El motín de las legiones en el año 42 d. C.: cuando la lealtad también se castigaba en Roma
Una rebelión olvidada en los primeros años de Claudio
En el año 42 d. C., apenas un año después de la muerte del emperador Calígula, el Imperio romano vivió una crisis política que hoy apenas ocupa unas líneas en los manuales de historia. Sin embargo, aquel episodio revela mucho sobre el funcionamiento del poder en Roma y, sobre todo, sobre la disciplina implacable del ejército romano.
La conspiración estuvo encabezada por el gobernador de Dalmacia, Lucio Arruncio Camilo Escriboniano, y apoyada por varios senadores. El objetivo era deponer al emperador Claudio, cuya llegada al trono había sido impulsada por la Guardia Pretoriana tras el asesinato de Calígula. Para muchos miembros de la aristocracia, aquel emperador no era más que una figura débil, impuesta por los soldados.
La rebelión duró apenas unos días y terminó sin grandes batallas. Pero dejó un episodio paradójico: algunos soldados que permanecieron fieles a su juramento al emperador terminaron ejecutados por el propio sistema al que habían defendido.
El clima político tras la muerte de Calígula
El asesinato de Calígula en enero del año 41 d. C. sumió a Roma en una situación incierta. Durante unas horas, el Senado debatió la posibilidad de restaurar la República. Sin embargo, la Guardia Pretoriana tomó la iniciativa y proclamó emperador a Claudio, tío del difunto.
Claudio no había sido preparado para gobernar. Había pasado gran parte de su vida apartado de la política activa, en parte por sus problemas de salud y por la percepción de que era una figura excéntrica o poco apta para el poder. Su ascenso sorprendió a muchos senadores, que consideraban que el Imperio había quedado en manos de un hombre sin la autoridad necesaria.
Ese malestar en el Senado generó varias conspiraciones, algunas reales y otras supuestas. Entre ellas destacó la que involucró a Escriboniano, gobernador de la provincia de Dalmacia, en la costa oriental del Adriático.
Dalmacia: una provincia estratégica
Dalmacia no era una provincia cualquiera. Situada en una región clave para el control del Adriático y de las rutas hacia los Balcanes, contaba con varias legiones acantonadas de forma permanente.
En el año 42, el gobernador Escriboniano tenía bajo su mando al menos dos legiones, la VII y la XI, además de tropas auxiliares. Eso suponía una fuerza militar considerable, suficiente para intentar una marcha sobre Italia si contaba con el apoyo de la aristocracia romana.
Desde Roma, algunos senadores, entre ellos el influyente Lucio Anneo Viniciano, alentaron la conspiración. El plan consistía en que Escriboniano se proclamara defensor del Senado y marchara con sus tropas hacia la capital.
El inicio del levantamiento
En la primavera del año 42 d. C., Escriboniano convocó a sus tropas y anunció su intención de rebelarse contra el emperador Claudio. Según las fuentes antiguas, justificó su acción con el argumento de restaurar la dignidad del Senado y corregir la situación creada tras el asesinato de Calígula.
Para los soldados, sin embargo, la cuestión era mucho más simple. El ejército romano del siglo I d. C. era ya una fuerza profesional. Los legionarios no luchaban por ideales republicanos, sino por su paga, sus recompensas y la estabilidad del sistema que garantizaba su carrera militar.
Claudio, a pesar de su fama de gobernante débil, cumplía con las obligaciones hacia el ejército. Pagaba puntualmente y no había dado motivos directos de descontento entre las tropas. Además, pertenecía a la familia imperial y era hermano del prestigioso Germánico, muy querido por los soldados.
El presagio que cambió el curso de la rebelión
Las fuentes antiguas, especialmente Suetonio, recogen un episodio curioso que refleja la mentalidad religiosa del ejército romano.
Antes de iniciar la marcha, las legiones realizaron los rituales habituales con sus estandartes. Las águilas legionarias no eran simples símbolos: representaban el honor, la identidad y el espíritu de cada unidad. Cualquier anomalía en los rituales se interpretaba como un signo de los dioses.
Según el relato, las tropas no pudieron levantar los estandartes del suelo o no lograron realizar los rituales con normalidad. Este hecho fue interpretado como un mal presagio. En un ejército profundamente supersticioso, aquello bastó para sembrar dudas.

Los soldados comenzaron a cuestionar la legitimidad de la rebelión. Si los dioses no aprobaban la marcha, tal vez el levantamiento estaba condenado al fracaso.
