Los 15 logros más importantes de la antigua Mesopotamia
Los inventos de Mesopotamia que seguimos usando incluyen la escritura, la rueda, el arado, el riego por canales, el primer código legal escrito y la división del tiempo en unidades de sesenta. Todos salieron de la misma franja de tierra entre el Éufrates y el Tigris que hoy se reparten Irak, Kuwait, el este de Siria, el sureste de Turquía y las zonas fronterizas con Irán.
La ocupación humana de la zona se remonta al Neolítico, hacia el 10.000 a. C., pero lo que cambió el mundo vino después. Por esa llanura pasaron sumerios, acadios, babilonios y asirios; luego el Imperio aqueménida desde el 539 a. C., Alejandro Magno a partir del 331 a. C. y, tras su muerte, seléucidas y partos; más tarde fue campo de batalla entre Roma y Partia. De todos ellos, sumerios, babilonios y asirios fueron con diferencia los más inventivos.
Estos son los 15 logros más importantes de la antigua Mesopotamia:
1. Ciudades, agricultura, riego y arado (5000 a. C.)

La civilización más antigua que conocemos surgió en Sumeria, en el sur de Mesopotamia. La Lista Real Sumeria nombra cinco ciudades anteriores al Diluvio —Eridu, Bad-tibira, Larak, Sippar y Shuruppak— aunque atribuye a sus reyes reinados de decenas de miles de años, así que hay que leerla como mito y no como crónica. Lo que sí está documentado es que cada ciudad mesopotámica creció alrededor de un templo y la gobernaba un sacerdote. Eran ciudades-estado independientes con límites bien marcados, a menudo canales. Hacia el 4000 a. C. los sumerios empezaron a levantar en ellas los grandes templos escalonados llamados zigurats.
Mesopotamia significa «entre ríos», pero su suelo no daba cosechas por sí solo: hizo falta regarlo y drenarlo. El Tigris y el Éufrates se desbordaban cada año y dejaban fértil la tierra pegada a sus cauces; unos kilómetros más allá la llanura era inhóspita y no producía nada sin agua traída a mano.
Aprendieron entonces a frenar el agua y a repartirla. Durante la temporada principal de cultivo, a cada agricultor se le asignaba una cantidad concreta que se desviaba de los canales hacia las acequias. Como el caudal de los ríos era caprichoso, excavaron un laberinto de canales y zanjas que llevaba el agua desde el cauce hasta los campos y garantizaba el suministro. Las cosechas alimentaron a la población y dejaron excedente para comerciar: cebollas, ajos, dátiles, higos, uvas y granadas.
Con el riego, la agricultura mesopotámica floreció y el excedente sostuvo un comercio exterior lucrativo, así que los agricultores siguieron afinando sus herramientas. El arado más antiguo documentado en la zona es el ard, un apero simple de madera tirado por bueyes que aparece dibujado en sellos cilíndricos sumerios del IV milenio a. C. Era pesado, se le pegaba la tierra —había que limpiarlo a mano— y no servía en terrenos de hierba densa. Las rejas de madera dura dieron paso a las de bronce y, mucho más tarde, ya en el I milenio a. C., a las de hierro. Antes del 2000 a. C. los sumerios habían dado además un paso que Europa tardaría milenios en igualar: el arado-sembradora, con un embudo que dejaba caer la semilla en el surco recién abierto, de modo que arar y sembrar se hacían de una sola pasada.
2. Escritura cuneiforme (3300 a. C.)

Al principio las mercancías se contaban con fichas de arcilla, una por cosa, pero el comercio se volvió demasiado complejo para ese sistema. Hacia el 3300 a. C. aparecieron en Uruk tablillas de arcilla con signos que servían de registro contable: cuánto grano, cuántas ovejas, para quién. Dibujar cada objeto era inviable, así que los pictogramas se simplificaron en la escritura cuneiforme, grupos de trazos con forma de cuña —de ahí el nombre, del latín cuneus, «cuña»— impresos en la arcilla blanda con un cálamo de caña.
Ese cambio trajo el salto decisivo: los signos dejaron de representar objetos para representar sonidos, y con ello se pudo escribir cualquier cosa, incluidos nombres propios, contratos, cartas, mitos y poemas. El repertorio de uso corriente rondaba los 600 signos. La escritura cuneiforme que crearon los sumerios acabaron adoptándola acadios, babilonios, asirios, hititas, elamitas, hurritas y urarteos, y estuvo en uso más de tres mil años: la última tablilla cuneiforme fechada es un almanaque astronómico del año 75 de nuestra era.
