Akenatón, faraón revolucionario del antiguo Egipto
Akenatón fue el faraón hereje del antiguo Egipto: el rey que hacia 1350 a. C. cerró los templos de los dioses de siempre, impuso el culto a un único dios solar, Atón, y levantó desde cero una capital en mitad del desierto. Fue el mayor golpe de timón de los tres mil años de historia egipcia, y no sobrevivió a su autor: en cuanto el faraón murió, el país deshizo la reforma entera y se propuso que no quedara rastro de quien la había ordenado. Estuvo a punto de conseguirlo.
Subió al trono a finales de la XVIII dinastía con el nombre de Amenhotep IV, «Amón está satisfecho», y sus primeros años los gobernó siguiendo la línea de su padre. Hacia el quinto año se lo cambió por Akenatón, «útil a Atón» o «agradable a Atón». No era un capricho onomástico: era un anuncio público de que el rey dejaba de honrar a Amón, la divinidad más poderosa del panteón, para consagrarse al disco solar. Lo que vino después no fue una reforma litúrgica, sino el desmantelamiento del resto de los dioses de Egipto.
Por qué lo hizo se discute desde hace más de un siglo, y la explicación más aceptada mezcla dos motivos. Uno religioso, el de un rey convencido de su propia revelación. Otro político: el clero de Amón en Tebas había acumulado tierras, oro e influencia hasta competir con el palacio, y al proclamar a Atón único dios y a sí mismo su único intermediario, Akenatón dejó a ese sacerdocio sin función y sin ingresos de golpe. Los egiptólogos tampoco se ponen de acuerdo en si aquello fue monoteísmo pleno o monolatría, es decir, un dios colocado por encima de los demás y no en lugar de ellos.
¿Por qué Akenatón fundó una ciudad nueva, Ajetatón?

Akenatón sacó la capital de las viejas plazas fuertes de Tebas y Menfis y la llevó a un descampado sin pasado religioso, a medio camino entre ambas. Allí levantó Ajetatón, «el horizonte de Atón»; hoy el yacimiento se conoce por su nombre árabe, Amarna, en la gobernación egipcia de Minia. La ciudad se construyó solo para el culto al disco solar, sin templo ni capilla para las divinidades de siempre: ni Amón-Ra, ni Osiris, ni Isis. Sus santuarios tampoco tenían techo, al contrario que los templos egipcios de toda la vida: al dios al que servían había que verlo.
Fundar Ajetatón y profanar santuarios como el templo de Amón en Tebas equivalía a declarar la guerra al culto que había florecido durante los casi treinta y ocho años de reinado de su padre, Amenhotep III. Akenatón mandó cerrar los templos, disolvió el sacerdocio y desvió hacia Atón las rentas que sostenían a Amón. Envió además cuadrillas de canteros por todo Egipto a picar el nombre de Amón de los monumentos, incluso cuando formaba parte del nombre de su propio padre y aunque estuviera grabado a decenas de metros de altura, donde ningún egipcio podía leerlo.
Encerrado en su ciudad nueva, el faraón se desentendió del imperio. Las cartas de Amarna, el archivo diplomático hallado en el propio yacimiento, conservan los mensajes cada vez más desesperados de los reyes vasallos de Siria y Palestina pidiendo tropas mientras el hitita Supiluliuma I se quedaba con sus territorios. Egipto no perdió una guerra contra los hititas: sencillamente no se presentó. Dentro del país, una epidemia y las malas cosechas se sumaron al coste de haber levantado una capital entera en una década, y la culpa recayó sobre el rey que había ofendido a los dioses.
¿Cómo terminó su reinado y por qué lo borraron de la historia?
Akenatón reinó diecisiete años y murió de forma repentina hacia 1336 a. C. Ajetatón no se vació de golpe: la corte aguantó allí bajo sus sucesores inmediatos y la capital no volvió a Menfis y Tebas hasta el tercer año de Tutankamón. Pero una vez abandonada, nadie volvió a ocuparla, y la arena la cubrió con los talleres y los archivos dentro. Esa es justo la razón de que hoy se conserve tan bien.
Restaurar lo anterior costó generaciones de faraones. Su hijo Tutankamón —que nació como Tutankatón y se cambió el nombre al reabrir los templos— devolvió el culto a Amón siendo un niño. El general Horemheb, ya último rey de la dinastía, remató la reconstrucción, y Ramsés II heredó un país reordenado.
Con la restauración llegó la condena. Los textos posteriores no lo llaman por su nombre, sino «el criminal» o «el enemigo de Ajetatón». Sus templos fueron demolidos y su piedra reaprovechada, y su nombre desapareció de las listas reales que los faraones grababan para enumerar a sus antecesores: en la de Abidos, detrás de Amenhotep III viene directamente Horemheb, como si Akenatón, Tutankamón y Ay no hubieran existido nunca.
¿Quién fue Nefertiti, la esposa de Akenatón?

