Los 13 datos más sorprendentes y fascinantes sobre la antigua Babilonia

Vista aérea recreada de Babilonia con su zigurat y las murallas azules.

Babilonia fue la ciudad más influyente de la antigua Mesopotamia y su nombre significa «puerta de los dioses». Sus ruinas están hoy en el centro de Irak, a unos 85 kilómetros al sur de Bagdad, y de ellas salieron el código legal más antiguo que se conserva completo, la división del círculo en 360 grados y una de las siete maravillas del mundo antiguo que nadie ha conseguido encontrar.

El reino nació como un estado de lengua acadia tras el desmoronamiento del imperio que Sargón había fundado en Acad, hacia 2154 a. C. El territorio quedó partido en dos mitades que marcarían el resto de su historia: Asiria al norte y Babilonia al sur. Los amorreos instalaron allí la primera dinastía babilónica hacia 1894 a. C. y la mantuvieron durante tres siglos.

La primera edad de oro llegó con Hammurabi, que reinó entre 1792 y 1750 a. C. Heredó una ciudad-estado modesta, encajonada entre vecinos más fuertes, y tardó casi treinta años en moverse: sus grandes campañas contra Larsa, Mari y Asiria se concentran en la última década de su reinado. La imagen del conquistador que se apoderó de Mesopotamia en una sola campaña es falsa; lo que hubo fue una espera larguísima y luego diez años de guerra continua.

La Babilonia que dejó boquiabierto al mundo antiguo, sin embargo, es muy posterior. En el siglo VI a. C., bajo Nabucodonosor II, la ciudad ocupaba unas 850 hectáreas dentro de una doble muralla, se extendía a ambas orillas del Éufrates unidas por un puente y rondaba los 200.000 habitantes: era, con diferencia, la mayor del planeta.

De aquella metrópoli quedan la base del zigurat Etemenanki, los cimientos de los palacios y kilómetros de ladrillo con el nombre del rey estampado en la pasta. Pero su influencia en el Antiguo Cercano Oriente no fue solo arquitectónica: en matemáticas, astronomía, derecho, medicina y literatura, Babilonia dejó cosas que seguimos usando sin saber de dónde vienen.

Estos son los 13 datos sobre la antigua Babilonia que mejor explican por qué su nombre sigue resonando cuatro mil años después:

1. Los Jardines Colgantes, la maravilla que nadie ha encontrado

Recreación pictórica de los Jardines Colgantes de Babilonia en terrazas escalonadas.

La tradición, recogida por autores griegos y romanos siglos después de los hechos, atribuye los Jardines Colgantes a Nabucodonosor II, que los habría mandado construir para consolar a su esposa Amitis, hija del rey de los medos y añorante de las montañas de su tierra. Diodoro de Sicilia los describe como terrazas superpuestas sostenidas por pilares de piedra, plantadas con árboles adultos y regadas por un mecanismo que subía el agua del Éufrates. El nombre viene del griego kremastós, «colgante» o «suspendido», y alude a esas terrazas voladas, no a plantas cayendo al vacío.

Lo asombroso es que no aparecen por ninguna parte. Ninguna excavación ha dado con ellos y ningún texto babilónico los menciona, ni siquiera las larguísimas inscripciones en las que Nabucodonosor enumera una por una sus obras. La asirióloga de Oxford Stephanie Dalley propuso una salida: los jardines existieron, pero en Nínive y un siglo antes. Los anales del rey asirio Senaquerib describen un jardín en terrazas junto a su palacio, y para llevarle agua desde las montañas se construyó el acueducto de Jerwan, con unos dos millones de bloques de piedra, cuyos restos todavía se pueden visitar. De las siete maravillas del mundo antiguo, esta es la única cuyo emplazamiento sigue en discusión.

2. ¿Qué decía realmente el Código de Hammurabi?

Estela del Código de Hammurabi ante relieves cuneiformes.