3. Rueda (3500 a. C.)

La rueda no nació para transportar, sino para fabricar vasijas: el torno de alfarero está documentado en Mesopotamia hacia el 3500 a. C. Sobre esa idea los mesopotámicos montaron ruedas macizas de tablones en carros tirados por asnos, que ya aparecen representados en el Estandarte de Ur hacia el 2500 a. C. Transformaron a la vez el transporte de mercancías, la alfarería, el riego y la guerra. La rueda de madera más antigua que se conserva, en cambio, no es mesopotámica: es la rueda de los pantanos de Liubliana, hallada en Eslovenia en 2002, de unos 5.150 años de antigüedad.
4. Matemáticas (3000 a. C.)

Los mesopotámicos fueron grandes matemáticos. Fueron los primeros en usar un sistema posicional, en el que el valor de una cifra depende del lugar que ocupa. Los babilonios lo construyeron sobre la base 60, el sistema sexagesimal, probablemente porque 60 se reparte en partes exactas de muchas maneras: entre 2, 3, 4, 5, 6, 10, 12, 15, 20 y 30. De ahí salieron el círculo de 360 grados, el año de doce meses y, sobre todo, la hora de 60 minutos y el minuto de 60 segundos que sigues leyendo hoy en el reloj.
Las tablillas matemáticas babilónicas son abundantes: desde 1850 se han excavado al menos 400, casi todas fechadas entre el 1800 y el 1600 a. C., y tratan fracciones, álgebra, ecuaciones cuadráticas y cúbicas y la relación entre los lados de un triángulo rectángulo. La más famosa, la tablilla Plimpton 322, del siglo XVIII a. C., lista ternas de números que cumplen esa relación más de mil años antes de que naciera Pitágoras. Los sumerios ya habían desarrollado un sistema complejo de pesos y medidas hacia el 3000 a. C. y, desde el 2600 a. C., escribían tablas de multiplicar y resolvían problemas de geometría y de reparto. Lo que los babilonios inventaron no fue el cero como número, sino un signo para marcar la posición vacía dentro de una cifra, parecido a lo que hace nuestro cero en el 205; el cero como cantidad en sí llegaría después, en la India.
5. Gilgamesh (2700 a. C.)

Gilgamesh, el héroe de Uruk, fue una figura tan importante que sobre él se escribieron mitos e historias durante más de mil años. Las murallas de la ciudad y las tablillas encontradas allí dan testimonio de sus hazañas y de su búsqueda del sentido de la vida. La Epopeya de Gilgamesh no lo describe como un semidiós a medias, sino con una proporción muy precisa y muy extraña: dos tercios dios y un tercio hombre. La aritmética sale de sus padres, la diosa Ninsun y Lugalbanda, rey de Uruk divinizado tras su muerte. La Lista Real Sumeria le atribuye 126 años de reinado, cifra tan legendaria como el resto de la lista; el Gilgamesh histórico, si lo hubo, gobernó Uruk hacia el 2700 a. C.
6. Imperio acadio y Sargón I (2334 a. C.)
El Imperio acadio unió a sumerios y acadios en un estado de lengua semítica. Sargón, rey de Acad, derrotó a Lugalzagesi ante Uruk y conquistó Mesopotamia entera para levantar el primer imperio multiétnico del mundo, que se mantuvo desde el 2334 hasta el 2154 a. C.
Era una construcción política y social sostenida por una administración, una burocracia y un ejército permanentes, algo que nadie había montado antes a esa escala. Tras someter a las ciudades sumerias, Acad siguió expandiéndose casi dos siglos: Omán, la costa mediterránea, Siria y Elam acabaron formando parte de él. Sargón fue el primero en convertir a su hijo en heredero legal y a sus hijas en sacerdotisas de los grandes templos. Una de ellas, Enheduanna, suma sacerdotisa del dios luna en Ur, firmó sus himnos con su propio nombre: es la primera autora conocida de la historia de la literatura.
