Keops y el mago (y 3 cuentos egipcios más del papiro Westcar)
El papiro Westcar es el rollo egipcio que conserva los relatos de magia más antiguos que se conocen: cuatro cuentos que los hijos de Keops le van contando a su padre para entretenerlo, más el nacimiento de tres reyes que se corta a mitad de frase, porque al manuscrito le faltan el principio y el final. Se copió hace más de tres mil quinientos años.
Hoy se cataloga como Papiro Berlín 3033: mide 169 centímetros de largo por 33 de alto y lleva doce columnas de escritura hierática, la cursiva que los escribas usaban a diario. Es una de las mejores fuentes que existen sobre cómo entendían los egipcios la magia —la heka— y sobre cómo se contaban historias unos a otros.
¿Quién fue Keops y por qué aparece en el papiro?

Keops fue el segundo faraón de la IV dinastía, gobernó justo después de Snefru y su obra mayor, la Gran Pirámide de Guiza, sigue siendo el argumento más contundente sobre lo que aquella administración era capaz de organizar. Reinó en plena Edad de Oro de las pirámides, el periodo central del Imperio Antiguo y el que suele darse por cumbre de la civilización del Antiguo Egipto.

De Keops han llegado tres retratos que no se parecen entre sí. El primero es el rey histórico, del que apenas se sabe otra cosa que encargó la Gran Pirámide. El segundo es el tirano de Heródoto, que lo acusa de haber prostituido a su propia hija para financiar la obra: un relato escrito más de dos mil años después y del que hay motivos de sobra para desconfiar. El tercero es este, el personaje del papiro Westcar, un rey de cuento al que sus hijos entretienen con historias de magos. Ninguno de los tres es el hombre que existió, y por eso Keops sigue siendo, entre todos los faraones, el más famoso y el más desconocido.
¿Cómo llegó el papiro Westcar a Berlín?

La egiptomanía estaba en su apogeo y los británicos acomodados viajaban a Egipto a comprar antigüedades sin saber leerlas. La familia de Henry Westcar era amiga de John Lee, abogado y anticuario de Hartwell House, que poseía un papiro judicial egipcio —uno de los documentos del proceso por la conjura del harén contra Ramsés III— del que no entendía una palabra. Henry viajó a Egipto y volvió con algo parecido. Adquirió el rollo entre 1823 y 1824, durante el viaje que comenzó en Alejandría en noviembre de 1823. Dónde lo compró y a quién no consta en ninguna parte: no lo anotó.
Lo que vino después no es lo que suele contarse. Westcar no le entregó el papiro a nadie para que lo tradujera. Fue el egiptólogo alemán Karl Richard Lepsius quien afirmó haberlo recibido en 1838 o 1839 de una sobrina de Westcar, y la egiptología mira esa versión de reojo desde que, muerto Lepsius, el rollo apareció guardado en el desván de su casa.
Tampoco lo tradujo él. Lepsius sabía leer algunos signos hieráticos y reconoció los cartuchos con nombres reales, pero la primera traducción completa, al alemán, la publicó Adolf Erman en 1890. Erman le compró el papiro al hijo de Lepsius en 1886 y lo donó al Museo Egipcio de Berlín, donde sigue. Que todo esto ocurriera después de que Champollion descifrara los jeroglíficos en 1822 no significa que una cosa llevara a la otra: son dos hechos ciertos que la divulgación une con un «por eso» que nadie ha documentado.
¿Cuándo se escribió y por qué es tan importante?

Los cuentos se escribieron mucho después de que Keops muriera. El texto está redactado en egipcio medio clásico, la lengua literaria del Imperio Medio, y la copia que se conserva es de la época de los hicsos, entre los siglos XVIII y XVI a. C. Cuánto separa la composición de esa copia se discute: hay quien sitúa el original en la XII dinastía y quien lo baja a la XIII o incluso a la XVII, porque el egipcio medio siguió usándose como lengua literaria mucho después de que el Imperio Medio terminara. Lo que nadie discute es la distancia con lo que narra: unos mil años.
Esa distancia es lo que lo hace especial, aunque hay que precisar en qué sentido es el más antiguo: no se trata de un texto mágico —de esos hay muchos y bastante anteriores, empezando por los Textos de las Pirámides— sino de ficción sobre magia, escrita por alguien que ambientaba su relato en un pasado ya remoto para él. Se considera además uno de los primeros ejemplos conocidos de novela histórica.
Los egipcios tenían muy presente su propio pasado. Lo anotaban en listas reales como la de Abidos, y la más antigua que se conserva, la Piedra de Palermo, no se limita a enumerar reyes: registra año por año los acontecimientos importantes y la altura de la crecida del Nilo. Pero la literatura propiamente dicha —textos proféticos, lamentos, discursos, relatos— no aparece hasta el Imperio Medio, y este papiro es de los primeros.
Los personajes son Keops y sus hijos, que hacen de narradores; los reyes Zoser, Nebka y Snefru, en cuyos reinados transcurren los cuentos; tres magos, Ubaoner, Dyadyaemanj y Dyedi; y Redyedet, la mujer de la profecía. Sahure y Neferirkare, que la divulgación suele listar entre los protagonistas, no llegan a actuar: son dos de los tres niños que todavía no han nacido.
Primer cuento: el milagro que se ha perdido