El código se grabó hacia 1754 a. C., al final del reinado, en estelas de diorita negra repartidas por las ciudades del reino. La que ha llegado hasta nosotros mide 2,25 metros, fue saqueada por los elamitas en el siglo XII a. C. y llevada a Susa como botín de guerra, donde una misión arqueológica francesa la desenterró en 1901. Hoy es una de las piezas más visitadas del Museo del Louvre y contiene 282 disposiciones numeradas sobre tierras, arriendos, salarios, préstamos, matrimonio y herencia.

No era un código en el sentido moderno, sino una colección de sentencias ejemplares, y el castigo dependía de a qué clase pertenecían el agresor y la víctima. El célebre «ojo por ojo» solo regía entre awilum, los hombres libres de plena capacidad jurídica; si el perjudicado era un mushkenum o un esclavo, la pena corporal se convertía en una multa tasada en plata. También fijaba topes que suenan sorprendentemente modernos: como máximo un 20 % de interés en los préstamos de plata y un 33 % en los de grano, y el acreedor que cobrara de más perdía el capital prestado.

3. ¿Qué derechos tenían las mujeres en Babilonia?

Comparada con otras sociedades antiguas, Babilonia reconocía a las mujeres una capacidad jurídica notable: podían poseer bienes a su nombre, firmar contratos, prestar dinero, declarar ante un tribunal y conservar la dote al enviudar o al divorciarse. Las nadītu, sacerdotisas consagradas y obligadas al celibato, procedían de familias acomodadas y administraban tierras, casas y préstamos con una libertad que ninguna casada tenía; sus archivos de operaciones se cuentan entre los más abundantes de la época.

Esa libertad tenía fronteras muy precisas y a veces brutales. La ley 110 del código condenaba a morir en la hoguera a la sacerdotisa que abriera una taberna o entrara en una a beber cerveza. El oficio de tabernera lo ejercían mujeres y era perfectamente legal, pero cargaba con poco prestigio y con una regulación severa. Y por encima de cualquier derecho reconocido, la ley seguía dando por supuesto que el sitio de la mujer era la casa.

4. La familia numerosa era una inversión, no un adorno

En una economía agraria sin pensiones ni seguros, los hijos eran a la vez la mano de obra que sacaba adelante los campos y la única red de protección para la vejez, así que una descendencia numerosa era motivo de orgullo. La mortalidad infantil era altísima, y por eso el derecho babilónico se ocupó del asunto con un detalle que no vuelve a encontrarse hasta muchos siglos después.

Las leyes 185 a 193 del código de Hammurabi son la regulación de la adopción más antigua que se conserva: establecen que el niño recogido de recién nacido y criado por un adoptante no puede ser reclamado luego por su familia de origen, y detallan qué ocurre si el adoptado reniega de quienes lo criaron o si estos lo repudian tras tener hijos propios. Otra disposición, la 194, se ocupa de las nodrizas: si el bebé moría a su cargo y ella había aceptado en secreto a un segundo lactante, el castigo previsto era la mutilación.

5. ¿Cómo era la arquitectura de Babilonia?

Zigurat escalonado de ladrillo reconstruido en el yacimiento de Mesopotamia.

El edificio más alto de la ciudad era el zigurat Etemenanki, «la casa que es cimiento del cielo y de la tierra», dedicado a Marduk. Una tablilla cuneiforme conservada en el Louvre da sus medidas: unos 91 metros de lado en la base y otros 91 de altura repartidos en siete niveles. No lo levantó Hammurabi, como se repite a menudo: en su tiempo ya existía un santuario en ese punto, pero la mole que describen las fuentes es obra de la reconstrucción que emprendió Nabopolasar y remató su hijo Nabucodonosor II. Esa silueta escalonada está detrás del relato bíblico de la torre de Babel.

La otra gran obra conservada es la Puerta de Ishtar, octava y principal entrada de la muralla, revestida de ladrillo vidriado azul con relieves de toros y de mushhushshu, el dragón-serpiente de Marduk. Los arqueólogos alemanes que excavaron Babilonia desde 1899 se llevaron los ladrillos a Berlín y la montaron pieza a pieza: se puede ver reconstruida a tamaño real en el Museo de Pérgamo.

