Meritseger: la asombrosa diosa cobra egipcia
Meritseger era la diosa cobra que guardaba las tumbas reales de la necrópolis tebana, y su nombre significa «la que ama el silencio». Protectora feroz, castigaba con la ceguera a los ladrones de tumbas, pero devolvía la vista a quien se arrepentía: una de las pocas divinidades egipcias que negociaba con sus fieles.
Su morada era El Qurn, la montaña desértica con forma de pirámide que domina el Valle de los Reyes y el Valle de las Reinas, en la orilla occidental de Tebas: un cerro plagado de serpientes que los egipcios tenían por una de las puertas del inframundo. El epíteto le venía como anillo al dedo a una diosa que habitaba un lugar apartado y velaba por los muertos. Las colinas tebanas eran un enterramiento ideal para la realeza —aisladas y a un paso del más allá—, pero en aquellos valles ardientes proliferaban las serpientes y los escorpiones, una amenaza real para los obreros que construían y decoraban las tumbas. Como no había cura para sus picaduras que no pasara por la magia y la intervención divina, el culto a Meritseger se extendió deprisa entre quienes trabajaban allí.
¿Por qué los egipcios pedían protección a Meritseger?

A Meritseger se la llamó la Cima de Occidente por su vínculo con el cerro que hoy se conoce como El Qurn, «el Cuerno», en la orilla occidental de Luxor, en el Alto Egipto. Esa cumbre natural de las colinas tebanas domina el Valle de los Reyes y, vista desde la entrada del valle, dibuja una pirámide casi perfecta: de ahí que se creyera que era una de las puertas del Duat, el inframundo egipcio. En el Duat estaba el Campo de Juncos, el paraíso egipcio, pero también vivían las serpientes del caos. La necesidad de protegerse de ellas explica casi con seguridad que Meritseger acabara asociada a esos animales.
Se la representaba casi siempre como una cobra enroscada o como una mujer con cabeza de serpiente, y a veces como un escorpión con cabeza de mujer. Serpiente y escorpión eran de los pocos animales capaces de vivir en aquel desierto, así que servían bien de emblema. Los artistas y artesanos del poblado obrero de Deir el-Medina le dedicaban una estela votiva y, hecho eso, se consideraban lo bastante seguros para seguir trabajando dentro de las tumbas reales. Para los egipcios la serpiente no era solo caos y peligro: también protegía, y ambas caras se le atribuyeron a la diosa.
Las estelas votivas de Deir el-Medina

A Meritseger la veneraban sobre todo los obreros de la región tebana, y por eso su culto está bien documentado durante el Imperio Nuevo y apenas deja rastro una vez que la necrópolis dejó de usarse para enterrar reyes. Es uno de los mejores ejemplos que se conservan de religión popular egipcia: no la de los grandes templos del Estado, sino la de la gente corriente. Como diosa local, su culto se repartía entre pequeños santuarios rupestres —uno de ellos en el camino que sube al Valle de las Reinas— y estelas en las que los obreros tallaban plegarias y peticiones de perdón por faltas de todo tipo. Muchas de esas piezas, casi siempre pequeñas, muestran a sus fieles de rodillas ante la diosa en alguna de sus formas, dándole las gracias por su ayuda.

Las cuatro cobras talladas en lo alto de esta estela de piedra caliza de Amennakht, y la diosa de la derecha, coronada con el disco solar y los cuernos, representan la Gran Cima de Occidente. Amennakht aparece arrodillado en actitud de alabanza dentro de un rectángulo que representa una capilla, y de él bajan a derecha e izquierda dos líneas inclinadas: son, con toda probabilidad, las dos laderas del santuario rupestre de Ptah y Meritseger que hay en Deir el-Medina.
La estela de Turín de Nekhtamun, hijo de Didi, muestra la cima de una forma bastante insólita. Gaston Maspero, el célebre egiptólogo francés, la describió así: «las dos laderas de una colina, representadas según las convenciones habituales del dibujo egipcio, que descienden a derecha e izquierda y encierran cerca de la cumbre una especie de paralelogramo en el que cuatro serpientes enroscadas destacan en relieve formando una cornisa». Nekhtamun glorifica así a la diosa:
Cima de Occidente,
que tiende su mano a quien ama
y protege a quien la guarda en su corazón.
A juzgar por los restos arqueológicos, para los habitantes de la necrópolis tebana esta diosa local pesaba tanto como algunas de las grandes diosas del panteón, quizá tanto como Osiris. Castigaba sin contemplaciones —cegaba a los asaltantes de tumbas o los envenenaba con mordeduras de serpiente y picaduras de escorpión—, pero era misericordiosa con quien expiaba su falta, y llegaba a curar heridas graves si se convencía de que el arrepentimiento era sincero.
La estela de Neferabu, el dibujante al que la diosa dejó ciego

