Los 10 mejores emperadores buenos de la antigua Roma
Los mejores emperadores romanos fueron los que dieron al imperio paz, leyes y grandes obras públicas durante reinados largos, como Augusto, Trajano, Adriano o Marco Aurelio. El emperador no era exactamente un rey: su poder dependía del control del ejército y del reconocimiento del Senado, y muchas veces eran las propias tropas quienes lo proclamaban.
El Imperio nació en el 27 a. C., después de las guerras civiles que siguieron al asesinato de Julio César y que acabaron con la República que Roma había mantenido durante casi cinco siglos. En Occidente duró hasta el 476, y en Oriente, con capital en Constantinopla, hasta 1453.
Esta lista de diez gobernantes de la antigua Roma va del décimo al primero, y las fechas de cada apartado son las de su reinado. Al final se explica quiénes fueron los famosos «cinco buenos emperadores» y por qué algunos nombres de la lista siguen siendo discutibles.
10. Justiniano (527-565)

Justiniano I gobernó el Imperio romano de Oriente, el que hoy llamamos bizantino, desde el 527 hasta su muerte, el 14 de noviembre de 565, medio siglo después de la caída de Occidente. Se propuso recuperar las provincias perdidas, y sus generales Belisario y Narsés lo consiguieron en buena parte: reconquistaron el norte de África a los vándalos, Italia a los ostrogodos (Belisario entró en Roma en el 536) y una franja del sur de Hispania. Por ese empeño en restaurar el viejo imperio, algunos historiadores modernos lo han llamado «el último romano».
Su obra más duradera fue jurídica. Encargó a una comisión dirigida por Triboniano reunir y ordenar siglos de derecho romano en lo que hoy se conoce como Corpus iuris civilis, la base del derecho civil de buena parte de Europa continental y de América Latina, aunque no del derecho anglosajón. En Constantinopla levantó la basílica de Santa Sofía, consagrada en el 537, que fue la mayor catedral del mundo durante casi mil años. En 1453 los otomanos la convirtieron en mezquita, y aun así ninguna catedral la superó en tamaño hasta que se terminó la de Sevilla, en 1520. La peste que estalló en el 541, conocida como peste de Justiniano, diezmó la población y frenó sus planes, aunque el Imperio de Oriente aún duraría nueve siglos más.
9. Constantino el Grande (306-337)

Flavio Valerio Constantino fue proclamado emperador por sus tropas en Eboracum, la actual York, en el 306, cuando el imperio estaba repartido entre varios gobernantes. Tardó casi veinte años en reunificarlo: en el 312 venció a Majencio en el puente Milvio, a las puertas de Roma, y en el 324 derrotó a Licinio y quedó como único emperador. Ganó además campañas contra francos, alamanes, godos y sármatas, y en el 330 refundó la antigua colonia griega de Bizancio con el nombre de Constantinopla, que fue la capital del Imperio de Oriente durante más de mil años.
Fue el primer emperador que se convirtió al cristianismo, aunque no se bautizó hasta su lecho de muerte, en el 337. En el 313 acordó con Licinio el llamado Edicto de Milán, que garantizaba la libertad de culto y devolvía a los cristianos los bienes confiscados, y en el 325 convocó el Concilio de Nicea, el primero de toda la Iglesia. La basílica del Santo Sepulcro, que mandó levantar en Jerusalén sobre el lugar que la tradición identifica con la tumba de Jesús, sigue siendo uno de los lugares más sagrados del cristianismo. Su reinado tuvo también una cara oscura: en el 326 hizo ejecutar a su hijo mayor, Crispo, y poco después murió su esposa Fausta, según las fuentes antiguas por orden suya.
8. Antonino Pío (138-161)