El otro gran rey acadio fue Naram-Sin, nieto de Sargón, bajo el cual el imperio alcanzó su máxima extensión y que llegó a proclamarse dios en vida. Con su hijo Shar-Kali-Sharri empezó el derrumbe: el imperio cayó hacia el 2154 a. C. por una combinación de invasiones de los gutis desde los montes Zagros, luchas internas y una sequía prolongada que los sedimentos de la región confirman en esas mismas fechas. Sumeria recuperó el poder poco después con la III dinastía de Ur, hacia el 2112 a. C., pero solo durante un siglo: hacia el 2000 a. C. se hicieron con el control los amorreos.
7. Imperio Asirio (2600 a. C.)
El de los asirios fue el poder más duradero de Mesopotamia: arrancó en la Edad del Bronce y llegó hasta bien entrada la Edad del Hierro, con varios ascensos y hundimientos por el camino. En su apogeo se extendía desde Chipre hasta Egipto, abarcando el Mediterráneo oriental, Armenia, el oeste de Irán y el norte de la península arábiga.
Asiria toma su nombre de la ciudad de Assur, habitada desde alrededor del 2600 a. C. Su historia se divide en tres grandes etapas, no en cuatro como a veces se lee: el período paleoasirio, el medioasirio y el neoasirio. En la primera, Asiria era poco más que la ciudad de Assur y su entorno, y vivía del comercio de estaño y tejidos con Anatolia. Su gobernante más poderoso fue Shamshi-Adad I, con quien el reino se expandió por el norte y se enriqueció; tras su muerte, hacia el 1776 a. C., el estado se debilitó y quedó bajo la órbita de Babilonia.
Asiria volvió a crecer entre el 1360 y el 1074 a. C., y con Tiglat-Pileser I sus campañas llegaron hasta el Mediterráneo oriental. El ascenso definitivo empezó en el 745 a. C., cuando Tiglat-Pileser III tomó el trono en un golpe de palacio y reformó a fondo el ejército y la administración: más que duplicó el territorio bajo control asirio. De esa etapa son también Sargón II, Senaquerib y Asurbanipal. El final llegó deprisa: Nínive cayó ante babilonios y medos en el 612 a. C., y el último resto del imperio se extinguió en Harrán en el 609 a. C.
8. La epopeya de Gilgamesh (2150 a. C.)
El poema épico de Gilgamesh salió a la luz en 1853, cuando el arqueólogo asirio-británico Hormuzd Rassam excavó la biblioteca de Nínive. Estaba escrito en doce tablillas incompletas, y las lagunas se han ido rellenando con fragmentos aparecidos en otros yacimientos de Anatolia y Mesopotamia. Nadie pudo leerlo hasta 1872, cuando George Smith reconoció en una de las tablillas un relato del Diluvio muy anterior al del Génesis; según contó después un colega suyo, se puso a saltar por la sala del Museo Británico y a quitarse la ropa de pura excitación.
La primera mitad cuenta cómo Gilgamesh y Enkidu se hicieron amigos. Enkidu era un hombre salvaje creado por los dioses para frenar la tiranía con que Gilgamesh trataba a su pueblo. Lo desafió a una prueba de fuerza, perdió, y de ahí salió la amistad. Juntos viajaron al bosque de cedros para talarlo y matar a Humbaba, su guardián; con aquella madera hicieron una puerta para el templo de Nippur. Después mataron al Toro del Cielo, que la diosa Ishtar había enviado para castigar a Gilgamesh por rechazarla. Los dioses condenaron a muerte a Enkidu por su parte en esas dos hazañas.
La muerte de Enkidu deja a Gilgamesh aterrado ante la suya propia, y la segunda mitad del poema es su viaje en busca de la vida eterna. En la versión más antigua que se conserva, la tabernera Siduri le sale al paso con la frase que resume el libro entero: «La vida que buscas nunca la encontrarás; cuando los dioses crearon a la humanidad, le asignaron la muerte y se guardaron la vida para ellos». Y así termina: Gilgamesh llega hasta Utnapishtim, el superviviente del Diluvio, y vuelve con las manos vacías. No consigue la inmortalidad —ese es precisamente el sentido del poema—, sino las murallas de Uruk que levantó y el relato que sigues leyendo cuatro mil años después.
El poema estuvo perdido más de dos mil años bajo las ruinas de Nínive y hoy se traduce a decenas de idiomas: es la obra literaria extensa más antigua que ha llegado hasta nosotros.
