Cuáles fueron los 12 peores emperadores de Roma
Los peores emperadores romanos no son siempre los más sanguinarios de las anécdotas, sino los que dejaron el imperio peor de como lo encontraron. Roma tuvo emperadores durante casi quince siglos, desde que el Senado concedió a Octavio el título de Augusto en el 27 a. C. hasta la caída de Constantinopla en 1453, y en ese tiempo hubo de todo. Estos doce aparecen en casi cualquier recuento de los peores que ha dado el Imperio romano.
Esta lista no es un ranking. No van ordenados de peor a mejor, entre otras cosas porque no hay ningún acuerdo sobre quién ocuparía el primer puesto: unos recuentos abren con Nerón, otros con Cómodo y otros con Calígula.
Y hay algo que cambia la manera de leer todo lo que viene después: buena parte de lo que se cuenta de estos hombres lo escribieron sus enemigos. Al final del artículo hay un apartado sobre qué se puede creer y qué no de las fuentes antiguas, y merece la pena tenerlo presente desde el primer nombre.
1) Cómodo (177-192)

Cómodo nació el 31 de agosto del 161 en Lanuvio, cerca de Roma, y fue el primer emperador en casi un siglo que heredó el trono de su propio padre en lugar de llegar por adopción. Marco Aurelio lo hizo coemperador en el 177 y desde el 180 gobernó solo. Prefería cazar y pelear en la arena a despachar asuntos, y dejó el gobierno en manos de una sucesión de favoritos que fueron cayendo uno tras otro.
Lo de Hércules no es una exageración de sus enemigos: está documentado en monedas y en estatuas. Se hizo representar con la piel de león y la maza del héroe, ordenó que los meses del año llevaran sus propios nombres y rebautizó Roma como Colonia Commodiana. Bajó además la ley de plata del denario, que pasó de unos 3,85 gramos con un 79 % de plata a unos 3,35 con un 74 %: cerca de una quinta parte menos de plata fina en cada moneda. Lo mataron la noche del 31 de diciembre del 192: como el veneno no hizo efecto, su propio compañero de entrenamiento, un luchador llamado Narciso, lo estranguló en la bañera.
2) Nerón (54-68)

Nerón nació en Ancio el 15 de diciembre del 37 con el nombre de Lucio Domicio Enobarbo y llegó al trono con dieciséis años, en el 54, gracias a las maniobras de su madre, Agripina. Cinco años después la mandó matar. Por orden suya murieron también su hermanastro Británico y su primera esposa, Octavia.
La acusación más famosa que se le hace es también la peor sostenida. Cuando empezó el gran incendio de Roma, en el 64, Nerón no estaba en la ciudad sino en Ancio; al llegar organizó el socorro y abrió sus propios jardines a los que se habían quedado sin casa, y lo de que tocara la lira mientras Roma ardía lo recoge Tácito como rumor, no como hecho. Lo que sí hizo fue culpar del incendio a los cristianos y ejecutarlos en masa, y aprovechar el terreno arrasado para levantarse la Domus Aurea, un palacio enorme en pleno centro de la ciudad.
Su gestión del dinero fue ruinosa: devaluó el denario por primera vez desde Augusto, subió los impuestos y confiscó fortunas para pagar la reconstrucción. Ninguna provincia se perdió durante su reinado —Britania estuvo cerca con la revuelta de Boudica, pero se sofocó—; lo que se perdió fue el apoyo del ejército. Cuando las legiones de Hispania y la Galia se levantaron y el Senado lo declaró enemigo público, se suicidó con ayuda de un secretario, en el 68.
3) Calígula (37-41)

Calígula no tenía nada de germano: nació en Ancio, en Italia, el 31 de agosto del año 12, y se llamaba Cayo Julio César Augusto Germánico, como su padre y en la línea de Julio César. El apodo se lo pusieron los soldados cuando era niño y andaba por los campamentos del Rin vestido de legionario en miniatura: las caligae son las botas del soldado romano, así que Calígula significa «botitas». Nunca le gustó que lo llamaran así.
Fue el tercer emperador y empezó bien: amnistió a los desterrados por Tiberio, quemó los expedientes de los procesos por traición y repartió donativos. A los seis meses cayó gravemente enfermo, y lo que vino después es lo que le ha dado la fama. Ejecutó o forzó al suicidio a buena parte de su familia, humilló al Senado sin disimulo y vació en menos de dos años el tesoro que Tiberio había dejado lleno. Lo mató su propia guardia pretoriana el 24 de enero del 41. Al frente iba el tribuno Casio Querea, al que Calígula llevaba meses humillando en público por su voz aguda, dándole como santo y seña palabras como «Venus» o «Príapo»; esa burla es el motivo que las fuentes ponen detrás del magnicidio.
4) Maximino el Tracio (235-238)

