Cuáles son los 10 principales dioses de la antigua Mesopotamia
Los dioses de Mesopotamia no formaban un panteón cerrado: los textos cuneiformes han devuelto más de 3.000 nombres divinos, y una sola lista babilónica, la llamada An = Anum, recoge más de 2.000. De toda esa multitud, la gente corriente trataba a diario con un puñado muy pequeño: el dios de su ciudad, el del río que regaba sus campos y el que decidía si llovía.
La otra cosa que conviene saber antes de empezar es que casi ninguno tiene un nombre único. Sumerios, acadios, babilonios y asirios adoraron a las mismas figuras cambiándoles el nombre y, a veces, el carácter: el dios del sol es Utu para los sumerios y Shamash para los acadios; el del agua dulce es Enki y luego Ea; el de la luna, Nanna y luego Sin. Por eso los diez que siguen aparecen aquí con su nombre más usado y, entre paréntesis mental, con todos los demás. Si te interesa el panteón anterior a la llegada del acadio, está tratado aparte en los dioses y diosas sumerios.
1. Adad, dios de las tormentas y la lluvia
El dios de la tormenta cambia de nombre según dónde estés: Iskur en sumerio, Adad en acadio, babilonio y asirio, Hadad en Ugarit y en las lenguas semíticas de occidente, y Ramman —«el que truena»— como sobrenombre. Es una divinidad de doble filo, y esa ambigüedad es justamente lo que la hace interesante: la misma fuerza que arrasa los campos con el granizo es la que los riega. Los huracanes y las tormentas eran su ira; la lluvia mansa, su buen humor. Como de esa lluvia dependía el cereal, también se le llamó dios de la abundancia. Su padre era Anu, el dios del cielo, y su esposa Shalash; en la tradición sumeria aparece en cambio como hijo de Enlil, al que los textos llaman Bel, «el señor».
Su número sagrado era el seis y su animal, el toro; en los sellos aparece barbado, con un tocado de cuernos, empuñando el rayo como si fuera un haz de flechas. En Alepo, Asiria y Babilonia se le consultaba además como dios de los oráculos. Y sí tenía templos propios: su santuario sumerio estaba en Karkara, y en Assur compartía con Anu uno de los edificios más llamativos de la ciudad, un templo doble con dos zigurats gemelos, uno para cada dios.
2. Dagón, dios de la fertilidad de los cultivos

Dagón era el dios semita occidental de la fertilidad agrícola, adorado en todo el Oriente Próximo desde el III milenio a. C.: aparece ya en los archivos de Ebla y de Mari. Su nombre viene de dagan, «grano», la misma palabra en ugarítico y en hebreo. Los textos de Ugarit —la moderna Ras Shamra, en la costa siria— hacen de Baal su hijo, y allí estaba su templo principal. El prólogo del código de Hammurabi lo presenta como protector de la ciudad de Tuttul, en el Éufrates. La Biblia lo conoce sobre todo como el dios de los filisteos, con santuarios en Gaza, Asdod y una localidad llamada precisamente Bet Dagón, «casa de Dagón», en territorio de la tribu de Aser.
Conviene una advertencia sobre la ilustración de arriba, que es la que circula por todas partes asociada a Dagón: casi con seguridad no lo representa. La figura envuelta en una piel de pez es un apkallu, uno de los sabios míticos que los relieves asirios colocan como guardianes a los lados de las puertas. La idea de un Dagón mitad hombre y mitad pez procede de dos comentaristas bíblicos judíos medievales, Rashi en el siglo XI y David Kimhi en el XIII, que relacionaron su nombre con el hebreo dag, «pez». La etimología que hoy se acepta es la otra, la de dagan, «grano», y encaja con lo que dicen de él los archivos de Ebla, Mari y Ugarit. Dagón era un dios del cereal.