9. Mapas (2300 a. C.)

Mesopotamia nos dejó también el mapa más antiguo que se conoce. Es una tablilla de arcilla del período acadio, de hacia el 2300 a. C., encontrada en 1930 en las excavaciones de Yorghan Tepe, la antigua Ga-Sur —después Nuzi—, al norte del actual Irak. No es un mapa del mundo ni una obra de arte: es un documento administrativo que dibuja una parcela rodeada por dos cadenas de colinas y cruzada por un curso de agua, seguramente para calcular impuestos. Los mapas mesopotámicos posteriores representaron ciudades, cotos de caza, rutas comerciales y zonas militares, y hacia el siglo VI a. C. los babilonios grabaron el Imago Mundi, la primera representación conocida del mundo entero tal como lo entendían: un disco de tierra rodeado por un río amargo.
10. Calendario (2000-1000 a. C.)
Los mesopotámicos fueron observadores del cielo extraordinariamente meticulosos y llevaban siglos anotando salidas y ocultaciones de los planetas, aunque su modelo del cosmos era geocéntrico: para ellos el Sol giraba alrededor de una Tierra plana. Con esas observaciones sobre astronomía montaron un calendario dividido en dos estaciones, verano e invierno. La cebada se segaba en la segunda quincena de mayo y, dos meses después del corte, empezaba el año fiscal. En casi todas las ciudades el año nuevo arrancaba con la primera luna creciente visible, porque el cómputo era lunar. Existía además un Año Nuevo real, en el que el rey ofrecía la primera cosecha a los dioses. Los nombres de los meses cambiaban de una ciudad a otra.
Todo calendario lunar tiene el mismo problema: doce meses de luna suman unos 354 días, once menos que el año solar, así que las fiestas agrícolas se van corriendo de estación. La solución mesopotámica fue intercalar un mes de más cada dos o tres años; hacia el siglo V a. C. los babilonios lo habían regularizado en siete meses añadidos cada diecinueve años, el ciclo que Occidente conoce como metónico y que todavía gobierna el calendario judío y la fecha de la Semana Santa. Los asirios manejaban además un año administrativo de 360 días, doce meses redondos de treinta, para llevar las cuentas sin decimales. Y de aquellos meses lunares salió la semana de siete días, una por cada fase de la Luna, que llegó hasta nosotros a través del calendario hebreo.
11. Código de Hammurabi (1754 a. C.)

En 1792 a. C. subió al trono de Babilonia Hammurabi. Hacia el final de su reinado mandó grabar un código de leyes en una estela de basalto de 2,25 metros y en varias tablillas de arcilla. Son 282 artículos con sus penas, guiados por el principio del talión —ojo por ojo, diente por diente—, pero aplicado de forma desigual: el castigo dependía de si el acusado era hombre libre, plebeyo o esclavo, y también de la condición de la víctima. La mayoría de los artículos no son penales sino contractuales: salarios de los jornaleros, honorarios de los médicos, alquiler de barcas y responsabilidad del constructor si la casa se derrumba encima de quien la habita.
Es el texto legal más extenso que se conserva de la antigua Babilonia, aunque no el primero de Mesopotamia: se apoya en códigos anteriores como el de Ur-Nammu, rey de Ur, hacia el 2100 a. C., las leyes de Eshnunna, hacia el 1930 a. C., y el código de Lipit-Ishtar de Isin, hacia el 1870 a. C. Después vendrían las leyes asirias, las hititas y, siglos más tarde, la legislación del Pentateuco. La estela que hoy se ve en el Louvre no apareció en Babilonia, sino en Susa, en el actual Irán: un rey elamita se la llevó como botín de guerra hacia el siglo XII a. C., y allí siguió enterrada hasta que la desenterró una misión arqueológica francesa en 1901.
12. Velero (3500 a. C.)
Los sumerios entendieron muy pronto que el agua era más rápida que la tierra, y su país estaba cruzado de ríos y canales. El indicio más antiguo de navegación a vela procede de unos modelos de barca de arcilla hallados en Eridu, del período de Ubaid, hacia el 5000 a. C., aunque conviene matizarlo: el mástil de esos modelos es una reconstrucción que sus excavadores añadieron al montarlos en el museo de Bagdad. Las representaciones seguras de velas cuadradas aparecen en sellos y modelos del período de Uruk, hacia el 3500 a. C. Aquellos barcos tenían una limitación seria, porque la vela cuadra solo empuja a favor del viento y río arriba había que remar o remolcar desde la orilla. Aun así bastaron para conectar el sur de Mesopotamia con Dilmun, en el golfo Pérsico, y con el valle del Indo.