Adriano adoptó a Antonino en febrero del 138 con una condición: que él adoptara a su vez a Marco Aurelio y a Lucio Vero, para dejar asegurada la sucesión de dos generaciones. En julio de ese año, al morir Adriano, Antonino ocupó el trono. Su primer empeño fue conseguir que el Senado, que detestaba al difunto emperador, lo divinizara, y esa insistencia es una de las explicaciones que se dan de su sobrenombre, Pío. Gobernó casi 23 años sin salir de Italia, a través de sus gobernadores.
Su reinado fue el más tranquilo de la historia imperial, aunque no del todo sin guerras: su gobernador en Britania, Quinto Lolio Úrbico, avanzó hacia el norte y levantó hacia el 142 el Muro de Antonino, entre los estuarios del Forth y del Clyde, unos 160 kilómetros al norte del de Adriano. Dentro del imperio, Antonino construyó templos y teatros, administró el tesoro con prudencia y concedió honores y sueldos a profesores de retórica y filosofía. En su lecho de muerte dio a la guardia como santo y seña una sola palabra: «aequanimitas», ecuanimidad.
7. Vespasiano (69-79)

Tito Flavio Vespasiano llegó al poder al final del año de los cuatro emperadores, el 69, cuando la muerte de Nerón, en el 68, desató una guerra civil en la que cayeron uno tras otro Galba, Otón y Vitelio. Era un general de familia modesta, ajena a la vieja aristocracia senatorial, que había destacado en la conquista de Britania y que ese año dirigía la guerra contra la revuelta judía. Las legiones de Oriente lo proclamaron emperador en julio, y en diciembre el Senado lo reconoció. Con él empezó la dinastía Flavia, que gobernó 27 años.
Encontró las arcas vacías tras Nerón y la guerra, y las saneó con impuestos nuevos, incluido uno sobre la orina de las letrinas públicas, que se vendía a los tintoreros y curtidores. Cuando su hijo Tito se lo reprochó, según Suetonio, le puso una moneda bajo la nariz y le preguntó si olía mal: de ahí viene la expresión «pecunia non olet», el dinero no huele. Con esos fondos levantó el Templo de la Paz e inició el Coliseo, que inauguró Tito en el 80. Vespasiano murió el 23 de junio del 79, bromeando, según el mismo Suetonio, con su propia divinización («Ay, creo que me estoy convirtiendo en un dios»), y fue el primer emperador al que sucedió directamente un hijo suyo.
6. Adriano (117-138)

Publio Elio Adriano nació el 24 de enero del 76 en una familia de origen itálico asentada desde hacía generaciones en Itálica, junto a la actual Sevilla, igual que la de Trajano, primo de su padre y su tutor. Trajano nunca lo nombró heredero en público: la adopción se anunció en su lecho de muerte, en el 117, con la firma de la emperatriz Plotina, y ya en la Antigüedad hubo quien sospechó de ella. Adriano pasó más de la mitad de su reinado fuera de Italia y visitó casi todas las provincias del imperio.
Gran admirador de la cultura griega, hasta el punto de que lo apodaban «el Grieguito», terminó en Atenas el templo de Zeus Olímpico, que llevaba más de seis siglos sin acabar. En Roma reconstruyó el Panteón tal como se ve hoy y levantó el Templo de Venus y Roma, y en Britania mandó construir el muro que lleva su nombre, de costa a costa, como frontera norte. Su prioridad fue consolidar lo conquistado: renunció a las provincias que Trajano había ocupado en Mesopotamia y mantuvo al ejército entrenado compartiendo con los soldados comida y marchas. La gran excepción fue la revuelta judía de Bar Kojba (132-135), que aplastó con enorme dureza: Judea quedó arrasada y pasó a llamarse Siria Palestina.
5. Claudio (41-54)