Nefertiti significa «la hermosa ha llegado» y compite con Cleopatra por el título de reina más famosa de Egipto. Buena parte de esa fama se debe a un solo objeto: el busto de caliza y estuco que el equipo alemán de Ludwig Borchardt sacó de la arena el 6 de diciembre de 1912 en el taller del escultor real Tutmose, en Amarna. Mide 48 centímetros, conserva el color original y se expone en el Neues Museum de Berlín, donde es la pieza más visitada.
Nefertiti no fue una consorte decorativa. En los relieves oficiales aparece del mismo tamaño que el rey, oficiando ella misma ante Atón, y en al menos una escena abate a un enemigo con la maza, un gesto reservado hasta entonces al faraón. Tuvo con Akenatón seis hijas —Meritatón, Meketatón, Anjesenpaatón, Neferneferuatón-Tasherit, Neferneferura y Setepenra— y ningún hijo varón conocido. La mayor, Meritatón, llegó a ser gran esposa real de Smenkhkare; la tercera, Anjesenpaatón, se casó con Tutankamón y pasó a llamarse Anjesenamón cuando la corte volvió al culto de Amón.
No fue, en cambio, la madre de Tutankamón: el análisis genético de 2010 señaló a una hermana del propio Akenatón, la momia conocida como «la Dama Joven». De Nefertiti no se ha encontrado nunca ni la tumba ni un cuerpo identificado con certeza, y esa ausencia alimenta el debate sobre su final: si murió antes que su marido, si cayó en desgracia o si le sobrevivió. La hipótesis que hoy gana terreno es la tercera, y va más lejos: que llegó a reinar ella misma, con nombre masculino, en los años que separan la muerte de Akenatón de la coronación de Tutankamón.
La prueba de ese poder llegó por un camino insólito. Horemheb mandó desmontar los templos que Akenatón había construido en Karnak y usó sus sillares —los llamados bloques de talatat, pequeños y manejables— como relleno interior de sus propios pilonos. Allí quedaron emparedados más de tres mil años. Cuando en el siglo XX se abrieron esos pilonos aparecieron decenas de miles de bloques con las escenas originales, y en ellas Nefertiti tiene un protagonismo que ninguna reina egipcia había tenido antes.
¿Qué fue el arte de Amarna y en qué se diferencia?

Por mucho que sus sucesores se empeñaran en borrarlo, lo que Akenatón cambió en el arte no se pudo deshacer. Durante casi quince siglos la figura humana egipcia se había representado siguiendo un canon rígido: cuerpos jóvenes, atléticos, casi idénticos de un reinado a otro, congelados en poses solemnes. En Amarna ese canon salta por los aires en menos de una generación.
Los cuerpos se alargan, los cráneos se estiran, las caderas se ensanchan y los vientres se curvan; los cuellos y las manos se vuelven finos y sinuosos. El propio rey se hace retratar así, con rasgos que mezclan lo masculino y lo femenino. La lectura más aceptada hoy no es que fuera un retrato fiel, sino un programa teológico: si Atón era el origen de toda vida y el faraón su imagen en la tierra, había que representarlo como padre y madre a la vez.
Cambió también lo que se consideraba digno de ser representado. Junto a las escenas de guerra y de culto aparece algo sin precedentes en el arte egipcio: la vida doméstica de la familia real. Akenatón y Nefertiti besan a sus hijas, se las sientan en el regazo y juegan con ellas bajo los rayos del disco solar, que terminan en manos diminutas ofreciendo el signo de la vida. Y aparece también el duelo: en la tumba real de Amarna, los padres lloran ante el cuerpo de su hija Meketatón, muerta siendo niña. No hay nada parecido en tres mil años de arte egipcio.

