vez, se abre más. Con los niños también se puede practicar intercambiando los papeles de quien habla y quien escucha.
Tipos de empatía
Según lo profundamente que una persona haya aprendido a comprender los sentimientos ajenos, se distinguen tres niveles de empatía:
- Nivel básico. Se apoya en la percepción más primitiva, en la que el papel principal lo desempeñan las neuronas espejo: la persona compara las expresiones faciales que observa con las que ya conoce, sin ir mucho más allá.
- Nivel medio. Cuando alguien se interesa de verdad por el estado de otra persona, le hace preguntas concretas para entenderlo mejor: qué lo motiva, si ha vivido algo parecido antes, cómo se siente al respecto. Con esa información, intenta ponerse en su lugar y comprender su punto de vista.
- Nivel alto o empatía cognitiva. No está al alcance de todo el mundo: quien la tiene es capaz de «leer» rápidamente a personas que acaba de conocer y formarse una imagen bastante precisa de su personalidad, sus valores, sus reacciones habituales ante determinados estímulos y su forma de ver la vida, de modo que el estado emocional de esa persona le resulta comprensible casi de inmediato.

¿Es lo mismo empatía que simpatía?
Muy a menudo se usa la palabra «empatía» como si fuera sinónimo de «simpatía». Pero son conceptos distintos, aunque a veces se superpongan, y responden a razones y motivaciones diferentes.
Una persona altruista o filántropa siente el deseo de ayudar a otra: quiere que todo le vaya bien e intenta, junto a ella o en su lugar, resolver sus problemas y animarla. Es una muestra sincera de afecto: son así por naturaleza y ayudan a cualquiera.
Distinto es sentir lástima. Por un momento sientes pena por una persona sin hogar que pide en la calle para poder comer; le das unas monedas y sigues tu camino. No te has parado a entender su situación de verdad, ni has sentido realmente lo que ella siente.
La empatía no es simpatía ni compasión pasajera, sino una capacidad, innata o desarrollada, para situarse en el estado de otra persona y comprender las emociones que la desbordan.

Al mismo tiempo, una persona empática puede no sentir ningún deseo de ayudar o de mostrar interés: todo depende de cada individuo. Por ejemplo, casi todo el mundo «ve» a una persona sin hogar, pero no todos le dan una moneda. Como puedes ver, son conceptos completamente distintos.
Un ejemplo: te das cuenta de que alguien tiene sobrepeso y necesita cuidar su salud, o puede tener problemas más adelante. Pero no vas a acercarte y llevarlo de la mano al nutricionista. Puede que simplemente no te implique lo que le pase a esa persona; incluso alguien poco sociable puede ser una persona empática y sensible.
La empatía es la capacidad de sentir el estado de otras personas, pero eso no significa que vaya a traducirse en acciones concretas para ayudar a quien la provoca. A veces ocurre justo lo contrario: los sociópatas, por ejemplo, usan su comprensión de los demás exclusivamente para sus propios fines.
Es, sencillamente, la capacidad de percibir los sentimientos ajenos y comprender su estado emocional. Que eso despierte compasión o no depende de cada persona.
Qué desventajas tiene ser una persona empática
A primera vista, comprender y sentir a los demás no parece tener ningún inconveniente. Pero los psicólogos señalan que son precisamente las personas empáticas quienes más a menudo acuden a terapia, porque tienden a sumergirse en los sentimientos ajenos, y eso genera una carga emocional considerable.
Además, las personas más concienzudas llegan a sentirse responsables del estado de quienes las rodean, precisamente porque son capaces de comprenderlos bien. El problema aparece cuando ese impulso no se limita a sus seres queridos: intentan ayudar también a personas que apenas conocen, lo que les quita mucha energía y tiempo.
Muchas personas empáticas son también propensas al altruismo, así que se centran más en los problemas ajenos y descuidan sus propias experiencias. Como resultado, no piden ayuda cuando la necesitan y acumulan en su interior tanto su malestar como el de los demás.

También surgen problemas en el trabajo cuando una persona empática ocupa un puesto de liderazgo: le resulta difícil dar instrucciones firmes o hacer una valoración negativa del trabajo de sus subordinados, porque sabe lo mal que se siente al recibir ese tipo de comentarios. Por eso este tipo de jefes tiende a hacer concesiones cuando conoce bien la situación personal de cada empleado.
El pensamiento empático lleva a prestar mucha atención al contexto emocional de una conversación, y no solo a su contenido literal. Estas personas intentan constantemente entender qué quería decir o hacer realmente la otra persona, lo que puede derivar en desconfianza y en pasar demasiado tiempo dándole vueltas a detalles sin importancia.
Para las personas más comprensivas, resulta especialmente duro ver noticias en televisión o internet, porque lo interiorizan todo y se lo toman muy en serio. Lo mismo ocurre en las relaciones de amistad o de pareja: son tan comprensivas que no siempre logran soportar el desgaste emocional que eso conlleva.
Cómo evitar el agotamiento empático
Para que la empatía no acabe arruinando tu vida, conviene tener claras tus propias metas, valores, sentimientos, pensamientos y motivos, y no disolverte en la otra persona cuando te relacionas con ella: recuerda tu propia importancia.
Cuando ocurre una situación trágica que no se puede cambiar, conviene alejarse de ella durante un tiempo para asimilar lo ocurrido, comprenderlo y no quedar atrapado de forma permanente en esa realidad.
Si, al ponerte en el lugar de otra persona, sientes compasión, es mejor fijarte objetivos concretos de ayuda y asumir solo la medida adecuada de responsabilidad: por ejemplo, no se trata de regalar tu último dinero, sino de ayudar a esa persona a encontrar trabajo.
No es la empatía en sí (la respuesta a los sentimientos ajenos) la que genera problemas, sino no saber regularla. Lo importante es aprender a implicarte en los problemas de otras personas sin hacerte daño; así te resultará más fácil mantener amistades cercanas y buenas relaciones laborales con tus compañeros.