Claudio nació el 1 de agosto del 10 a. C. en Lugdunum, la actual Lyon, y fue el primer emperador nacido fuera de Italia. Hijo de Druso el Mayor, hermano de Tiberio, y de Antonia la Menor, cojeaba, tartamudeaba y sufría temblores, y su familia lo apartó de la vida pública: no fue cónsul hasta los 46 años, en el 37. Esa imagen de hombre inofensivo le libró de las purgas de nobles bajo Tiberio y Calígula. En el 41, tras el asesinato de Calígula, la guardia pretoriana lo proclamó emperador mientras el Senado discutía si restaurar la República; según Suetonio, los soldados lo encontraron escondido detrás de una cortina del palacio.
Resultó un gobernante trabajador y eficaz. En el 43 emprendió la conquista de Britania. Terminó además dos acueductos cuyos arcos aún se ven en Roma, el Aqua Claudia y el Anio Novus, y empezó un puerto nuevo junto a Ostia para asegurar la llegada del trigo. Le gustaba juzgar en persona, y Suetonio cuenta que en un solo día llegó a publicar veinte edictos. Su lado oscuro también está documentado: el mismo Suetonio le atribuye la ejecución de 35 senadores y más de 300 caballeros, y sus libertos y sus esposas, primero Mesalina y después Agripina, tuvieron un poder enorme en su corte. Murió el 13 de octubre del 54, según casi todas las fuentes antiguas envenenado por Agripina para dejar el trono a su hijo Nerón.
4. Tiberio (14-37)
Tiberio era hijo de Livia Drusila, que en el 38 a. C. se casó con Octaviano, el futuro Augusto. Antes de reinar fue uno de los mejores generales de Roma: conquistó Panonia y Dalmacia, participó en la conquista de Recia, dirigió campañas en Germania y sofocó la gran revuelta de los pueblos de Panonia y del Ilírico entre los años 6 y 9. Augusto lo adoptó en el año 4, con el nombre de Tiberio Julio César, y a su muerte, en el 14, le sucedió. Según la tradición, nunca quiso el cargo.
Como gobernante fue prudente con el dinero y con la guerra: prefirió la diplomacia a nuevas conquistas y a su muerte dejó en el tesoro unos 2.700 millones de sestercios, que, según Suetonio, su sucesor Calígula dilapidó en menos de un año. Su mala fama viene sobre todo de sus últimos años. Desde el 23, tras la muerte de su hijo, Druso el Menor, dejó cada vez más poder en manos del prefecto del pretorio Sejano, en el 26 se retiró a la isla de Capri y los juicios por traición se multiplicaron. Tácito, que le es muy hostil, reconoce que hasta entonces había gobernado bien.
3. Marco Aurelio (161-180)

Marco Aurelio, el último de los «cinco buenos emperadores», compartió el trono hasta el 169 con su hermano adoptivo Lucio Vero, la primera vez que Roma tuvo dos emperadores con el mismo rango. Casi todo su reinado fue de guerra: entre el 161 y el 166 Roma derrotó a los partos en Oriente, y desde entonces hasta su muerte tuvo que contener en el Danubio a marcomanos, cuados y sármatas en las llamadas guerras marcomanas. A la vez, las tropas que volvían de Oriente trajeron la peste antonina, una epidemia que asoló el imperio durante años. En el 175 su general Avidio Casio se proclamó emperador en Oriente al correr el rumor de que Marco había muerto, pero la rebelión duró tres meses: a Casio lo mató uno de sus propios centuriones.
Su fama de emperador filósofo le viene de las «Meditaciones», unas notas que escribió en griego para sí mismo, en buena parte durante sus campañas, en la última década de su vida; su título original significa precisamente «para sí mismo». No pensaba publicarlas, y hoy son una de las obras más leídas del estoicismo: reflexiones sobre el deber, la muerte y cómo mantener la calma ante lo que no depende de uno. Murió el 17 de marzo del 180, en Vindobona (Viena) o en Sirmio, y le sucedió su hijo Cómodo, con quien terminó la época de los buenos emperadores.
2. Trajano (98-117)

Marco Ulpio Trajano nació el 18 de septiembre del 53 en Itálica, junto a la actual Sevilla, y fue el primer emperador nacido en Hispania. Nerva lo adoptó en el 97 y Trajano le sucedió a su muerte, en el 98. El Senado le concedió el título de optimus princeps, «el mejor príncipe», y bajo su mando el imperio alcanzó su mayor extensión: conquistó la Dacia, la actual Rumanía, en dos guerras (101-102 y 105-106), y después Armenia y Mesopotamia hasta el golfo Pérsico. Murió en agosto del 117 en Selinunte, en Cilicia, cuando volvía de aquella campaña.
El botín de la Dacia lo gastó en Roma: el foro y los mercados que llevan su nombre y la Columna Trajana, con un friso en espiral de casi 200 metros que narra las guerras dacias. Creó además los alimenta, unas ayudas para alimentar a niños pobres de Italia que se pagaban con los intereses de préstamos a terratenientes. Su prestigio duró tanto que, según el historiador Eutropio, en el siglo IV el Senado todavía recibía a cada nuevo emperador con el deseo «felicior Augusto, melior Traiano»: que fuera más afortunado que Augusto y mejor que Trajano.
1. Augusto (27 a. C. – 14 d. C.)

