Las 12 tácticas militares romanas más importantes
Las tácticas militares romanas no fueron un invento único, sino un sistema que Roma afinó durante casi mil años: copiaba lo que funcionaba, lo modificaba y lo estandarizaba para que cualquier legión pudiera ejecutarlo igual. Esa capacidad de adaptación, más que ninguna arma concreta, explica su ventaja en el campo de batalla.
En esta lista hay formaciones, armas, obras de ingeniería y hasta un servicio sanitario, y no es una mezcla caprichosa: para un ejército romano, una calzada que permitía llegar antes que el enemigo o un puente montado en una noche eran decisiones tácticas tanto como un muro de escudos. Estas son las doce, contadas con lo que dicen de ellas las fuentes antiguas y lo que ha sacado la arqueología.
1. La triple línea, o triplex acies

La triplex acies no fue una falange griega adaptada, sino justo lo contrario: el sistema con el que Roma abandonó la falange. En lugar de un bloque único de lanceros, el ejército se dividía en manípulos —unidades pequeñas— desplegados en tres líneas y al tresbolillo, un damero que se conoce como quincunx, con huecos entre unidad y unidad.
El orden era por experiencia, de delante hacia atrás. Los velites, los reclutas más jóvenes y pobres, iban por delante de todo y hostigaban al enemigo con jabalinas antes de replegarse por los huecos. Detrás formaban los hastati, los menos veteranos de la infantería pesada; tras ellos los principes, en la plenitud de su carrera; y en último lugar los triarii, los más experimentados y los únicos que conservaban la lanza larga de la falange. De ahí el dicho latino res ad triarios rediit, «la cosa ha llegado a los triarii», para decir que la situación era desesperada.
Los huecos eran la clave. Permitían que una línea agotada se retirase y la siguiente ocupase su lugar sin romper el frente, algo imposible en una falange compacta, donde una brecha se propagaba hasta deshacer la formación entera. Livio sitúa ese cambio en las guerras contra los samnitas, cuando la falange se demostró inútil en terreno quebrado.
2. La medicina militar en campaña
Roma no inventó la medicina, pero fue el primer ejército que la organizó a escala. Cada campamento legionario permanente tenía un valetudinarium, un hospital con salas separadas del que se han excavado varios ejemplares en las fronteras del Rin y el Danubio. Dentro trabajaban los medici, y en el propio combate los capsarii: soldados con formación sanitaria que llevaban un estuche de vendas —la capsa que les da nombre— y sacaban a los heridos de la línea.
Que existiera además un cuerpo médico formal, con su escalafón, es algo que los especialistas discuten: lo que aparece documentado son individuos con el título de medicus repartidos por las unidades, no una jerarquía propia. Lo que sí está fuera de duda es el resto del sistema, que salvaba muchas más vidas que cualquier cirujano: elegir bien dónde plantar el campamento, traer agua limpia, cavar letrinas y garantizar la ración diaria. Y hay una parte que suele contarse justo al revés: los cirujanos militares sí hervían el instrumental antes de operar y lavaban las heridas con vino y vinagre. Lo que pasó es que esa costumbre se perdió con Roma, y Occidente no volvió a la antisepsia hasta el siglo XIX, con el ácido fénico de Lister en 1867 y la esterilización por vapor de Bergmann en 1886.
3. El corvus, el puente de abordaje