A escala pequeña, el objeto más característico es el sello cilíndrico: una piedra dura de dos o tres centímetros tallada en negativo que su dueño hacía rodar sobre la arcilla fresca para firmar un contrato. Cada uno era distinto y servía a la vez de firma, amuleto y joya, y en ellos trabajaron los mejores talladores de la ciudad.

6. ¿Cómo funcionaba el comercio sin monedas?

Babilonia no tuvo moneda acuñada, que no aparecería hasta mil años más tarde en Lidia. Los pagos se hacían pesando plata en la balanza o entregando cebada, y el siclo era antes que nada una unidad de peso, algo más de ocho gramos. Sobre esa base levantaron un sistema de crédito elaboradísimo: el tamkarum, mercader que operaba con capital del templo o del palacio, adelantaba plata y mercancías a un agente, el shamallum, que viajaba con ellas y rendía cuentas al volver.

El país no tenía madera, ni metal, ni piedra de calidad, así que importaba oro, plata, cobre, madera, sal y piedra, y pagaba con lo que le sobraba: cereal, tejidos de lana, vasijas, aceite de sésamo y artículos de cuero. Los contratos se escribían en una tablilla que después se envolvía en un sobre de arcilla con el mismo texto repetido fuera, de modo que nadie podía alterar el original sin romper la envoltura. Es el problema que hoy resuelve una firma electrónica, resuelto hace cuatro mil años con barro.

7. ¿Cómo se aprendía a escribir en Babilonia?

Signos de escritura cuneiforme grabados en una tablilla de arcilla.

Los babilonios no inventaron su escritura: la recibieron ya hecha de los sumerios, junto con buena parte de los inventos que pusieron en marcha Mesopotamia. La escritura cuneiforme no era una letra cursiva, sino signos en forma de cuña impresos en arcilla fresca con un cálamo, un tallo de caña cortado en bisel. La tablilla se secaba al sol y, si el texto importaba, se cocía. A ese material le debemos que se conserven cientos de miles de documentos babilónicos: el barro cocido resiste precisamente los incendios que destruyeron el papiro de otras civilizaciones.

Aprender el oficio costaba años. Los futuros escribas entraban hacia los ocho años en la edubba, la «casa de las tablillas», y pasaban allí una década copiando listas de signos, modelos de contrato y problemas de matemáticas; muchos de esos ejercicios han llegado hasta nosotros con las correcciones del maestro. El proverbio sumerio que repetían lo resume bien: «Quien quiera destacar en la escuela de escribas debe levantarse al amanecer».

De esas aulas salieron las copias de las dos grandes obras de la literatura mesopotámica: la epopeya de Gilgamesh, cuya versión canónica en acadio se atribuye al escriba Sin-leqi-unninni, y el Enuma Elish, el poema de la creación que explicaba por qué Marduk mandaba sobre los demás dioses. El oficio no estuvo cerrado a las mujeres: en los archivos del palacio de Mari se conocen varias escribas por su nombre.

8. ¿Qué le debemos hoy a la ciencia babilónica?

Los babilonios contaban en base 60, y esa elección sigue gobernando el reloj y el transportador de ángulos: los 60 minutos de una hora, los 60 segundos de un minuto y los 360 grados de una circunferencia vienen de ellos. El sistema resulta cómodo porque 60 se divide de forma exacta por 2, 3, 4, 5, 6, 10, 12, 15, 20 y 30, así que casi cualquier reparto sale redondo.

