Historia de los jeroglíficos egipcios y la Piedra Rosetta

Estela ptolemaica con un decreto grabado, superpuesta a un relieve de escarabajo entre dos cobras.

Los jeroglíficos egipcios son la escritura que Egipto usó durante más de tres mil años y que después nadie supo leer durante catorce siglos. La llave que volvió a abrirla fue la Piedra Rosetta: un bloque de granodiorita con el mismo decreto grabado tres veces, y un francés de treinta y un años dispuesto a pasarse media vida con él.

Los egipcios no los llamaban así. «Jeroglífico» es una palabra griega que significa «grabado sagrado»; ellos decían medu necher, «las palabras del dios». El nombre delata para qué servían: no eran una herramienta de oficina, sino la escritura de los templos, las tumbas y los monumentos, la que tenía que durar para siempre.

Los signos más antiguos fechados con seguridad salieron casi todos de una sola tumba, la U-j de Abidos, del período Naqada III y de hacia el 3300 a. C.: unos cinco mil trescientos años, que ponen a los jeroglíficos a la altura de la cuneiforme de Mesopotamia: son los dos sistemas de escritura más antiguos que se conocen, y cuál de los dos nació primero sigue sin estar claro. Aparecen sobre vasijas y sobre pequeñas etiquetas de hueso y marfil, y no dicen nada solemne: cantidades, nombres, procedencias. De la fase anterior, Naqada II, solo hay marcas sobre cerámica cuya condición de escritura sigue discutiéndose. Antes de servir para la eternidad, los jeroglíficos sirvieron para llevar la cuenta de lo que entraba en un almacén.

De su final sabemos bastante más que de su origen. La última inscripción jeroglífica fechada se grabó en el templo de File el 24 de agosto del año 394, y en torno al 537 el emperador Justiniano mandó cerrar ese mismo templo, el último rincón de Egipto donde seguía practicándose la religión antigua. Con él se cortó la única cadena de personas que aún sabía leer aquellos signos, y la escritura quedó muda.

¿Qué son los jeroglíficos egipcios y cómo funcionaban?

Vasija de cerámica del período Naqada II decorada en rojo con una barca de remos y varias aves.

Un jeroglífico del antiguo Egipto es un dibujo perfectamente reconocible: un búho, una boca, un pie, una cesta, una víbora cornuda. Se grababan en los muros de templos y tumbas, se tallaban en relieve sobre la piedra y se pintaban sobre papiro, y de ejecutarlos se encargaban dibujantes y escultores profesionales, no la persona que había redactado el texto.

Leer y escribir era cosa de los escribas, y eran poquísimos: las estimaciones habituales rondan el uno por ciento de la población. A cambio, el oficio abría todas las puertas de la administración y libraba del trabajo físico, y ellos lo sabían perfectamente. Un texto escolar famoso, la Sátira de los oficios, va repasando una por una las profesiones de Egipto —el herrero, el barbero, el alfarero, el pescador— para concluir que todas son miserables menos la del escriba. Su patrón era Thot, el dios con cabeza de ibis al que atribuían la invención de la escritura.

Y aquí está la trampa que despistó a Europa durante siglos: los signos son dibujos, pero la escritura no es un juego de imágenes. Funciona con tres tipos de señal mezclados en la misma línea. Los logogramas valen por la palabra que representan, igual que el dibujo de una casa significa «casa». Los fonogramas valen por un sonido, como las letras de nuestro alfabeto, y ahí lo que esté dibujado da igual. Y los determinativos no se pronuncian: se ponen al final de la palabra para avisar de qué se está hablando, porque sin ellos dos palabras distintas se escribirían exactamente igual.

Muro de piedra cubierto de jeroglíficos en relieve, con varios cartuchos ovalados entre los signos.

Tampoco escribían las vocales, igual que hoy no las escriben el árabe ni el hebreo. Los egipcios las pronunciaban, claro, pero no las anotaban, así que nadie sabe cómo sonaba realmente aquella lengua. Por eso los egiptólogos acordaron un apaño que sigue vigente: intercalar una «e» entre consonantes para poder leer los nombres en voz alta. Es una convención de trabajo del siglo XIX, no una reconstrucción de la pronunciación.

El repertorio clásico rondaba los 700 signos, aunque en época grecorromana los sacerdotes lo hincharon hasta varios miles, casi como una clave para iniciados. Para el día a día —cartas, contratos, contabilidad— nadie usaba jeroglíficos: existían el hierático y, desde el siglo VII a. C., el demótico, dos escrituras cursivas derivadas de los mismos signos y muchísimo más rápidas de trazar. Los jeroglíficos se reservaron para lo solemne.

Tabla con las letras del alfabeto copto y su transcripción fonética junto a cada signo.

La última etapa de la lengua egipcia se escribió ya con otro alfabeto, el copto: las veinticuatro letras griegas más seis o siete signos tomados del demótico para los sonidos que el griego no sabía representar. Ese detalle acabaría siendo decisivo. El copto dejó de hablarse en la calle hacia el siglo XVII, pero no llegó a morir: la Iglesia copta sigue celebrando su liturgia en esa lengua. Fue ahí, en los libros de rezo de una iglesia viva, donde un joven francés encontró la pista para leer una escritura muerta.

¿Qué es la Piedra Rosetta?

La Piedra Rosetta completa, con el texto grabado en jeroglíficos, demótico y griego en tres franjas.