La Primera Guerra Púnica (264-241 a. C.) enfrentó a Roma con Cartago cuando los romanos apenas tenían experiencia naval y los cartagineses llevaban siglos dominando el Mediterráneo. La solución romana no fue aprender a maniobrar mejor, sino cambiar las reglas del combate: si no podían ganar una batalla naval, la convertirían en una batalla de infantería.
Para eso servía el corvus, «cuervo» en latín. Era una pasarela de abordaje montada sobre un poste giratorio en la proa, con un pesado pincho en el extremo que se clavaba en la cubierta enemiga al soltarla. Enganchados los dos barcos, los legionarios cruzaban y peleaban como en tierra firme. Quien lo describe es Polibio, que dedica un pasaje entero a explicar su mecanismo. Debutó en Mile, en el 260 a. C., y volvió a ser decisivo en Écnomo, en el 256 a. C., que por número de naves y de hombres se cuenta entre las mayores batallas navales de la Antigüedad.
Tenía un defecto grave: el peso en la proa desestabilizaba la nave con mal tiempo, y Roma perdió dos flotas enteras en tormentas. El corvus desaparece de las fuentes después del 255 a. C., y la victoria que cerró la guerra, en las islas Egadas en el 241 a. C., se ganó ya sin él: para entonces las tripulaciones romanas sabían navegar.
4. El fuego griego
El fuego griego es el más tardío de esta lista y conviene situarlo bien: no lo usaron las legiones de la República ni las del Alto Imperio, sino el Imperio romano de Oriente —el que solemos llamar bizantino— a partir de la década del 670. La tradición atribuye la fórmula a Calínico, un arquitecto refugiado procedente de Heliópolis, la actual Baalbek.
Era un líquido inflamable que se proyectaba a presión por un sifón de bronce desde la proa de los barcos. Su ventaja no era encenderse al tocar el agua, como se repite a veces, sino algo casi tan bueno: seguía ardiendo flotando sobre ella. Echarle agua de mar no servía de nada, y el fuego se extendía por la superficie hasta alcanzar otras naves.
Su composición se guardó como secreto de Estado y acabó perdiéndose, así que hoy no se sabe con certeza qué llevaba. Las propias fuentes bizantinas recomiendan combatirlo con arena, vinagre fuerte y orina vieja, que es lo más parecido a un extintor que tenía la época.
5. La cuña, o cuneus
La cuña —cuneus para los romanos, y caput porcinum, «cabeza de cerdo», en la jerga de tropa que recoge Vegecio— era una formación triangular que concentraba a los mejores hombres en la punta. La idea es reventar el frente enemigo por un solo lugar en vez de empujar a lo ancho de toda la línea.
Su origen no es romano: la bibliografía la sigue desde los escitas a los tracios, y de ahí a Filipo II de Macedonia y a Alejandro Magno, que la empleó con su caballería de compañeros. Arriano cuenta además que Alejandro se enfrentó a caballería persa desplegada en cuña y la derrotó, así que la formación estaba en los dos bandos. Los romanos la adoptaron después, y Frontino la registra funcionando en Pidna, en el 168 a. C.
Se lee a menudo que su gracia estaba en poder girar antes que un cuadro, pero ese razonamiento procede de la divulgación sobre la cuña moderna y no de las fuentes antiguas. Vegecio la justifica por otra cosa, la que ocurre en el punto de contacto: concentra en un solo lugar el empuje y los proyectiles de toda la formación, y por ahí abre la línea enemiga. El riesgo es el simétrico: si la punta cede, la formación se abre por su propio peso.
6. La tortuga, o testudo

El testudo —«tortuga»— consistía en cerrar filas y solapar los escudos: los de las primeras líneas al frente, los del interior por encima de la cabeza, hasta formar un techo continuo. Protegía de flechas, hondas y de todo lo que cayera desde arriba, y era difícil de sostener: obligaba a marchar acompasados y a paso corto, porque cualquier descuido abría un hueco en el techo.
Suele presentarse como una formación defensiva, pero la fuente antigua que mejor la describe la muestra atacando. Livio la cuenta en el asalto a Heracleo, en el 169 a. C.: los soldados llevaban el testudo contra la parte más baja de la muralla para arrimarse a ella a cubierto. En el mismo pasaje precisa que los de la primera fila no levantaban el escudo sobre la cabeza, sino que lo mantenían delante, como en combate.
Dion Casio, historiador de los siglos II y III, añade un uso que no suele contarse: el testudo también servía para cubrir a los animales de carga y a la caballería cuando había que atravesar una zona batida por el enemigo.
7. La carrobalista

La balista es griega —el mecanismo básico es del siglo IV a. C.—, pero Roma la convirtió en artillería de campaña. La carrobalista no era una máquina distinta de la manubalista: era la misma pieza montada sobre un carro tirado por mulas, lo que le permitía seguir a la legión en marcha y desplegarse donde hiciera falta, en vez de quedarse en el parque de asedio.
Funcionaba por torsión: dos brazos tensados por madejas de tendón o de crin que, al soltarse, lanzaban un virote de hierro con un alcance y una precisión que ningún arco igualaba. No la servían dos hombres, como se lee a veces, sino un contubernium entero: los ocho a once soldados que compartían tienda, repartidos entre apuntar, tensar, cargar y mover el carro.
Vegecio, en el segundo libro de su Epitoma rei militaris, da la cifra que se suele citar: cincuenta y cinco carrobalistas por legión.
8. El onagro