El ejemplo mejor conservado de este tipo es la estela de Neferabu, una placa votiva que se conserva en el Museo Egipcio de Turín. Cuenta que Meritseger vio cometer una falta al dibujante Neferabu y lo dejó ciego; cuando él le pidió perdón, la diosa le devolvió la vista. Neferabu levantó entonces esta estela para honrarla y, de paso, avisar a los demás de lo que era capaz:
Dando alabanza a la Cima de Occidente,
besando el suelo ante su ka.
Doy alabanza; escucha (mi) llamada,
¡yo fui un hombre veraz sobre la tierra!
Hecho por el servidor del Lugar de la Verdad, Neferabu, justo de voz.
(Yo era) un hombre ignorante y un tonto,
Que no distinguió el bien del mal.
Cometí una falta contra la Cima,
Y ella me dio una lección.
Estaba en su mano de noche, como de día,
Me senté sobre los ladrillos como una parturienta,
Llamé al viento, no vino a mí,
Derramé libaciones a la Cima de Occidente, la gran potencia,
Y a cada dios y diosa.
Aquí les contaré a los grandes y a los pequeños,
los que forman la cuadrilla:
¡Cuidado con la Cima!
¡Porque dentro de ella vive un león!
La Cima golpea con el zarpazo de un león salvaje,
¡Va tras el que la insulta!
Llamé a mi señora
La encontré acercándose a mí como una dulce brisa;
ella fue misericordiosa conmigo
Haciéndome ver su mano.
Ella volvió a mí en paz.
Ella hizo olvidar mi enfermedad;
porque la Cima de Occidente se apacigua
Si alguien la llama.
Así habla Neferabu, justo de voz.
Él dice:
He aquí, todo oído oiga,
Lo que vive en la tierra:
¡Cuidado con la Cima de Occidente!
Estas plegarias son características del periodo ramésida, aunque la costumbre se remonta al menos al Imperio Medio. Muy al estilo egipcio, Neferabu no se recrea en su falta, así que en la estela nunca llega a decirse en qué consistió exactamente. En cambio, el texto se centró en alabar a la diosa por su voluntad misericordiosa de curar su enfermedad.
Otras estelas penitenciales de Deir el-Medina

Esta estela de piedra caliza se la dedicó a Meritseger el escriba del Lugar de la Verdad Amennakht, y lo representa arrodillado ante la figura sentada de la Cima de Occidente. No se sabe si es el mismo Amennakht de la estela anterior, porque el nombre era muy corriente en Deir el-Medina. Su himno es también penitencial, pero, a diferencia del de Neferabu, se queda en la petición de perdón y no cuenta que la diosa devolviera la vista a nadie:
Alabanzas a tu espíritu, Meritseger, Señora de Occidente,
de parte del escriba del Lugar de la Verdad, Amennakht, justo de voz,
que dice: «Gloria a ti en paz, oh Señora de Occidente,
Señora que se vuelve hacia la misericordia.
Me hiciste ver la oscuridad en pleno día.
Anunciaré tu poder a toda la gente.
¡Ten piedad de mí en tu misericordia!»
Otra estela, hoy en el Museo Británico, la dedicó el escriba de la necrópolis Nekhtamun, y lo llamativo es que repite el himno anterior casi palabra por palabra: la misma «Señora que se vuelve hacia la misericordia», el mismo «me hiciste ver la oscuridad en pleno día» y la misma promesa de anunciar su poder a todo el pueblo. Esa coincidencia dice bastante de cómo funcionaba el culto: no eran improvisaciones personales, sino una fórmula fija que la comunidad de Deir el-Medina se sabía de memoria y reutilizaba cambiando el nombre del oferente.
Lo que se lee en todas estas estelas es siempre lo mismo: una falta reconocida sin rodeos y una confianza absoluta en que la diosa perdonará. Tener a Meritseger de su parte daba a quienes vivían y trabajaban en Tebas algo con lo que plantar cara a unos animales contra los que, en la práctica, estaban indefensos; sus plegarias les devolvían la sensación de tener algún control sobre ellos.
Los remedios contra las mordeduras de serpiente apenas aliviaban, así que la magia y las plegarias a Meritseger funcionaban como una red de seguridad psicológica dentro de la medicina egipcia. Las serpientes eran una amenaza constante y sus ataques tenían efectos tan siniestros que los egipcios las veían como agentes de una fuerza sobrenatural y caótica: sin ayuda divina, sus mordeduras se daban por prácticamente incurables.
¿Por qué desapareció el culto a Meritseger?

El vínculo con el Valle de los Reyes la convirtió en una diosa local poderosa, pero fuera de Tebas nunca llegó a la altura de las divinidades que se veneraban en todo Egipto. Su culto dependía, por tanto, de sus fieles tebanos. Bajo los últimos Ramésidas, el poder y el prestigio de Tebas empezaron a decaer por el hundimiento económico del Estado. El Papiro Abbott, de la XX Dinastía, recoge las denuncias presentadas al visir Khaemweset por el saqueo de varias tumbas, reales y no reales, y la inspección oficial que ordenó a raíz de ellas. Otros papiros documentan más robos durante los reinados de Ramsés IX y Ramsés XI: la propia comunidad encargada de excavar las tumbas acabó desvalijándolas cuando dejaron de llegarle los suministros. Y ahí estaba el problema de Meritseger: su culto vivía de la necrópolis y de los obreros que la construían. Cuando Tebas dejó de ser capital, hacia la XXI Dinastía, el Valle de los Reyes dejó de usarse, Deir el-Medina se despobló y el culto a la diosa de la Cima se apagó con ellos.