Maximino fue el primer emperador que no salía ni del Senado ni del orden ecuestre, sino de la tropa: un oficial de origen humilde al que las legiones del Rin proclamaron en el 235 después de asesinar a Alejandro Severo. En los tres años que reinó no pisó Roma ni una vez.
Su problema fue el dinero. Duplicó la paga de los soldados y, para sostenerla, confiscó los fondos de las ciudades, se incautó de los tesoros de los templos y recortó los repartos de grano, que era lo que mantenía tranquila a la plebe de Roma. Herodiano, que escribía en aquellos mismos años, describe el expolio con detalle. Al otro lado del Rin, en cambio, sí ganó: sus campañas contra los germanos arrasaron aldeas enteras y le valieron el título de Germánico Máximo. El malestar acabó estallando en el 238, el año de los seis emperadores, y sus propias tropas lo mataron a él y a su hijo durante el asedio de Aquilea.
5) Diocleciano (284-305)

Diocleciano es uno de los dos nombres discutibles de esta lista, y merece decirse por qué está: aparece en los recuentos de peores emperadores por una sola cosa, la Gran Persecución. Por lo demás, es el hombre que sacó al imperio de la crisis del siglo III. Nació hacia el 244 en Dalmacia con el nombre de Diocles, hijo de libertos, y llegó al trono desde el ejército en el 284.
Reorganizó el imperio de arriba abajo: lo repartió entre cuatro gobernantes con la tetrarquía, multiplicó el número de provincias, separó el mando militar del civil y montó una administración que permitió a Roma aguantar siglo y medio más. Su Edicto de Precios Máximos del 301, en cambio, fue un fracaso completo: fijaba por decreto el precio de más de mil productos con pena de muerte para quien lo incumpliera, y lo único que consiguió fue que las mercancías desaparecieran del mercado. Acabó sin aplicarse.
La Gran Persecución arrancó en el 303 y fue la más dura que sufrieron los cristianos: se ordenó demoler las iglesias, entregar y quemar las escrituras, y los clérigos fueron encarcelados y obligados a sacrificar. Y hay algo que ninguno de los otros once puede igualar: el 1 de mayo del 305 Diocleciano abdicó por su propia voluntad, se retiró a su palacio de la costa dálmata —hoy el casco viejo de Split— y, cuando le pidieron que volviera, contestó, según la anécdota, que si vieran las coles que había plantado con sus manos no se lo pedirían.
6) Honorio (393-423)

Honorio tenía ocho años cuando lo proclamaron augusto, en enero del 393, y nunca dejó de comportarse como si el imperio fuera cosa de otro. Gobernó Occidente desde Milán y, a partir del 402, desde Rávena, protegido por las marismas, mientras el territorio se le deshacía en las manos.
En el 408 hizo decapitar en Rávena, el 22 de agosto, a Flavio Estilicón, el general que llevaba una década sosteniendo la frontera: su ministro Olimpio lo había convencido de que conspiraba contra él. Después dejó que se masacrara a las familias de los soldados godos al servicio de Roma, y unos treinta mil de esos soldados se pasaron a Alarico.
El resultado llegó dos años más tarde. El 24 de agosto del 410, Alarico y los visigodos entraron en Roma y la saquearon durante tres días. Era la primera vez en ocho siglos que un ejército extranjero tomaba la ciudad, y el golpe moral fue tal que san Agustín escribió La ciudad de Dios para responder a quienes culpaban del desastre al abandono de los dioses antiguos. Es uno de los episodios que suelen contarse al hablar de la caída del Imperio romano. De Honorio se cuenta además que, al oír que Roma había perecido, creyó que le hablaban de una gallina suya que se llamaba así y se tranquilizó al saber que era solo la ciudad; la anécdota la recoge Procopio siglo y medio después y probablemente sea falsa, pero dice bastante de la fama que dejó.
7) Heliogábalo (218-222)

Heliogábalo llegó al trono con catorce años, en el 218, empujado por su abuela Julia Mesa, que lo hizo pasar por hijo ilegítimo de Caracalla para justificar el golpe. Se llamaba Vario Avito Basiano y era sacerdote hereditario de El-Gabal, el dios solar de Emesa, en Siria: de ahí el nombre por el que se le conoce.
Lo que hizo fue chocar de frente con la religión romana. Trasladó a Roma la piedra negra de Emesa, le levantó un templo propio en el Palatino y colocó a su dios por encima de Júpiter en el culto oficial del Estado. Eso, y no las anécdotas escandalosas, es lo que le costó el trono: su abuela cambió de caballo y apoyó a su primo Alejandro Severo, y en marzo del 222 la guardia pretoriana los mató a él y a su madre, arrastró los cuerpos por las calles y los arrojó al Tíber.
De las historias que lo hicieron famoso —los sacrificios de niños, los banquetes delirantes— hay que desconfiar. Vienen de Dion Casio, que era senador y le tenía inquina, y de la Historia Augusta, cuyo autor llega a admitir en un pasaje que se está inventando cosas para desacreditarlo. Es, de los doce, el emperador cuya reputación escribieron más claramente sus enemigos.
8) Domiciano (81-96)