Sobre esa aritmética construyeron la primera astronomía capaz de predecir. Durante siglos, los sacerdotes anotaron noche tras noche la posición de la Luna, el Sol y los planetas en los llamados diarios astronómicos, y de aquella montaña de datos salieron dos hallazgos mayores: el ciclo de 19 años que hace encajar los meses lunares con el año solar, que los griegos llamarían de Metón aunque Babilonia ya lo aplicaba, y el saros, un periodo de 18 años y 11 días tras el cual los eclipses se repiten en el mismo orden. Con él anticipaban eclipses sin tener la menor idea de por qué se producían.

Su calendario era lunisolar: doce meses que empezaban con la primera luna creciente visible al atardecer y, cada dos o tres años, un mes intercalar añadido para que la siembra no se fuera desplazando de estación. Para medir las horas usaban relojes de sol y clepsidras, y llevaban registros cronológicos escrupulosos de reinados y acontecimientos.

9. ¿Cómo se defendía y conquistaba Babilonia?

El ejército de Hammurabi no era una multitud de reclutas improvisados. Los archivos del palacio de Mari, que han entregado más de veinte mil cartas de aquellos años, describen contingentes de unos pocos miles de hombres, movidos deprisa por el valle y sostenidos por un sistema de parcelas entregadas a los soldados a cambio del servicio. El código protegía esas tierras con dureza: no se le podían comprar a un soldado, y si caía prisionero en campaña, su casa y su campo lo esperaban intactos a la vuelta.

Siglos más tarde, la Babilonia neobabilónica confió su seguridad a la muralla más que al campo de batalla. Heródoto, que escribe de oídas, cuenta que era tan ancha que por encima podían cruzarse dos carros tirados por cuatro caballos; las excavaciones alemanas encontraron un anillo doble de ladrillo con un foso inundable entre ambos muros. De poco sirvió: en 539 a. C. la ciudad cambió de dueño casi sin combatir.

10. La agricultura dependía por completo de los canales

En el sur de Mesopotamia casi no llueve, de modo que todo dependía del riego: una red de canales sacaba el agua del Éufrates y la repartía por los campos. Mantenerla no era una buena costumbre, sino una obligación legal. Las leyes 53 a 56 del código ordenan que quien descuide el dique de su parcela y provoque una inundación indemnice con grano toda la cosecha arruinada de sus vecinos; si no puede pagar, se venden sus bienes, y a él con ellos.

El cultivo dominante era la cebada, que soporta la salinidad del suelo mucho mejor que el trigo y que hacía además de medio de pago: jornales, alquileres y multas se calculaban en medidas de grano. La completaban las palmeras datileras, que daban fruto, madera, fibra y sombra para cultivar debajo, además de sésamo, cebollas, ajos, legumbres y frutales. La salinización progresiva de las tierras regadas, el precio a largo plazo de aquel sistema, fue empujando poco a poco el peso agrícola de la región hacia el norte.

11. ¿En qué dioses creían los babilonios?

Relieve mesopotámico de un genio alado con el cubo y la piña rituales.

El panteón babilónico heredó casi entero el sumerio y lo reordenó para colocar en la cumbre a Marduk, el dios de la ciudad. Shamash era el sol y, por ver todo lo que ocurría bajo su luz, también el garante de la justicia: en lo alto de la estela del código aparece entregando a Hammurabi las insignias del poder. Ishtar reunía el amor, la fertilidad y la guerra, y se identificaba con el planeta Venus; Dumuzi, su esposo, era el dios pastor cuya muerte y regreso anuales marcaban el ciclo de la vegetación.

La gran cita del calendario era el Akitu, la fiesta de año nuevo que se celebraba durante doce días al empezar la primavera. En ella se recitaba entero el poema de la creación, el relato de cómo Marduk venció al caos, y el rey pasaba por un rito de humillación: el sumo sacerdote le quitaba las insignias ante la estatua del dios, lo abofeteaba y le tiraba de las orejas. Que se le saltaran las lágrimas se interpretaba como señal de que Marduk le concedía otro año de reinado.