13. Biblioteca de Nínive (668-627 a. C.)
El rey asirio Asurbanipal quiso reunir en un solo sitio la memoria escrita de Sumeria, Babilonia y Asiria, y mandó copiar o requisar tablillas por todo su imperio. A los demás reyes se les recuerda por sus campañas; a él, por esto y por ser uno de los pocos monarcas asirios que sabía leer cuneiforme, algo de lo que presumía en sus inscripciones. La biblioteca apareció en las excavaciones de Nínive de 1849 a 1853: más de 30.000 fragmentos de tablillas con textos administrativos y legales, pero también mágicos, adivinatorios, médicos, literarios y léxicos. Entre ellos estaba la copia más completa de la Epopeya de Gilgamesh que se conserva, y hay una ironía en cómo llegó hasta nosotros: fue el incendio que arrasó Nínive en el 612 a. C. el que coció la arcilla y la volvió indestructible.
14. Imperio persa aqueménida (539 a. C.)
Con la caída de Babilonia le llegó el turno al Imperio persa, el mayor que había visto el mundo antiguo. En el 539 a. C. las tropas de Ciro el Grande derrotaron al ejército babilónico en la batalla de Opis y entraron en la ciudad; los territorios del antiguo Imperio neoasirio y del neobabilónico quedaron integrados en el persa. En su máxima extensión iba desde los Balcanes y Egipto hasta el valle del Indo. Ciro dejó a cada pueblo su cultura y sus dioses y no impuso restricciones religiosas: mientras se pagaran los impuestos, se vivía en paz. El cilindro de arcilla en el que anunció esa política, hallado en Babilonia y hoy en el Museo Británico, se conoce como el Cilindro de Ciro.
Cada región tenía un sátrapa, un gobernador, y llegó a haber entre veinte y treinta satrapías encargadas de hacer cumplir la ley. Todo el imperio estaba cosido por un sistema de calzadas y postas, del que el Camino Real era la vía principal: unos 2.700 kilómetros entre Sardes, en la actual Turquía, y Susa, en Elam. Un viajero a pie tardaba unos tres meses en recorrerlo; los correos a caballo, que cambiaban montura en cada posta, lo hacían en poco más de una semana. Lo mandó construir Darío el Grande, el mismo que en el 490 a. C. fracasó ante Atenas en la batalla de Maratón. Tras nuevas derrotas frente a griegos y espartanos, el imperio se fue debilitando hasta caer ante Alejandro Magno.
15. Alejandro Magno (334 a. C.)

Alejandro Magno cruzó a Asia en el 334 a. C. y en una década conquistó todo el territorio comprendido entre Egipto y la India. A Mesopotamia, sin embargo, no llegó ese primer año: en el 334 a. C. venció en el Gránico a los sátrapas persas de Asia Menor, en el 333 a. C. derrotó a Darío III en Issos, tomó Egipto en el 332 y fundó Alejandría, y solo tras batir de nuevo a Darío en Gaugamela, el 1 de octubre del 331 a. C. cerca de la actual Mosul, Babilonia le abrió las puertas sin combatir. Murió en esa misma ciudad en el 323 a. C., con 32 años, y sus generales se repartieron el imperio.
¿Qué inventos de Mesopotamia seguimos usando hoy?
La lista de arriba mezcla dos cosas distintas a propósito: las invenciones que salieron de aquella llanura y los imperios —acadio, asirio, persa, macedonio— que las heredaron, las administraron y acabaron difundiéndolas por medio mundo. Los inventos son mesopotámicos; los imperios explican por qué no se quedaron en Mesopotamia. Y la huella resultante es más cotidiana de lo que parece. Cada vez que miras la hora estás usando su base 60; cada vez que cuentas siete días de semana, su calendario lunar; cada vez que firmas un contrato, la idea de dejar por escrito una obligación entre dos partes, que allí se puso en práctica por primera vez. De aquella llanura vienen también la rueda, el riego por canales, el arado-sembradora, el mapa, la ciudad amurallada gobernada desde un templo y la escritura, que es la frontera misma entre la prehistoria y la historia. Llamar a Mesopotamia la cuna de la civilización no es una fórmula bonita: buena parte de lo que hoy damos por evidente se decidió allí hace cinco mil años.