Domiciano nació el 24 de octubre del 51 y llegó al trono el 14 de septiembre del 81, a la muerte de su hermano Tito. Fue el último de la dinastía Flavia y gobernó quince años, más que su padre y su hermano juntos.
Su reinado admite dos lecturas. Administró bien: saneó las finanzas, subió la paga de las legiones por primera vez en un siglo, reconstruyó la Roma que había ardido y mantuvo firme la frontera del Rin. Pero gobernó sin disimular que el Senado le sobraba: asumió la censura de por vida, exigió que se le tratara como dominus et deus, «señor y dios», equiparándose a Júpiter, el primero de los dioses romanos, y en sus últimos años ejecutó a varios senadores acusados de conspirar. Por eso Tácito y Plinio, que escribían para el Senado, lo dejaron por los suelos.
Dos de las acusaciones más repetidas contra él no se sostienen. Que envenenara a su hermano Tito es un rumor que recogen las fuentes hostiles sin aportar nada. Y la persecución de cristianos bajo su gobierno se apoya casi solo en Eusebio, que escribió dos siglos después; hoy se duda de que hubiera una persecución sistemática. Lo que sí está fuera de duda es cómo acabó: lo apuñalaron en su propio dormitorio el 18 de septiembre del 96, en una conspiración de palacio en la que estaba metido su mayordomo, y el Senado decretó su damnatio memoriae y borró su nombre de las inscripciones.
9) Septimio Severo (193-211)

Septimio Severo es, con Diocleciano, el otro nombre discutible de la lista, y por razones distintas. Nació en Leptis Magna, en la actual Libia, el 11 de abril del 145, fue el primer emperador de origen africano y reinó dieciocho años. No perdió el poder: murió en York, en el 211, después de una campaña en Britania, y dejó una dinastía montada detrás.
Está aquí por una tradición que arranca de Gibbon, que en el siglo XVIII lo señaló como el principal responsable de la decadencia del imperio. El argumento tiene fundamento. Severo apoyó su poder solo en el ejército: subió la paga de los soldados, les permitió casarse, abrió el orden ecuestre a los militares y fue vaciando de contenido al Senado. El consejo que la tradición pone en su lecho de muerte —enriqueced a los soldados y despreciad todo lo demás— resume una política que en las décadas siguientes desembocó en la anarquía militar.
Llegó al trono en el 193, el año de los cinco emperadores, después de que la guardia pretoriana subastara el imperio al mejor postor. No mató él a Didio Juliano, que fue quien ganó la subasta: lo condenó a muerte el Senado cuando Severo se acercaba a Roma. Lo que sí hizo fue eliminar a sus dos rivales, Pescenio Níger en Oriente y Clodio Albino en la Galia, y después ejecutar a decenas de senadores que habían apoyado a Albino. También devaluó el denario hasta dejarlo en poco más de la mitad de plata.
10) Caracalla (198-217)

Caracalla nació en Lugdunum, la actual Lyon, el 4 de abril del 188. Su nombre era Lucio Septimio Basiano, y el apodo viene de la caracalla, una capa con capucha de origen galo que puso de moda. Su padre lo hizo augusto con nueve años, en el 198, y cuando Severo murió, en el 211, quedó gobernando junto a su hermano Geta.
La corregencia duró diez meses. En diciembre del 211 Caracalla hizo matar a Geta en los brazos de su madre y ordenó a continuación una purga de sus partidarios que las fuentes cifran en miles de muertos. Borró su nombre y su rostro de las inscripciones y los retratos de todo el imperio y prohibió pronunciarlo. Cuando los alejandrinos hicieron sátiras sobre el fratricidio, en el 215, mandó a las tropas contra la ciudad. Le obsesionaba además compararse con Alejandro Magno, hasta el punto de imitar su forma de vestir y de inclinar la cabeza.
De su reinado queda una medida que cambió el imperio: la Constitutio Antoniniana del 212, que concedió la ciudadanía romana a casi todos los habitantes libres. Suena magnánimo, y Dion Casio apunta un motivo bastante menos noble: los ciudadanos pagaban impuestos de sucesiones y de manumisión que los no ciudadanos no pagaban. Murió en el 217 cerca de Carras, apuñalado por un soldado llamado Julio Marcial mientras se apartaba del camino para orinar.
11) Tiberio (14-37)