El onagro debe su nombre al asno salvaje, por la coz que pegaba la máquina al disparar: un solo brazo vertical, tensado por una madeja horizontal retorcida, que se soltaba y golpeaba contra un travesaño acolchado lanzando la piedra por el aire.
Amiano Marcelino, que escribió en el siglo IV y había servido en el ejército, precisa que scorpio era su nombre antiguo y que lo de onagro vino después. La diferencia de uso con la balista es la que importa: la balista disparaba virotes en trayectoria tensa contra hombres, y el onagro lanzaba piedras en parábola contra muros y tejados. Los romanos también cargaban proyectiles incendiarios para prender lo que hubiera al otro lado de la muralla.
9. El pilum
El pilum no estaba pensado para matar, sino para dejar al enemigo sin escudo. Cada legionario llevaba dos, uno más pesado y otro más ligero, y no los tiraba a la vez: primero el pesado, a mayor distancia, y el ligero ya casi encima del enemigo, a diez o quince metros, justo antes del choque.
Medían entre metro y medio y dos metros: un asta de madera y un vástago largo de hierro rematado en punta piramidal. Esa punta atravesaba el escudo y el vástago, fino y largo, quedaba clavado de tal modo que era imposible arrancarlo en pleno combate. El escudo se convertía en un estorbo y había que soltarlo, y una formación que se abría para deshacerse de los pila perdía la cohesión justo cuando más falta le hacía. El plural correcto en español es ese, pila, no «pilums».
En Renieblas, en Soria, donde estuvieron los campamentos del cerco de Numancia, se han recuperado ejemplares que confirman la descripción. El pilum era, en todo caso, una pieza suelta de un equipo mucho mayor: si miras con qué luchaban los legionarios romanos, ahí están también la espada corta, el escudo y una cantidad notable de herramienta de zapador.
10. La plumbata

La plumbata —de plumbum, «plomo»— era un dardo arrojadizo con un lastre de plomo justo detrás de la punta de hierro y un empenaje de plumas en el astil. El plomo le daba masa en el sitio exacto para que volara lejos y llegara con fuerza pese a medir muy poco: los ejemplares recuperados van de unos diez a menos de treinta centímetros.
Lo mejor es cómo se llevaban. Vegecio cuenta que los soldados portaban cinco encajadas en la cara interior del escudo, de manera que el escudo hacía de carcaj y el legionario podía soltar una andanada antes del contacto sin cargar con nada más. Él las llama martiobarbuli, y añade que dos legiones de Iliria destacaron tanto con ellas que se quedaron con el sobrenombre.
Se lee a veces que no hay evidencia arqueológica de la plumbata. La hay, y abundante: está documentada en más de un centenar de yacimientos, desde Wroxeter, en Britania, hasta las provincias del Danubio. Y el Strategikon atribuido al emperador Mauricio, ya en el siglo VI, la sigue recogiendo con el nombre de martzobarboulon: seguía en servicio dos siglos después de que Vegecio la describiera, lo que la convierte en una de las armas de infantería más longevas de la antigua Roma.
11. El puente de pontones
Cruzar un río sin puente podía detener a un ejército durante días, y a veces era lo único que necesitaba el enemigo. El puente de pontones —una pasarela tendida sobre barcas ancladas— no lo inventó Roma: Jerjes cruzó el Helesponto sobre uno en el 480 a. C. y en China se usaban desde siglos antes.
Lo romano fue convertirlo en rutina. Las legiones llevaban en el tren de bagajes el material para montarlo y los especialistas para hacerlo, de modo que un río dejaba de ser una frontera y pasaba a ser un trámite. En la Columna Trajana, que narra la primera guerra dácica, del año 101, se ven los pontones tendidos sobre el Danubio con las tropas cruzando en formación. Junto a los inventos romanos de cosecha propia, esta es una de las técnicas que Roma tomó prestadas y acabó manejando mejor que nadie.
El caso más extravagante no fue militar. En el año 39, Calígula mandó tender un puente de barcas de más de tres kilómetros sobre la bahía de Bayas, en el golfo de Nápoles, y lo cruzó a caballo y con coraza. Suetonio lo cuenta como un capricho de emperador; Dion Casio, como una demostración de poder dirigida a los embajadores extranjeros que estaban de visita.
12. Las calzadas militares
La red viaria romana es mucho más antigua de lo que suele decirse. La Vía Apia, la primera gran calzada, se trazó en el 312 a. C., en plenas guerras samnitas, y su razón de ser era militar antes que comercial. Mover legiones deprisa y en cualquier estación del año era la ventaja; el comercio vino después, como efecto secundario.
En su apogeo la red sumaba unas 29 vías principales que salían de Roma y en torno a 372 calzadas enlazadas, repartidas por 113 provincias y uniendo las ciudades más importantes del imperio. Estaban construidas por capas —una base de piedra, grava compactada y un pavimento de losas— y con drenaje a los lados, para que la lluvia no las convirtiera en barro.
El efecto sobre la marcha se puede medir. Vegecio fija el paso reglamentario en veinte millas romanas, unos treinta kilómetros, en cinco horas de verano, y veinticuatro millas, unos treinta y cinco, al paso rápido. No parece espectacular hasta que se compara con moverse a campo través: significaba que las legiones romanas podían plantarse en una frontera en semanas en lugar de meses, y que las órdenes y las noticias viajaban a esa misma velocidad, de posta en posta, por el mismo camino.