El 15 de julio de 1799, unos soldados franceses de la campaña de Napoleón reforzaban un fuerte junto a la ciudad de Rashid —Rosetta para los europeos—, en el delta del Nilo. Al desmontar un muro apareció un bloque de piedra oscura cubierto de signos. El teniente Pierre-François Bouchard se fijó en que había tres escrituras distintas en la misma cara y entendió que aquello podía importar. Nadie estaba excavando: la pieza fundacional de la egiptología apareció haciendo obra.

Es un fragmento de estela de 1,12 metros de alto, 76 centímetros de ancho y unos 760 kilos. Durante casi dos siglos se describió como basalto negro, y no lo es: es granodiorita de un gris rosáceo. Se veía negra porque en el siglo XIX la cubrieron de cera de carnauba para protegerla, y esa capa no se retiró hasta la limpieza de 1999. Lleva el mismo texto tres veces: en jeroglíficos, en demótico y en griego. Dos lenguas y tres escrituras, porque las tres convivían en el Egipto de los Ptolomeos.

Conviene deshacer aquí un malentendido muy repetido: la piedra no se leyó sola. El griego se entendía sin problema, pero el demótico era casi tan desconocido como los propios jeroglíficos, así que aquello no era una traducción de ida y vuelta, sino un mismo texto del que solo se comprendía un tercio. Y ese tercio no venía alineado con los otros dos: no había manera de saber qué grupo de signos correspondía a qué palabra griega. Del hallazgo a la lectura pasaron veintitrés años.

La estela está expuesta en el Museo Británico, prácticamente sin interrupción, desde junio de 1802, y es la pieza más visitada del museo. Egipto lleva décadas reclamando su devolución.

Y se conserva menos de lo que parece. De la parte jeroglífica quedan catorce líneas, todas rotas por la derecha, y se calcula que faltan otras catorce o quince, además del remate superior de la estela con su escena y su disco alado. La ironía es que el texto que abrió la puerta de tres mil años de literatura egipcia es, leído por sí mismo, un documento administrativo bastante anodino.

¿Quién descifró los jeroglíficos y cómo lo consiguió?

El primero en avanzar de verdad fue el inglés Thomas Young, un médico y físico de curiosidad desmedida. Hacia 1814 identificó los cartuchos —esos óvalos que encierran ciertos grupos de signos— como nombres reales, dedujo que dentro de ellos los signos tenían que sonar en vez de dibujar y leyó correctamente el de Ptolomeo. Ahí se paró, porque siguió convencido de que el resto de la escritura era simbólica y de que lo fonético era una rareza reservada a los nombres extranjeros.

Quien no se paró fue Jean-François Champollion. Llevaba obsesionado con Egipto desde niño y, sobre todo, sabía copto: para él esa lengua litúrgica no era una curiosidad de iglesia, sino el egipcio antiguo hablando todavía. Comparó el cartucho de Ptolomeo de la Piedra Rosetta con el de una Cleopatra anterior a la famosa, copiado de un obelisco traído de File, y comprobó que los signos que ambos nombres comparten sonaban igual en los dos. El 14 de septiembre de 1822 irrumpió en el despacho de su hermano, dijo «¡lo tengo!» y se desplomó. Tardó días en volver en sí.

Trece días después leyó ante la Academia de Inscripciones de París la Carta a monsieur Dacier, con Thomas Young sentado entre el público. Su hallazgo no fue que los jeroglíficos fueran fonéticos, sino algo más incómodo y más cierto: que eran las dos cosas a la vez. Eso es justo lo que la erudición europea se había negado a aceptar durante siglos, empeñada en leer cada signo como un símbolo. La historia completa está en cómo se descifraron los jeroglíficos egipcios.

¿Qué dice el texto de la Piedra Rosetta?

Estela con las tres franjas de escritura de la Piedra Rosetta, montada sobre la columnata de un templo egipcio.

Los tres textos dicen lo mismo: un decreto que un sínodo de sacerdotes egipcios aprobó en Menfis en el año 196 a. C., un año después de la coronación de Ptolomeo V, para instaurar su culto en todos los templos del país. Empieza, como mandaba el género, por la lista de méritos del rey.

Según el decreto, Ptolomeo financió la construcción y la restauración de templos, condonó deudas atrasadas, rebajó o suprimió impuestos y excarceló a presos políticos. Conviene leerlo con la distancia que merece: lo redactaron sacerdotes que acababan de recuperar sus privilegios fiscales gracias a ese mismo rey, y el rey en cuestión aún no había cumplido los quince años.

Cabeza de mármol de un joven, de estilo helenístico, con el pelo corto y rizado.

El texto le atribuye además victorias militares, entre ellas el asedio de la ciudad rebelde de Licópolis, que cayó cuando le cortaron los canales de agua. A cambio de todo ello, los sacerdotes se comprometían a levantar en cada templo una capilla con una estatua del rey acompañada de diez coronas de oro y la inscripción «Ptolomeo, defensor de Egipto», y a rendirle culto tres veces al día.

El cumpleaños del rey y el aniversario de su coronación pasaban a ser fiestas anuales con sacrificios y banquetes, y los días 17 y último de cada mes quedaban igualmente consagrados a él. Puesto por escrito, el trato es transparente: el faraón devuelve a los templos su dinero y sus dioses, y los templos convierten al faraón en uno de ellos.

Moneda de oro ptolemaica: busto con corona radiada en el anverso y cornucopia con leyenda griega en el reverso.

Y termina con la instrucción que, sin saberlo, lo cambió todo: que el decreto se grabe en las tres escrituras y que se coloque una copia en cada templo importante del país, junto a la estatua del rey. Se han encontrado otras copias. Pero fue esta, la que unos soldados encontraron desmontando un muro, la que le devolvió la voz a tres mil años de historia escrita.