Tiberio nació el 16 de noviembre del 42 a. C. y reinó veintidós años, del 17 de septiembre del 14 al 16 de marzo del 37. Fue el segundo emperador y llegó al puesto sin quererlo: Augusto lo adoptó como última opción, después de que se le fueran muriendo todos los herederos que prefería.
Empezó con prudencia y acabó encerrado. Administró bien y dejó el tesoro lleno, pero durante su reinado se multiplicaron los procesos por lesa majestad, que acabaron siendo un instrumento para eliminar rivales y quedarse con sus bienes; los primeros de los que hay constancia son los de Falanio y Rubrio, en el año 15. Su rival directo, Agripa Póstumo, ni siquiera llegó a juicio: lo mató un centurión en la isla de Planasia nada más morir Augusto, y las fuentes no se ponen de acuerdo sobre quién dio la orden. En el 26 se retiró a Capri y no volvió a pisar Roma: gobernó por carta durante once años mientras el prefecto del pretorio Sejano acumulaba poder en la capital, hasta que Tiberio ordenó su caída en el 31.
Las historias de abusos sexuales en Capri que lo han hecho famoso vienen de Suetonio, que escribió ochenta años después y no cita ninguna fuente; tampoco hay nada que las corrobore, ni las pinturas romanas obscenas con las que, según él, llenó sus villas. Y hay un detalle que va justo en dirección contraria a su fama: Tiberio rechazó los honores divinos una y otra vez, prohibió que se le levantaran templos y no permitió que dieran su nombre a un mes del año, cosas que sus antecesores y sucesores aceptaron sin pestañear. Merece la pena preguntarse hasta qué punto fue cruel de verdad.
12) Focas (602-610)
Focas era un centurión del ejército del Danubio y llegó al trono por un motín. En el 602, el emperador Mauricio ordenó a sus tropas invernar al otro lado del río, en territorio enemigo, para ahorrarse el coste de traerlas de vuelta. Las tropas se amotinaron, marcharon sobre Constantinopla y lo proclamaron emperador a él, que años antes había encabezado una embajada de protesta ante el propio Mauricio.
Lo primero que hizo fue ejecutar a Mauricio, obligándolo a ver antes cómo mataban a sus cinco hijos. Ese asesinato le dio a Cosroes II de Persia, que debía su trono a Mauricio, el pretexto para invadir. La guerra que empezó entonces no fue una guerra civil, sino la más larga entre los dos imperios: duró veintiséis años y los dejó exhaustos a los dos. Bajo Focas los persas cruzaron el Éufrates y se hicieron con las plazas de Mesopotamia, mientras ávaros y eslavos se quedaban con los Balcanes.
Gobernó a base de purgas y colocó a sus parientes al frente del ejército. En el 610, Heraclio, hijo del exarca de Cartago, se presentó ante Constantinopla con una flota; la ciudad se le abrió, y Focas fue llevado ante él, humillado y decapitado el 5 de octubre, y su cuerpo quemado en el foro. Su pésima fama, eso sí, la escribieron los cronistas de Heraclio, que necesitaban justificar cómo había llegado su señor al trono.
¿Qué se puede creer de lo que se cuenta de estos emperadores?
Casi todo lo que sabemos de los emperadores romanos lo escribió gente con motivos para odiarlos. Tácito y Plinio escribían desde el Senado, que es la institución a la que los emperadores fueron quitando poder, y publicaron bajo el emperador siguiente, al que le venía bien que se hablase mal del anterior. Suetonio llegó más tarde y desde otro sitio, los archivos de palacio, y su método fue distinto: coleccionaba rumores. Los presenta como rumores, pero la posteridad los ha leído como hechos.
El caso extremo es la Historia Augusta, una colección de biografías imperiales que dice estar escrita por seis autores distintos en tiempos de Diocleciano y Constantino. Hoy se acepta que la escribió una sola persona casi un siglo después de lo que pretende, y que buena parte de su contenido —documentos, cartas, nombres de fuentes— está inventado. De ahí sale buena parte de lo más escandaloso que se lee sobre los emperadores de los siglos II y III, y es la razón de que convenga desconfiar de la etiqueta con la que se ha despachado a los emperadores romanos «locos».
Nada de esto convierte a estos doce en buenos gobernantes. La devaluación de la moneda, las ejecuciones de senadores, el saqueo de Roma o la pérdida de provincias son hechos que dejan rastro en las monedas, en las inscripciones y en la arqueología, y no dependen de que un historiador antiguo les tuviera manía. Lo que hay que hacer es separar lo que se puede comprobar de lo que solo se puede repetir.