3. Ea, dios del agua dulce

Ea, Enki para los sumerios, era el señor del Abzu: no de toda el agua, sino del océano de agua dulce que los mesopotámicos imaginaban bajo la tierra, el que alimentaba los pozos, las fuentes y las marismas. Con Anu y Enlil formaba la tríada que gobernaba el cosmos. Empezó siendo el dios local de Eridu, la ciudad más antigua de Sumeria, y desde allí su culto se extendió por toda la región. Su emblema era el suhurmašu, la cabra-pez, una criatura con cuerpo de cabra y cola de pez que acabó convertida en la constelación de Capricornio que sigue en el zodíaco.
Era también el dios de la astucia y del conocimiento técnico, y por eso lo invocaban los artesanos, los adivinos, los sacerdotes purificadores y sobre todo los exorcistas, que decían haber recibido de él las fórmulas para expulsar a los demonios. En la mitología ese ingenio se traduce siempre en desobediencia útil: en el poema de Atrahasis y en la Epopeya de Gilgamesh, Ea es quien crea a la humanidad con arcilla para que trabaje en lugar de los dioses y quien la salva cuando Enlil decide exterminarla con un diluvio porque el ruido de la gente no le dejaba dormir. Atado por un juramento que le prohibía avisar a nadie, Ea le cuenta el plan a una pared de cañas, sabiendo que Atrahasis estaba durmiendo al otro lado. Así se construyó el arca sin romper la palabra dada.
Esa preferencia por el ingenio sobre la fuerza es lo que lo distingue del resto del panteón: Enlil manda, Adad castiga, Ninurta pelea, y Ea resuelve. En las listas de dioses su número sagrado es el 40, y en los sellos se le reconoce por las dos corrientes de agua llenas de peces que le brotan de los hombros.
4. Nabu, dios de la sabiduría y la escritura
Nabu era el dios de la escritura, de la sabiduría y de los escribas, e hijo de Marduk, lo que lo colocó en el primer plano del panteón cuando Babilonia dominó Mesopotamia en el I milenio a. C. Su ciudad era Borsippa, vecina de Babilonia, y cada año, en la fiesta de Año Nuevo, su estatua recorría el camino entre las dos ciudades para visitar a su padre. Su esposa era Tashmetu y su símbolo, un cálamo apoyado sobre una tablilla de arcilla; en sus templos se depositaban tablillas escritas con caligrafía cuidada, que era la ofrenda que se le suponía más grata.
Nabu no siempre tuvo ese puesto: se lo quitó a una diosa. La patrona sumeria de la escritura y las cuentas era Nisaba, y fue durante la época de Hammurabi, cuando las diosas del panteón perdieron peso en favor de los dioses masculinos, cuando Nabu ocupó su lugar. A Nisaba no se la eliminó, se la reasignó al grano y a la agricultura. El relevo se nota hasta en la fórmula con la que se cerraban los textos: los himnos sumerios acababan con «¡Alabada sea Nisaba!» y los babilonios posteriores, con «¡Alabado sea Nabu!». También se le tenía por oráculo, se le identificaba con el planeta Mercurio y se le representaba de pie, con las manos juntas en gesto sacerdotal y un tocado de cuernos, o montando el mušhušhu, el dragón-serpiente que había heredado de Marduk. Su culto se apagó a la vez que el cuneiforme, en época helenística.
5. Nergal, dios de la peste y del inframundo

Nergal empezó como el dios local de Kutha, una ciudad al norte de Babilonia, en el Dinástico Temprano —hacia el 2900-2700 a. C.—, y terminó siendo el rey de los muertos. Se le identificó con Meslamtaea y con Erra, el dios de la tierra arrasada, y los himnos le atribuyen a la vez la peste, el hambre y la guerra y la protección del ganado y de las cosechas: era el dios al que se rezaba para que no hiciera lo que sabía hacer. Se le asociaba con el calor abrasador del mediodía y del verano, y con el planeta Marte.