El estilo tampoco se quedó dentro del palacio. Los talleres de Amarna trabajaban igualmente para los funcionarios de la corte, y en las tumbas de los nobles del yacimiento se ve el mismo lenguaje aplicado a gente que no era el rey. Cuando la corte volvió a Tebas regresó el canon antiguo, pero ya no del todo: el naturalismo de los rostros y la soltura de las escenas de la época de Tutankamón y de los primeros ramésidas vienen de allí.
¿Estaba enfermo Akenatón?

Durante décadas, la egiptología dio por hecho que aquellas imágenes retrataban a un enfermo. Las estatuas colosales de su templo de Karnak, hoy en el Museo Egipcio de El Cairo, y las piezas repartidas entre el Louvre, el Neues Museum de Berlín y el Museo Británico muestran caderas anchas, vientre abultado, cráneo alargado, labios gruesos, cuello estirado y mentón prominente. De ahí salieron diagnósticos a distancia para todos los gustos: síndrome de Marfan, síndrome de Fröhlich, algún trastorno hormonal, incluso la idea de que fuera hermafrodita.
El estudio genético dirigido por Zahi Hawass y publicado en 2010 dio un vuelco al asunto. El equipo identificó la momia de la tumba KV55 del Valle de los Reyes como hijo de Amenhotep III y padre de Tutankamón, es decir, como el propio Akenatón, y al examinarla no encontró ninguna de las patologías que se le atribuían: ni el cráneo deforme, ni el pecho femenino, ni los marcadores del síndrome de Marfan. Era un hombre de complexión corriente. La identificación se sigue discutiendo —hay quien sostiene que ese cuerpo murió demasiado joven para ser el suyo—, pero la conclusión sobre el arte se mantiene: las formas de Amarna fueron una decisión estética y religiosa, no un historial clínico.
¿Cómo se redescubrió a Akenatón?

Aquí está la gran ironía de esta historia: lo que devolvió a Akenatón a la memoria fue justamente el empeño en borrarlo. Al vaciar Ajetatón y no volver a ocuparla jamás, sus enemigos dejaron intacta bajo la arena la única gran ciudad egipcia que no fue reconstruida encima de sí misma una y otra vez durante siglos. Y al usar sus templos como cantera, conservaron los relieves mejor de lo que los habría conservado el aire libre.
El redescubrimiento llegó en tres tandas. En 1887, una campesina que removía tierra en el yacimiento dio con unas tablillas de barro escritas en acadio: eran las cartas de Amarna, el archivo diplomático del faraón, y se vendieron casi como escombro antes de que nadie entendiera qué eran. Entre 1891 y 1892, Flinders Petrie excavó allí por primera vez con método y sacó a la luz palacios y talleres. En 1912 apareció el busto de Nefertiti. En un cuarto de siglo, el faraón que Egipto había decidido olvidar se convirtió en el más reconocible después de Tutankamón.
Sin ese abandono, sin la destrucción de sus estatuas, sin la discusión interminable sobre su cuerpo y sin el parentesco con Tutankamón y Nefertiti, Akenatón habría sido un faraón más, deslucido al lado de Keops, Hatshepsut o Ramsés II.
En cambio, su ciudad excavada, los enigmas sin cerrar de su familia y el final abrupto de su reinado lo han convertido en el faraón sobre el que más se ha escrito y discutido en el último siglo.
El faraón hereje quiso que Egipto olvidara a sus dioses y acabó siendo él el olvidado. Tres mil trescientos años después, es el único cuyo nombre resucitó gracias precisamente a quienes lo habían picado de la piedra.
