Jean-François Champollion y la Piedra Rosetta
Jean-François Champollion (1790-1832) fue el filólogo francés que descifró los jeroglíficos egipcios en 1822, apoyándose en la Piedra Rosetta. Con ese hallazgo devolvió la voz a una civilización que llevaba catorce siglos muda y fundó de hecho la egiptología.
Nació el 23 de diciembre de 1790 en Figeac, hijo de un librero, y fue un alumno pésimo en casi todo salvo en lo que le interesaba. Hacia los trece años ya se manejaba en seis lenguas antiguas y orientales.

Eran el latín, el griego, el hebreo, el caldeo, el árabe y el siríaco, y a esa lista añadiría después el copto, la clave con la que años más tarde abriría los jeroglíficos.
La Piedra Rosetta y la Description de l’Égypte

Champollion fue bonapartista toda su vida y se pasó media carrera enfrentado a los realistas franceses, lo cual tiene su lógica: sin la aventura egipcia de Napoleón no habría existido su descubrimiento. Como campaña militar, la invasión de 1798 fue un desastre: la peste diezmó a las tropas y una epidemia de oftalmía dejó ciegos a centenares de soldados. Como empresa intelectual fue justo lo contrario, y de ella salió todo lo que Europa supo de Egipto durante el medio siglo siguiente.
Junto a las tropas, Napoleón embarcó a un pequeño ejército de sabios encargados de documentar el país entero, su pasado y su presente. Entre ellos se encontraban matemáticos, artistas, escultores, arquitectos, naturalistas, geógrafos, astrónomos e ingenieros. Su encargo era levantar acta de todo lo que encontraran en textos, dibujos, planos y pinturas, y el resultado fue la monumental Description de l’Égypte, publicada en veintitrés volúmenes.
En julio de 1799, mientras se reforzaba el fuerte Julien en la ciudad portuaria de Rosetta, un soldado sacó de un muro derruido una losa de granodiorita y avisó al teniente Pierre-François Bouchard. Bouchard entendió enseguida por qué importaba: llevaba el mismo texto en griego, en jeroglíficos y en una tercera escritura desconocida, la que hoy llamamos demótica. La piedra fue enviada a los sabios del Instituto de Egipto, en El Cairo. Cuando británicos y otomanos derrotaron a los franceses, la piedra viajó a Londres como botín de guerra. Sigue expuesta en el Museo Británico, y Egipto lleva años reclamando su devolución.
Rivalidad con Thomas Young

La pugna entre Francia y Gran Bretaña no terminó con la posesión de la piedra: se trasladó a quién sería el primero en leerla. Champollion y el británico Thomas Young corrieron esa carrera casi en paralelo y sin apenas hablarse.
Champollion obtuvo una cátedra de historia con diecinueve años, pero su obsesión venía de antes: a los dieciséis defendió ante la Academia de Grenoble que el copto, la lengua litúrgica de los cristianos egipcios, era la última forma del egipcio antiguo. Esa intuición resultó ser la llave de todo lo demás. Sus choques políticos con los realistas acabaron costándole la cátedra, y la destitución le dejó por fin todo el tiempo del mundo para los jeroglíficos.

Young era médico, físico y lingüista, y en 1819 publicó de forma anónima en la Encyclopædia Britannica un artículo sobre los jeroglíficos en el que identificaba una decena de signos y buena parte del demótico. Fue el primero en sospechar que el cartucho encerraba un nombre propio. Cuánto le debe Champollion sigue discutiéndose dos siglos después.
¿Cómo descifró Champollion los jeroglíficos?

Champollion llegó más lejos que Young, y es a él a quien se atribuye haber roto el código. El 14 de septiembre de 1822 comparó los cartuchos con los nombres de Ptolomeo y Cleopatra y comprobó que los signos repetidos coincidían con las letras repetidas de ambos nombres. Cuentan que corrió a casa de su hermano gritando «¡Ya lo tengo!» y se desmayó allí mismo. Lo que había entendido era que la escritura egipcia no es solo simbólica ni solo alfabética, sino las dos cosas a la vez: signos que valen por un sonido conviven con signos que valen por una idea. Expuso el hallazgo semanas después en su Carta a monsieur Dacier, secretario de la Academia de Inscripciones.
Dudas sobre el desciframiento de Champollion

El descubrimiento de Champollion no estuvo exento de detractores. A Young le dolió que el francés hubiera podido aprovechar su trabajo sin reconocerlo. Y Edme-François Jomard, a quien Champollion había dejado antes en evidencia por varios errores, se dedicó a repetir a quien quisiera oírlo que el desciframiento no podía ser válido porque su autor no había pisado Egipto en su vida.
En 1824 llevó el sistema mucho más lejos en el Précis du système hiéroglyphique des anciens Égyptiens, y allí desmontó las dudas de golpe: no presentaba un puñado de coincidencias afortunadas, sino más de un centenar de signos fonéticos identificados y un método completo con el que leer textos enteros.
Champollion, primer conservador del Louvre
Tras años de apuros económicos como profesor auxiliar, el rey Carlos X lo nombró primer conservador de la colección egipcia del Louvre. Champollion la reorganizó en cuatro salas siguiendo un criterio histórico y no artístico, algo insólito entonces: repartió las piezas entre el mundo funerario, la vida cotidiana y los dioses y diosas del panteón.
Expedición a Egipto

En 1828, por fin, Champollion pisó Egipto y pudo leer los textos sobre la piedra en lugar de sobre una copia. Le acompañó el profesor italiano Ippolito Rosellini, que además era un excelente dibujante, con un equipo de artistas. Remontaron el Nilo hasta Abu Simbel documentando yacimientos y, ya de vuelta río abajo, copiaron los monumentos más importantes. Champollion murió en 1832 sin haber publicado nada de aquel viaje, así que la tarea recayó en Rosellini. I Monumenti dell’Egitto e della Nubia («Monumentos de Egipto y Nubia») reúne 3.300 páginas de texto y 395 láminas, muchas de ellas coloreadas a mano, y hoy es una pieza de coleccionista.
Muerte y publicaciones póstumas

Champollion murió con solo 41 años, probablemente de un ictus, apenas una década después de su hallazgo. Su hermano Jacques-Joseph se ocupó de que sus dos obras inacabadas vieran la luz: la Grammaire égyptienne empezó a imprimirse en 1836 y el Dictionnaire égyptien en écriture hiéroglyphique en 1841, ambas por orden del ministro Guizot. Llamarle padre de la egiptología no es una fórmula de cortesía: ninguna otra civilización antigua ha conservado tantos textos escritos como Egipto, y hasta 1822 ninguno de ellos podía leerse.