Cayo Octavio nació el 23 de septiembre del 63 a. C. y era sobrino nieto de Julio César, que lo adoptó en su testamento. Tras el asesinato de César se alió con Marco Antonio para vengarlo, y juntos vencieron a Bruto y Casio en Filipos, en el 42 a. C. Después se disputaron el poder: en el 31 a. C. derrotó a Antonio y a Cleopatra en la batalla naval de Accio y quedó como único dueño del mundo romano. En el 27 a. C. el Senado le concedió el título de Augusto, «el venerable», y con él empezó el Imperio, aunque él se negó a llamarse rey y se presentó como princeps, el primero de los ciudadanos.
Gobernó más de cuarenta años, hasta su muerte el 19 de agosto del 14 d. C., manteniendo la fachada de la República: el Senado y las magistraturas siguieron existiendo, pero el poder real lo concentraba él. Con su reinado empezó la Pax Romana, cerca de dos siglos de paz relativa en los que la guerra quedó casi siempre en las fronteras o en revueltas locales. Creó un ejército profesional permanente y la guardia pretoriana, reorganizó las provincias y presumía, según Suetonio, de haber recibido una Roma de ladrillo y haberla dejado de mármol. El mes de agosto lleva su nombre.
¿Quiénes fueron los cinco buenos emperadores?
La idea viene de Nicolás Maquiavelo, que en sus «Discursos sobre la primera década de Tito Livio» (1531) elogió a los emperadores que llegaron al trono por adopción, y la hizo famosa el historiador británico Edward Gibbon en el siglo XVIII. Gibbon escribió que, si hubiera que señalar la época de la historia en que la humanidad fue más feliz y próspera, sería la que va de la muerte de Domiciano a la subida al trono de Cómodo: del 96 al 180.
Los cinco son Nerva (96-98), Trajano (98-117), Adriano (117-138), Antonino Pío (138-161) y Marco Aurelio (161-180). Lo que tenían en común era la forma de sucesión: cada uno adoptó como heredero a un hombre de valía probada, en lugar de dejar el trono a un hijo. No fue del todo una elección de principio, porque ninguno de los cuatro primeros tenía un hijo varón vivo que pudiera sucederle. Marco Aurelio sí lo tenía, y su hijo Cómodo (180-192) fue uno de los peores emperadores de Roma.
De los cinco, Nerva es el único que no aparece en esta lista. Reinó solo dieciséis meses, de septiembre del 96 a enero del 98, cuando ya era un anciano, y su mayor acierto fue precisamente adoptar a Trajano.
¿Con qué criterio se elige a los mejores emperadores romanos?
Ninguna lista de este tipo es neutral. Esta reúne a gobernantes que ocuparon el trono diez años o más, salvo Vespasiano, que se quedó unos días por debajo, y que dejaron fronteras más seguras, códigos o monumentos que les sobrevivieron. Es lo contrario de los periodos de crisis: en el 69 Roma tuvo cuatro emperadores en doce meses, y en el 238 llegó a tener seis.
Algunas presencias son discutibles. Tiberio y Claudio gobernaron con eficacia, pero los historiadores antiguos que mejor los conocieron, Tácito y Suetonio, los retratan con dureza por las ejecuciones de senadores y el poder de favoritos y libertos. Tiberio, de hecho, aparece también en nuestra lista de los peores. En cuanto a Justiniano, que gobernó ya en el siglo VI, se incluye porque el Imperio de Oriente era, para quienes vivían en él, el mismo Imperio romano: sus habitantes se llamaban a sí mismos romanos, y así siguieron llamándose durante casi nueve siglos más.