Cómo llegó a gobernar el inframundo lo cuenta uno de los mitos mesopotámicos más entretenidos. Ereshkigal, la señora del país sin retorno, no podía salir de él para asistir a un banquete de los dioses y envió a un mensajero en su lugar; Nergal fue el único que no se levantó para saludarlo, y la ofensa le costó ser enviado abajo a responder por ella. Bajó con catorce demonios de escolta que Ea le había dado, sometió a Ereshkigal y, en lugar de matarla, se casó con ella y compartió su trono. Kutha, su ciudad, pasó a ser la puerta terrenal de Irkalla, el inframundo, y a ella se dirigían las oraciones por los muertos.
6. Enlil, dios del aire y la tierra
Enlil, señor del aire y de la tierra, fue durante siglos el dios más poderoso de Mesopotamia, por encima incluso de Anu: era quien custodiaba las Tablillas del Destino, el documento que fijaba lo que iba a pasar, y ningún rey sumerio se consideraba legítimo hasta que el clero de Enlil lo reconocía. Su templo, el Ekur de Nippur —«la casa montaña»—, era el santuario más importante del país, y los himnos afirmaban que lo había construido él mismo. A Enlil se le llamaba también «la cuerda de amarre entre el cielo y la tierra», y los textos insisten en que su santidad era tan intensa que ni los demás dioses podían sostenerle la mirada. Su culto entró en decadencia después de que los elamitas saquearan Nippur hacia el 1230 a. C., y acabó desplazado del primer puesto del panteón por Marduk, el dios de Babilonia.
En el mito sumerio de la creación es Enlil quien separa el cielo (An) de la tierra (Ki) y abre así el hueco donde cabe la vida humana. En la versión sumeria del diluvio, después de haber querido exterminar a la humanidad, acaba concediendo la vida eterna a Ziusudra por haber sobrevivido. Y hay un tercer relato, incómodo y muy antiguo, que explica el origen de media docena de dioses: Enlil persigue a la joven Ninlil hasta el río y la fuerza, es desterrado al inframundo por ello, y ella lo sigue; de aquella unión y de las tres que Enlil provoca después disfrazado nacen Nanna, el dios de la luna, y las divinidades del inframundo Nergal, Enbilulu y Ninazu. El destierro del dios más poderoso del panteón por un delito sexual no tiene paralelo en las mitologías vecinas.
7. Ninurta, dios de la guerra y de la agricultura
Ninurta es hijo de Enlil, y las fuentes discrepan sobre la madre: unas dicen Ninhursag y otras Ninlil, algo habitual en un panteón que se fue recomponiendo durante tres mil años. Aparece en los textos del III milenio a. C. como una divinidad agraria, protectora de las ciudades y de sus campos, y su carácter cambió cuando esas ciudades empezaron a guerrear entre sí: acabó siendo el guerrero del panteón, sin dejar del todo lo anterior. Se le representa con arco y flechas y con Sharur, una maza que en los mitos habla, vuela sola y le hace de consejera. El arte babilónico lo pinta a veces montando un león con cola de escorpión.
En Lagash se le adoraba con el nombre de Ningirsu, «señor de Girsu», y las dos figuras terminaron fundiéndose en una sola. Su hazaña principal está en el poema de Anzu: el pájaro-león Anzu roba a Enlil las Tablillas del Destino y con ellas el gobierno del universo, todos los dioses se niegan a enfrentarse a él y es Ninurta quien lo abate y devuelve las tablillas. Su esposa era Gula, la diosa de la medicina —en Lagash, Bau—, y esa alianza le dio un segundo oficio inesperado para un dios de la guerra: los conjuros contra los demonios y las enfermedades se hacían en su nombre tanto como en el de ella.
8. Nanna, dios de la luna

Nanna, hijo de Enlil y Ninlil, se llamó Sin en acadio y es uno de los dioses mesopotámicos documentados desde más antiguo. Tuvo dos grandes centros de culto en extremos opuestos del país: Ur en el sur, donde su zigurat sigue en pie y es el mejor conservado de Mesopotamia, y Harrán en el norte, ya en la actual Turquía, donde su templo aguantó tanto que todavía en el siglo VI a. C. el último rey de Babilonia, Nabónido, intentó imponer su culto por encima del de Marduk y se ganó por ello la enemistad del clero babilonio.