El colapso del motín
La desconfianza se extendió rápidamente entre las tropas. Algunos veteranos recordaron que ya habían jurado lealtad a Claudio y que no existía una razón clara para arriesgarse a una guerra civil.
En cuestión de días, la disciplina se resquebrajó. Los soldados se negaron a seguir las órdenes de Escriboniano. El levantamiento, que había comenzado con aspiraciones políticas importantes, se desmoronó sin que se librara una batalla.
Ante la pérdida de apoyo militar, el gobernador huyó a la isla de Issa, en el mar Adriático. Allí se suicidó o fue asesinado poco después, según las distintas versiones de las fuentes.
En Roma, la conspiración se deshizo con la misma rapidez. Algunos de los implicados se suicidaron para evitar represalias, mientras que otros fueron castigados por orden imperial.
Las legiones fieles y su recompensa
El emperador Claudio respiró aliviado al conocer el fracaso de la rebelión. A pesar de su reputación de hombre indeciso, comprendía bien el valor simbólico del ejército.
Para reforzar la lealtad de las tropas, otorgó títulos honoríficos a las legiones que no habían seguido a Escriboniano. Las legiones VII y XI recibieron el sobrenombre de “Claudia Pia Fidelis”, que puede traducirse como “Claudia, leal y piadosa”.
Ese título se convirtió en parte oficial del nombre de las unidades y fue utilizado durante generaciones. Era una forma de recordar su fidelidad al emperador en un momento crítico.
El problema de la disciplina militar
Sin embargo, el episodio no terminó con las recompensas. En el interior de las legiones había ocurrido algo que preocupaba a los mandos militares.
Durante el motín, algunos soldados habían detenido o incluso matado a sus oficiales implicados en la rebelión. Desde el punto de vista de la lealtad al emperador, aquello podía parecer un acto meritorio. Pero desde el punto de vista de la disciplina militar, era un asunto mucho más grave.
En el ejército romano, la jerarquía era sagrada. Un soldado no podía atacar a su oficial bajo ninguna circunstancia. Si se toleraba ese comportamiento, la estructura de mando podía derrumbarse.
Por ello, cuando se restableció el orden, se investigaron los hechos dentro de las legiones. Algunos soldados fueron castigados por haber alzado la mano contra sus superiores, aunque estos hubieran participado en la conspiración.
Ejecuciones por disciplina
Las fuentes mencionan que ciertos legionarios fueron ejecutados tras el motín. El castigo habitual para delitos graves dentro del ejército era la decapitación, considerada una forma relativamente honorable de ejecución.
Este tipo de medidas no eran excepcionales en el ejército romano. La disciplina se mantenía con castigos severos, que podían incluir ejecuciones, azotes o incluso la famosa decimatio en casos extremos.
Lo importante para los mandos era dejar claro que ningún soldado podía tomarse la justicia por su mano. Aunque hubieran actuado en nombre de la lealtad al emperador, habían quebrantado la cadena de mando.
Así, algunos de los mismos hombres que habían contribuido al fracaso de la rebelión terminaron pagando con su vida.
Un episodio que revela la lógica del Imperio
El motín de las legiones en el año 42 d. C. muestra varias características fundamentales del Imperio romano:
- El ejército como base del poder político.
Sin el apoyo de las legiones, ninguna conspiración podía triunfar. - La importancia de los presagios y la religión.
Un simple signo considerado desfavorable bastó para frenar una rebelión. - La disciplina por encima de todo.
Incluso los soldados leales podían ser castigados si rompían la jerarquía militar.
Este episodio también refleja la fragilidad de los primeros años del reinado de Claudio. Aunque logró mantenerse en el poder durante más de una década, sus inicios estuvieron marcados por conspiraciones y desafíos.
Un suceso breve, pero revelador
La rebelión de Escriboniano duró apenas cinco días y no produjo grandes batallas ni cambios territoriales. Sin embargo, dejó una lección clara sobre la lógica del poder romano.
En Roma, la lealtad al emperador era esencial, pero no estaba por encima de la disciplina militar. El ejército funcionaba gracias a una estructura rígida de mando, y cualquier amenaza a esa estructura debía ser castigada, incluso si provenía de soldados fieles.
Por eso, el motín del año 42 d. C. sigue siendo un ejemplo llamativo de cómo, en el mundo romano, la obediencia a la cadena de mando podía pesar más que la lealtad personal al emperador.