Los templos no eran solo lugares de culto. Administraban tierras, almacenaban grano, prestaban plata y daban trabajo a cientos de personas, lo que los convertía en el mayor poder económico del país después del palacio. Los sacerdotes subían al zigurat a observar el cielo para leer en los astros las intenciones de los dioses, y de esa obsesión adivinatoria salió de rebote la mejor astronomía del mundo antiguo.

12. ¿Cómo se curaban los babilonios?

La medicina babilónica tenía dos oficios distintos y complementarios: el asû, que preparaba emplastos, vendajes e infusiones con plantas y minerales, y el ashipu, que entendía la enfermedad como obra de un demonio o castigo por una falta y actuaba con conjuros. Un mismo enfermo podía pasar por los dos sin que nadie viera contradicción alguna.

La obra cumbre de esa tradición es el Manual de diagnóstico, el Sakikkū: cuarenta tablillas que el erudito Esagil-kin-apli, de Borsippa, compiló y ordenó hacia 1050 a. C. bajo el rey Adad-apla-iddina. El texto avanza como una exploración de verdad: el sanador entra en la casa, observa al paciente de la cabeza a los pies, anota los síntomas y solo entonces enuncia el diagnóstico y el pronóstico. Es el primer intento conocido de encadenar observación, causa y desenlace, que es el esqueleto de lo que todavía hace un médico en la consulta.

El código de Hammurabi regulaba además los honorarios y la responsabilidad del cirujano, y lo hacía con la misma lógica de clase que el resto: por una operación de ojo bien resuelta, un awilum pagaba diez siclos de plata; si el paciente perdía el ojo en la intervención, al cirujano le cortaban la mano.

13. ¿Cómo cayó Babilonia?

La primera dinastía no sobrevivió a los herederos de Hammurabi, que fueron perdiendo uno tras otro los territorios conquistados. El golpe final llegó de muy lejos: en 1595 a. C., el rey hitita Mursili I bajó desde Anatolia en una incursión relámpago, saqueó Babilonia, se llevó la estatua de Marduk y regresó a su tierra. Los hititas no se quedaron a gobernar; quienes ocuparon el vacío fueron los casitas, un pueblo de los montes Zagros que mandó en el país durante casi cuatro siglos, el periodo más estable de toda su historia.

El renacimiento llegó en 626 a. C., cuando Nabopolasar se sublevó contra Asiria y fundó el Imperio neobabilónico; aliado con los medos tomó Nínive en 612 a. C. y se repartió con ellos los restos del imperio asirio. Su hijo Nabucodonosor II llevó la ciudad a su máximo esplendor entre 605 y 562 a. C. Setenta y tres años después de la caída de Nínive, en octubre de 539 a. C., el ejército del persa Ciro el Grande entró en Babilonia casi sin resistencia tras vencer en Opis, y el propio Ciro se presentó en su famoso cilindro como el elegido de Marduk para restaurar el orden. La ciudad siguió habitada y siendo importante durante siglos, pero nunca volvió a ser la capital de un imperio propio. Toda esa trayectoria, de la pequeña capital amorrea al saqueo persa, cabe en once acontecimientos.

Cuatro mil años después, lo que queda de Babilonia no está solo en el yacimiento. Está en las sesenta divisiones del reloj, en la idea de poner las leyes por escrito y a la vista de todos, y en la costumbre de anotar lo que se ve en el cielo noche tras noche hasta descubrir que se repite.

¿Dónde está hoy la antigua Babilonia?

El yacimiento ocupa el borde de la actual ciudad de Al Hilla, en la provincia iraquí de Babil, a poco más de una hora de coche desde la capital. Se extiende por unos diez kilómetros cuadrados y solo se ha excavado una parte pequeña. Lo que ve hoy el visitante son en buena medida muros levantados en los años ochenta sobre los cimientos originales, con ladrillos que llevan estampado el nombre de Sadam Huseín imitando la costumbre de Nabucodonosor. La Unesco lo declaró Patrimonio Mundial el 5 de julio de 2019, después de años de daños causados por aquella reconstrucción y por el uso militar del recinto durante la guerra de Irak.