Su esposa era Ningal, «la gran dama»; sus hijos, el dios del sol Utu-Shamash y la diosa Ishtar, que los sumerios llamaban Inanna. Ahí está la peculiaridad que más llama la atención de este panteón: en Mesopotamia la luna es el padre del sol, y no al revés como en Egipto o en Grecia. La razón es práctica y tiene que ver con cómo se medía el tiempo. El calendario mesopotámico era lunar, los meses empezaban con la primera luna creciente visible y las noches despejadas del sur de Irak convertían a la luna en el reloj más fiable que había. El sol daba calor; la luna daba las fechas.
9. Shamash, dios del sol y de la justicia
Shamash, Utu para los sumerios, nació de Nanna en el mismo parto que Inanna-Ishtar, y los textos sumerios emparejan a los dos hermanos una y otra vez. Su esposa era Sherida, la acadia Aya. Pero su verdadero oficio no era alumbrar, sino ver: como el sol recorre el cielo entero cada día y no hay rincón donde no llegue, era el dios que lo presencia todo y, por tanto, el juez. A él se apelaba en los juicios, en los contratos y en los juramentos, y de noche, cuando desaparecía, se entendía que bajaba a juzgar en el inframundo.
Esa función explica la escena grabada en lo alto de la estela del código de Hammurabi, la que hoy se ve en el Louvre: el rey de pie y Shamash sentado en su trono, entregándole la vara y el anillo, los símbolos de la autoridad para juzgar. El mensaje era transparente para cualquiera que la mirase: las leyes no las inventaba el rey, se las daba el dios de la justicia. En los sellos se le reconoce por los rayos que le salen de los hombros y por la sierra dentada con la que, cada amanecer, se abría paso entre las montañas del este.
10. Gibil, dios del fuego
Gibil, Girra en acadio, recibió culto en Mesopotamia hasta el período seléucida. Era el dios del fuego en sus dos usos: el que funde y el que purifica. Como fuego de la fragua era el patrón de los herreros y fundidores, capaz de sacar el metal de la piedra y de devolver a un objeto roto su forma útil, que es lo que hace de él una divinidad del oficio y no solo de la llama. Como fuego ritual intervenía en los exorcismos y en las ceremonias de purificación, donde se quemaban figuras que representaban al brujo o al mal que se quería destruir. Un himno babilónico dice de él que su inteligencia es tan vasta que ni los demás dioses alcanzan a comprenderla, cumplido que en aquella literatura no se repartía a la ligera.
¿Por qué no están Marduk, Ishtar ni Anu en esta lista?
Es la pregunta que se hace cualquiera que conozca un poco el tema, porque los tres son más famosos que varios de los diez anteriores. Anu era el dios del cielo y el padre nominal del panteón, pero funcionaba como un monarca retirado: presidía sin intervenir, y quien mandaba de verdad era Enlil. Ishtar, la Inanna sumeria, es probablemente la divinidad mesopotámica más conocida hoy —diosa del amor y de la guerra a la vez, protagonista del descenso al inframundo— y aquí tiene un artículo entero para ella sola: Ishtar. Y Marduk es un caso aparte: no era un dios antiguo, sino el patrón de una ciudad concreta, Babilonia, que ascendió al primer puesto cuando lo hizo su ciudad, absorbiendo por el camino los atributos de los demás. El poema que cuenta ese ascenso, el Enuma Elish, le atribuye cincuenta nombres, y cada uno es en realidad una competencia arrebatada a otro dios.
Esa es la clave para entender el panteón mesopotámico entero: no es una lista fija, sino un reflejo del mapa político. Cuando una ciudad ganaba, su dios subía; cuando perdía, bajaba. Enlil manda mientras manda Nippur; Marduk manda cuando manda Babilonia; Assur, el dios, crece con el imperio asirio y desaparece con él. Los templos escalonados que dominaban cada ciudad, los zigurats, eran la forma visible de esa jerarquía: cuanto más alto el edificio, más peso tenía su dios y su ciudad.