Del primer cuento apenas queda nada: el papiro está roto por el principio y el nombre de su protagonista se ha ido con el trozo que falta. Se ha propuesto que fuera Imhotep, el arquitecto de Zoser, pero es una conjetura y como tal hay que tomarla. Lo narra uno de los hijos de Keops, probablemente Dyedefre, y de la historia solo sobrevive el final: la lista de ofrendas —pan, cerveza, un buey, pasteles, incienso— que Keops manda entregar al rey Zoser y a su sacerdote lector. Del milagro en sí, que al parecer dejó impresionado al rey, no sabemos absolutamente nada.
Segundo cuento: el cocodrilo de cera

Lo narra Kefrén y transcurre en tiempos de Nebka, de la III dinastía. Y aquí hay que deshacer un error muy repetido: la mujer adúltera no es la esposa del rey, sino la del propio protagonista. Ubaoner, sacerdote lector jefe, se entera por su jardinero de que su mujer recibe a un hombre de Menfis cuando él no está, y de que la pareja usa el pabellón del jardín y se baña después en el estanque.
La venganza es de una frialdad notable. Ubaoner modela un cocodrilo de cera de siete dedos de largo y lo guarda en un cofre de ébano y electro —el cofre es lo que era de electro, no el cocodrilo— con la orden de echarlo al agua en cuanto el amante entre a bañarse. Al tocar el estanque, la figura se convierte en un cocodrilo de siete codos que atrapa al hombre y lo retiene siete días en el fondo. Después Ubaoner lleva al rey a ver el prodigio, hace salir a la bestia con el hombre entre los dientes y, cuando se agacha a recogerla, vuelve a ser un juguete de cera en su mano.
Nebka, que aquí hace de juez, le dice entonces que el cocodrilo se lleve lo que le pertenece. Ubaoner lo devuelve al agua, la figura crece otra vez y se hunde con el amante. No se vuelve a saber de ninguno de los dos. A la mujer la queman en un terreno al norte de la casa y arrojan sus cenizas al río. Es el mismo mundo que levantó las pirámides, contado como cuento de terror doméstico.
Tercer cuento: el colgante en el fondo del lago

El tercero es mucho más ligero. Lo cuenta Baufra y sucede en el reinado de Snefru, el padre de Keops. El rey se aburre y su sacerdote lector jefe, Dyadyaemanj, le propone un remedio: salir a remar por el lago del palacio en una barca tripulada por veinte mujeres jóvenes vestidas con redes en vez de ropa. El texto precisa que son mujeres que aún no han dado a luz; lo de «vírgenes» que suele leerse es un añadido de las traducciones, no del original.
El paseo se tuerce cuando a la que marca el ritmo se le cae al agua un colgante de turquesa nueva con forma de pez y se niega a seguir remando. Snefru le ofrece cambiárselo por cualquier joya del palacio y ella no acepta: quiere el suyo. Entonces interviene Dyadyaemanj con el truco que ha hecho famoso el cuento: recita una fórmula y dobla la mitad del agua del lago sobre la otra mitad, dejando el fondo al aire. El colgante está allí, sobre un tiesto. Lo recoge, devuelve el agua a su sitio y la excursión continúa.
Cuarto cuento: Keops y el mago Dyedi
El cuarto es el que da nombre al conjunto y el único que transcurre en el propio reinado de Keops. Lo narra su hijo Hordyedef, que le habla a su padre de un hombre extraordinario que vive en Dyed-Snefru. Se llama Dyedi, tiene ciento diez años, come cada día quinientos panes, un costado de buey y cien jarras de cerveza, y pasea con un león detrás cuya correa va arrastrando por el suelo. Sabe volver a poner en su sitio una cabeza cortada y —esto es lo que de verdad interesa al rey— sabe algo sobre las cámaras secretas del santuario de Thot.
Keops lo hace traer a palacio. Quiere esas cámaras porque pretende reproducir sus planos en su propia pirámide, y ese detalle es la clave de la escena: sin él, la insistencia del rey parece un capricho. Para poner a prueba al mago manda decapitar animales, y conviene ser exacto con lo que dice el texto: Keops propone empezar por un preso, y Dyedi se niega en redondo porque no está permitido hacer eso con un ser humano. Al preso no llegan a tocarlo. Los decapitados son un ganso, un ave acuática y un buey, y a los tres les devuelve la cabeza delante de la corte.
Sobre las cámaras, Dyedi responde algo más fino que un simple «no lo sé»: ignora cuántas son, pero sabe dónde está el cofre de sílex que guarda los planos, en una sala llamada Inventario, en Heliópolis. Y no será él quien se lo entregue al rey, sino el mayor de los tres hijos que va a tener una mujer llamada Redyedet, esposa de un sacerdote de Ra. Esos tres niños serán reyes, y el papiro los nombra: Userkaf, Sahure y Kakai, que reinará como Neferirkare. Como Userkaf fue el primer faraón de la V dinastía, la profecía es en realidad un relato sobre cómo empezó esa dinastía, escrito siglos después de que empezara.
El manuscrito sigue con ese parto, y es la parte mejor conservada del rollo. Cuatro diosas bajan disfrazadas de músicas ambulantes para asistirlo —Isis, Neftis, Meskhenet y Heket—, y con ellas va el dios alfarero Jnum cargando el equipaje. Cada niño nace de un codo de largo, con los miembros de oro y el tocado de lapislázuli. Las diosas esconden tres coronas en un saco de cebada, y cuando la criada de la casa amenaza con ir a contárselo todo al rey, un cocodrilo se la lleva. Ahí, a mitad de frase, se acaba el papiro. Nunca sabremos si Keops llegó a enterarse de nada.
